Las hojas secas caían en la Ciudad Capital, hogar del poder en todo su significado. La tarde nubosa poco a poco cedía ante la noche que se abría paso desde el Oriente hasta la más grande de las metrópolis. Los capitalinos, con su estilo refinado y vestimentas a juego salían de sus respectivos puestos de trabajo. El tráfico se apelotonaba en calles y avenidas, a la vez que las lámparas se encendían y el brillo nocturno iluminaba el centro de la ciudad. Era un segundo amanecer, el de la vida nocturna del valle capital.
Lo mismo ocurría en el Ministerio de Defensa. Los trabajadores, oficiales y jueces salían por las puertas giratorias a la vez que se ponían sus abrigos, queriendo olvidarse de su trabajo a la brevedad posible. Pero, en el despacho de la Ministra y oficinas aledañas el trabajo todavía abundaba, los teléfonos sonaban, las carpetas y páginas impresas volaban entre los cubículos y los televisores sintonizaban cada canal de noticias. Los empleados observaban con impotencia el atardecer a través de los ventanales de la fachada del edificio, siendo conscientes de ese día tampoco llegarían temprano a casa.
Desde hace varias semanas el café se acababa pronto en las oficinas, las computadoras permanecían encendidas y el sonar de los teléfonos despertaban a los de sueño fácil.
La Ministra Meredith Seamann, en su despacho, observaba su viejo traje de campaña del ejercito tendido como un trapo inútil en el perchero de la esquina, mientras extraía de un pequeño refrigerador una bolsa con hielos, siendo ella la única conocedora de su existencia. Del gabinete izquierdo de su escritorio extrajo un hermoso vaso de cristal ornamentado y de su cartera una cantimplora plateada medio vacía con el líquido que calmaba sus pesares.
¡Era la ministra! y para ella eso justificaba esa clase de cosas. Los hielos cayeron en el vaso y el licor amargo los empezó a derretir. El sabor y el aroma la hacían reflexionar, apoyada de su escritorio. Volteó hacia la pantalla detrás de su escritorio, nada nuevo: en las noticias una señora denunciaba que llevaban una semana sin agua en un pueblo perdido en el sur, de esos donde solo llegaba la briza. La anciana canosa parecía querer comerse el micrófono, no se cansaba de gritar y el audio del televisor se saturaba.
Meredith se acercó para bajar el volumen.
La anciana le hizo recordar sus propias canas, agarrando un mechón de su cabello donde el rubio ya empezaba a empañarse de blanco. Tras un suspiro, se tomó de un trago el contenido del vaso, el líquido bajó quemando su garganta, arrugó el rostro sacando a relucir sus marcas de expresión.
¡Alguien tocaba la puerta!, arrastró el vaso hasta el cajón. Después comprobaría si se había roto o no.
―¡Adelante! ―Se limpió la boca, labial rojo le manchó el dorso de la mano.
El oficial Moraes entró, escapando de la locura del exterior. La ministra intentaba disimular lo que estaba haciendo, pero el hombre la conocía lo suficiente como para suponer que obraba.
―¿No tienes uno para mí? —dijo al notar el olor —. Ni te imaginas como está la cosa allá afuera, Meredith.
Seamann consideraba al Oficial su "asistente personal", pues Secretario en Jefe era darle demasiada importancia. Tomó asiento frente al escritorio, su saco color negro colgaba a ambos lados de su cuerpo, los botones de su camisa en extrema tensión, todavía negándose a aceptar que ya no era talla L.
―Debería darles más tiempo libre a sus empleados, están muy tensos, cuando les hablas parecen asustarse... No me incluyo dentro de ese grupo, claro ―continuó.
La ministra tomó asiento también, en el televisor detrás de ella hablaban sobre un cargamento de armas incautado en las costas de Puerto Astillero, en el sureste. Moraes recordaba su luna de miel cerca de allí.
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Olvidada: La Nación Sin Nombre
Science FictionLa Teniente, una heroína que se debate entre la cordura y el abismo de sus pensamientos, rememorará sus vivencias durante la gran Guerra Civil, un conflicto que acabó con el mandato solido y despiadado de los Caudillos y su Federación forjada en san...
