(2 Meses antes de la República)
La Capitana Armstrong sacó una foto de su bolsillo: era un rostro calcado al de ella, al punto que Leryda pensó que se trataba de la propia capitana en su juventud.
―Ella es Clara, mi única hija. ―Su cabello recogido en una coleta de color cobre y con un rostro tan apático que gritaba: «No quiero estar aquí» ―. Va ser muy buena, de las mejores en su secundaria, hace un par de años entró a la universidad..., la gusta la medicina.
Benett asintió, tímida y sin saber muy bien que decir.
Con la barbilla sobre sus rodillas y soportando el frío de la media noche en las trincheras, preguntó:
―¿Y su padre? ―Se sintió desubicada.
Después de una carcajada que despertó a más de un soldado, Armstrong dijo:
―Hay hombres que no les gustan las mujeres como nosotras, Teniente. Y Clara creció con mi carácter. ―Empezó a mirar las estrellas mientras cruzaba sus brazos gruesos llenos de pecas, quizás por el frío, quizás abrazándose a sí misma―. El la conoce, pero dudo que ella lo recuerde, nunca vivimos con él.
El oxígeno parecía escasear, los ánimos habían cambiado.
―¿Pasabas mucho tiempo con ella?
―Siempre que pudiera, pero es difícil... era difícil, ahora es imposible. Espero que siempre me recuerde... o que al menos lo intente de vez en cuando. ―Leryda esperaba unas lágrimas que nunca llegaron―. ¿Y tú, Benett? ¿Qué sabes de tu familia?
Ella no recordaba a sus padres, solamente a su tío, el dueño del rancho oxidado donde ella había vivido desde que tuvo memoria. Llevaba un par de años muerto debido a una enfermedad que lo consumió por años sin saberlo; él no le comentó nada hasta que su condición le dificultaba inclusive levantarse de la hamaca. Ella lo apoyó tanto como pudo, pero solo consiguió un recipiente de cerámica con sus cenizas, ahora desperdigadas en la arena frente al que fue su hogar. Lloró una única vez su muerte, luego siguió adelante.
Fue pescador y sus conocimientos se los había pasado a ella.
Como jamás tendría un sobrino varón, ni hijos por su edad, decidió que una sobrina poco femenina sería la mejor opción de preservar su oficio. Descamar, abrir al medio, retirar órganos, cortar agallas, repetir. Era una niña cuando empezó, así que aprendió rápido.
Aún recordaba el miedo que le daba el azul oscuro de la costa Bahiana cuando se subía en su lancha, era como estar sobre la boca abierta de un pez enorme que esperaba pacientemente su comida.
Él siempre la trató bien, de niña, sobre todo. Cuando ella se convirtió en una mujer más alta que él, el rancho se dividió para nunca encontrarse nuevamente. Le daba lo que necesitaba y lo que era demasiado personal, lo dejaba sobre su cama cuando no se encontraba en casa.
Pero se esforzó, Leryda así lo sentía.
―Están bien ―contestó Leryda.
En ese momento Inglehart se asomó de una de las tantas cuevas. Solo lograron identificar su voz, más no lograron verlo en medio de tanta oscuridad:
―Señora Capitana, esta soldado la está buscando.
De las tinieblas subterráneas surgieron los dos ojos azules, Leryda los comparaba con estrellas.
―Soldado... ¿Cómo es que se dice el apellido, Leryda?
―Solo Erlín, mi señora, pasaríamos largo rato para que aprendieran a decir mi apellido como se debe, así que solo Erlín -Ella tenía una forma tan extraña de hablar, algo robótica, profunda como si hablara metida en un poso, pronunciando mal las palabras o acentuándolas donde no tocaba.
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Olvidada: La Nación Sin Nombre
Science FictionLa Teniente, una heroína que se debate entre la cordura y el abismo de sus pensamientos, rememorará sus vivencias durante la gran Guerra Civil, un conflicto que acabó con el mandato solido y despiadado de los Caudillos y su Federación forjada en san...
