Capítulo 42: Deber, Querer y Creer

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―Tu... ¿eres tú?...

Era... ella, su amada.

Estaba allí, rodeada de humo, vestida con una túnica negra con bordes dorados que se tragaba la poca luz del búnker. Pequeñas rosas crecían de su larga melena, los pétalos caían en el suelo frio de concreto.

Era imposible, lo que sea que le dieron para sedarla la estaba haciendo ver y sentir cosas. Más bien, dejar de sentirlas, pues el dolor intenso se había esfumado en una sensación cálida que la arropaba como una manta gruesa. No la sofocaba, la acurrucaba como a una infanta mientras le soplaba una brisa fresca que atravesaba todas las capas de su vestimenta.

Se acercó poco a poco y le acarició el rostro, Leryda sintió miedo, terror, al notar el tacto áspero y cálido sobre su piel. Intentó alejar la vista de ella, pero su cuerpo había dejado de funcionar mientras ella solo la miraba con rostro inexpresivo, indescifrable, un misterio, igual que todo su ser.

-Erlín. -Su boca no se movió, pero su voz salió hacia el exterior de forma espectral, como la briza fuerte -. ¿Vienes a llevarme contigo? Estoy atrapada...

La Capitana seguía inmóvil, petrificada mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Era claro para ella: todo había acabado, si no moría pronto, terminaría siendo un desperdicio de persona.

Erlín la tomó del brazo y descendió hasta su mano, entrelazando sus dedos, Leryda no pudo evitar observar el tono cálido de su piel bronceada con líneas doradas pintadas formando patrones y símbolos que la hacían ver como una especie de hechicera de fantasía.

Observó el rostro de su amada, adornado con finas líneas doradas que resaltaban la estructura suave de su cara.

La Piel de Hierro volteó para toparse cara a cara con el autor de tales atrocidades, quien había malogrado a la Capitana, a su diamante en bruto.

Se agachó, Leryda sintió ternura del gesto, como si intentase ocultarse por más que nadie la pudiese ver -o eso esperaba-. Luego recordó que la última vez que su confidente había pisado ese mundo fue estando viva y todo tuvo sentido.

-Debes dormir, cariño. Resiste un poco más, reúne fuerza... mírame y duerme.

La Capitana no lo hizo. No quería cerrar los ojos, era como ver el más increíble atardecer, la más impresionante de las obras de arte.

La puerta se abrió... se la estaban llevando. Su amada se separó de la multitud y la alcanzó cuando la sujetaban frente a la entrada.

Marcano apareció en frente de sí, le tocó el rostro, inspeccionándola, para luego girarse hacia la habitación vacía e indicar que se la llevasen. Sin saberlo, Esien quedó frente a frente con Erlín, quien lo miraba como el monstruo que era. Ella acercó su mano hacía el rostro seboso del ex Federal, el cual ignoró las gotas de sudor que empezaron a manar de su coronilla.

La procesión con su cuerpo avanzó entre los pasillos opacos, seguidos de cerca por el ánima que calentaba todo a su alrededor. Para el grupo de mercenarios fue como caminar en pleno desierto.

Erlín se acercó, evitando chocar con la multitud:

-Duerme, duerme ya, no te resistas, lo necesitaras para que todo pase, no ignores lo que digo -ahora era una orden, escucharla en ese tono la obligaba a obedecer, hablaba en serio, era real, tanto como podía serlo.

Cerró los ojos y se perdió en la oscuridad, mientras dos pares de brazos la cargaban al primer paso de su misión.

...

-¿Te gusta la vista?, este lugar debe tener alguna clase de magia impregnada.

-Supongo... -respondió Leryda mientras hundía sus manos y pies en la arena roja y tibia de aquel sitio.

Olvidada: La Nación Sin NombreHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora