—Confío en lo que dices, sigo creyendo que es una locura, pero..., intentaré darte la razón con esa mujer, Esien —mintió Clara, al teléfono con Marcano, quien le había llamado desde una ubicación remota.
A diferencia de ella, Marcano sí podía movilizarse por el territorio usando vías poco transitadas o creadas por las Brujas para entrar y salir del Cañón Rojo, siendo de por sí un lugar que ni el más aventurero elegía como destino. Solía frecuentar mucho su Estado natal, El Oriente, donde había entablado una amistad —más por compromiso que por fraternidad— con el actual Gobernador de la región y con el alcalde de la Capital, Cudela. Todo esto mientras Clara permanecía bajo tierra, recostada en su cama rodeada de muros de hormigón, merodeando por el búnker o escalando las escarpadas montañas rocosas con el equipo que había «tomado prestado».
Ahora estaba en la capital de la nación, pero todo era igual. Al menos en el Cañón tenía la libertad —otorgada a sí misma— de caminar sobre la arena rojiza, con la brisa y el resplandor del sol dándole de lleno en el rostro. La última vez que disfruto de ese gusto adquirido fue el día justo en que su líder la envió a ese departamento. Marcano no tenía idea de sus escapadas, o eso a ella le gustaba imaginarse.
La envió al sitio que el menos visitaba, era comprensible, intentaba entenderlo, pero la ira le ganaba la mayoría de veces.
Marcano no rehuía a la Ciudad Capital por miedo «Santiago de Leon es mi casa, no puedes tenerle miedo a tu propio hogar», decía intentando justificarse. Él estaba seguro de que, de la misma manera en que el gobierno lo perseguía, cientos de personas que le seguían por su liderazgo lo protegerían de cualquier amenaza. Con toda la esperanza que tenían puesta sobre él, era normal que lo siguieran de esa forma.
Deseaban estar con él, escucharlo y que los llenara de fe.
Deseo que Clara compartía, quería seguir a la derecha del hombre que le regaló su forma de pensar, su hermano en la lucha entre el bien y el mal.
—Me alegra oír eso, verás, Leryda podrá verse mal ahora, pero cuando se recupere observarás con mayor claridad porqué la quiero con nosotros. —Había mucho ruido de fondo, el ruido de un carro luchando por avanzar por un terreno irregular. Clara confirmaba lo que había supuesto desde que tomó el teléfono—. Ayer tuve la oportunidad de contactarme con ella. Dile a Marcão que hizo un buen trabajo entregando esa laptop, será mucho más fácil estar en contacto y contarle los nuevos pasos a seguir.
Clara no felicitaría a nadie por un trabajo tan sencillo, ella misma lo hubiese hecho si Marcano se lo hubiera pedido.
—¿Y cuáles son los pasos a seguir? ¿Acaso Leryda es la única que sabe? —Su tono cambió, furiosa ante la idea de ser excluida. No soportaba seguir esperando, el departamento de Catlyn se le hacía incluso más pequeño que su habitación en el búnker, al menos allí todo era de su pertenencia—. Si ahora no nos sirve como soldado, ¿qué diferencia hace que conozca nuestros planes?
Marcano hizo una pausa.
—Todos cumplimos un papel en esto, Clara.
—¡Claro que sí! Lo que todavía no entiendo es porqué me alejas de lo que de verdad importa. ¿Cuál es mi papel?, ¿ser prisionera? ¡Carajo! —bramó—. ¡Enviaste a uno de tus matones a dejarle un puto paquete en la puerta a Leryda! ¿Por qué él puede salir y yo no?
—Clara, por favor, ten decencia. Ya fuiste paciente en el pasado, espera un par de días. —De inmediato, como un cachorro regañado, Clara bajó la vista y se quedó en silencio—. ¿Qué se dice?
—Perdón, Esien, es solo que..., quiero saber qué harás, es todo.
El ruido alrededor de Marcano paró. Luego Armstrong pudo escuchar cómo el líder decía: «salgan, todos».
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Olvidada: La Nación Sin Nombre
Ciencia FicciónLa Teniente, una heroína que se debate entre la cordura y el abismo de sus pensamientos, rememorará sus vivencias durante la gran Guerra Civil, un conflicto que acabó con el mandato solido y despiadado de los Caudillos y su Federación forjada en san...
