Capítulo 17: El Misterio en su Mira'

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Encarnación, C.R

(4 Meses después de la República)

Con el paso de los meses, un tono opaco empañó a la República. Los acuerdos se cumplían a cabalidad, la relación entre naciones parecía aliviarse con el pasar de las reuniones, pero algo había cambiado.

Como si en una mañana fría las rosas, las enredaderas y la sábila se hubieran marchitado. Los géiseres a lo largo de la ciudad parecían suspirar con más fuerza, la tierra estaba intranquila.

En sus habitantes también se notaban los tiempos difíciles y el hambre que compartían era de lo único que hablaban. La Federación, pasiva a simple vista, estaba hundiendo sus garras de a poco, usando una táctica sucia que ellos mismos habían sufrido en sus carnes años atrás: hambruna, desidia, abdómenes cóncavos, miradas lejanas y sin esperanza.

En su tiempo, los Caudillos pasaron por lo mismo por sus propias decisiones, pero ahora ellos podían generar presión en sus jóvenes adversarios provocando malestar y hambre en su propio pueblo, desesperándolos, creándoles dudas.

Luego del incidente del enfermo —o delirante— Comandante Ravindstill, ambas naciones se reunieron en una sola ocasión, reunión que ahora era conocida como «el meeting silencioso». Como en todo acto político, las palabras altisonantes y la hostilidad no faltaron, al menos mientras se discutían las cosas que quemaban al tacto: dinero, la escasez de productos y el cumplimiento de las pautas.

Erlín fue a la reunión sin importar las negativas de Leryda. Ambas se enfadaron, la Teniente pudo escuchar como la Piel de Hierro azotaba la puerta tras ella mientras salía, clavándose las uñas en la palma de sus manos para maquillar su furia, vestida y ornamentada en colores negro y oro como de costumbre.

Al llegar del encuentro todo fluyo con normalidad entre ambas, como si la mitad de ese día no hubiese ocurrido. Eso sí, Erlín no abrió su boca para contarle los pormenores del evento a su amada, se mantuvo hermética, a ella nadie la frenaría.

El elemento raro o «silencioso» de la reunión llegó a oídos de la Teniente gracias a su superior Armstrong:

Estaba cerca del salón. Escuché murmullos dentro y..., bueno, llámalo curiosidad de oficio o ser chismosa, pero intenté asomarme dentro para ver qué pasaba. Oí un lenguaje extraño, como el que uno escucha por aquí en la calle. No alcancé a ver mucho, pero si puedo decirte que vi a tu mujer sentada frente al ogro ese, sujetando sus manos y hablando en el idioma de acá.

¿Qué más vió? —preguntó Leryda, tan llena de curiosidad como su superior.

—¿Qué más vi? Tu amiga de la capital me tomo del brazo y casi me saca a empujones de allí..., si me hubiese hecho lo mismo hace unos años cuando no era nadie le hubiera dado una cachetada, trata a todo mundo como basura. —Se refería a Milla. Benett detestaba que la llamaran “su amiga”, aunque fuese en broma—. Los soldados intervinieron, sacaron a Erlín y luego Milla sacó personalmente al Hugh, tomándolo de la mano, como un niño de kínder. Luego me la topé en el baño lavándose las manos con tanta fuerza como si hubiese tocado a un leproso.

La Teniente no supo que decir ante eso. Sabía que Milla —como todos los Comandantes— era alguien difícil, pero no llegaría a extremos de enfrentarse a alguien de poder por tonterías.

Una cosa de la que estaba segura era: que si hubiese estado allí llevándose los reproches de su antigua compañera, quizás no hubiera sido tan pasiva.

Si colocaba en una balanza la seguridad de Erlín y la estabilidad de los acuerdos..., se alegraba de no haber estado presente.

Gracias a la providencia y a sus nulas ganas de ver de nuevo a sus Antiguos Jefes, ella se encontraba en ese momento redactando informes y manejando la pequeña fuerza de seguridad de Encarnación, una suerte de policía militar. Armstrong, Jefa del Ejercito, le entregó esa responsabilidad al conocer su pasado y experiencia. Además de que no había tantos uniformados de relativo alto rango como ella.

Olvidada: La Nación Sin NombreHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora