Capítulo 21: Ciegos Sentimientos

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―Si mi mujer se enfada cuando apuesto en uno que otro partido, imagínate con lo que gastaré de gasolina aquí. Jamás había usado tanto el maldito aire acondicionado... -Moraes, después de tantas horas al volante era similar a un buzón de quejas parlante.

Pasar del clima frío y húmedo del Valle Capitalino a los 40 grados del Cañón le estaba consumiendo, inclusive con el aire acondicionado el sudor se le seguía acumulando en la frente.

Mientras Leryda, a su lado, miraba por la ventanilla ignorandolo, fijando su atención en las montañas rocosas a kilómetros de distancia.

»"El Exótico Cañón Rojo". Hace años lo vendían como el nuevo paraíso en la tierra. ―Señaló al horizonte, soltando el volante por un instante―. Ni lluvia cae, ¿qué paraíso va a ser? Nada mejor que Bahía, clima bueno, las mejores playas de este lado del río Citade y buena comida.

Leryda expulso aire por la nariz.

―A mí tampoco me agrada este sitio, Moraes. Si venimos es por simple compromiso.

Moraes recordó que Leryda en algún momento estuvo aquí durante la guerra; no venía por gusto.

Lo mejor sería no hacer tantas quejas.

―Tienes razón, pero, ¿de qué se trata este pequeño viaje de casi 5 horas?

―Te diré cuando lleguemos. Si te lo digo ahora, le darás la razón a Seamann de que estoy loca, solo eso. ―Silencio nuevamente.

―Si tú lo dices. ―Moraes agachó la cabeza para ver el cartel de: Bienvenidos a Sacramento―. Me espero cualquier cosa... Por cierto, ¿qué tal la nueva casa?

―Cómoda..., supongo. ―Era verdad, más o menos. Su nuevo hogar en las colinas capitalinas la hacía sentir mejor, pese a seguir siendo un esbirro de Marcano.

La cercanía de las personas, el clima y la sencillez de su nueva casa aliviaba su mente caótica. Inclusive, su terapeuta le comentó que estar en contacto con personas, por más que no se relacionara con ellas, poco a poco mejoraría su mente, cosa que encerrada en su departamento jamás lograría.

¡Ni siquiera llegó a conocer a sus vecinos que tan solo estaban a unos cuantos pasos de su puerta! Si le saludaban de alguna forma, les respondía por simple cortesía o los ignoraba haciéndose la desentendida.

«Seguro pensaran que estoy loca», se decía a sí misma, para justificar su actitud.

―Yo te hubiese comprado ese departamento... Pero como te puedes imaginar, tampoco tengo tanta plata. Quizás en 5 o 7 meses te lo hubiese arrebatado de las manos. Ahorita todos los inmuebles están carísimos, no es mi problema, pero lo regalaste.

Leryda no le dijo nada, solo lo miró como diciendo: ¿Qué quieres que haga?

―Publico difícil, como siempre. ―«De nuevo hablándole a la pared, Felipe», pensaba, había sido de esa manera desde que salieron esa la mañana―. Por cierto ―«No cuesta nada seguir intentando»―, esa chica, Clara, debe ser muy buena si la escogiste.

―Su madre fue una buena amiga, me apoyó mucho durante..., la guerra.

Aquel era el momento más tranquilo del último mes, no la veía desde el día anterior, había logrado escaparse sin avisarle a nadie. 12 horas sin esa pelirroja tenían para la teniente el mismo efecto que sus medicamentos, podía relejarse, sentirse cómoda consigo misma sin que le recordasen sus errores.

Clara era excelente para eso, recalcar errores en otros como si ella fuese una especie de ser definitivo sin imperfecciones.

El Oficial, ignorante de lo que se cocía a sus espaladas, pero entusiasta de la investigación, decidido indagar un poco en el pasado de esa mujer y el resultado lo dejó rascándose la cabeza: abandonó la universidad y nadie la volvió a ver por 5 años; 0 tramites, 0 contratos a su nombre, prácticamente un fantasma.

Olvidada: La Nación Sin NombreHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora