Nadie podía saber con certeza en qué momento exacto Park Jimin decidió traicionar lo poco que aún lo ataba a su vida matrimonial, pero aquella tarde, mientras el sol de julio desgastaba los mármoles de la mansión como una lengua antigua y fatigada, él ya se preparaba para la cita con una tranquilidad tan medida que solo podía nacer del hartazgo.
La habitación olía a jabón caro y a perfume recién aplicado. Un aroma limpio que intentaba cubrir algo más espeso: expectativa, ansiedad, deseo contenido. La luz del atardecer entraba oblicua por la ventana y caía sobre la cama desordenada, sobre la ropa esparcida sin pudor.
—¿Estás seguro de esto? —le preguntó Taehyung, con esa sonrisa desganada que reservaba para los días de tormenta interior, mientras deslizaba una plancha de calor sobre el cabello dorado del menor, como si intentara domar con fuego la rebeldía de su alma.
Jimin caminó descalzo, como si nada estuviera a punto de desbordarse. Taehyung permaneció cerca de la puerta, incómodo. Observaba en silencio mientras Jimin abría el cajón de la cómoda y sacaba dos piezas de lencería, como quien elige con calma un accesorio cualquiera.
El rubio no respondió enseguida. Prefirió contemplarse en el espejo con una lentitud litúrgica, repasando los contornos de su rostro como quien memoriza un mapa antes de un viaje sin retorno. Luego habló, con una voz suave, apenas curvada por la ironía:
—No seas trágico, Kim. Nada va a pasar. Nunca pasa nada, ¿no lo has notado?
Taehyung bajó la mirada sin replicar. Lo conocía demasiado como para advertirle lo que ya sabía. Park era como esos personajes que uno recuerda de los sueños: bellos, intensos y siempre a punto de desaparecer. Lo había visto cruzar tantas veces la línea de lo permitido que, más que preocuparse, solo atinó a dejar el peine sobre la mesa.
Asegúrate de que Jimin no haga ninguna tontería.
La voz de su jefe aún le resonaba en los oídos. Sintió un nudo en el estómago. La advertencia regresaba a su mente, clara y seca, dicha casi sin importancia antes de marcharse del trabajo.
—No sabes quién es —insistió Taehyung, intentando una última vez apelar a la prudencia.
—Precisamente —respondió Jimin—. Eso es lo mejor.
—¿Dime? —preguntó, girándose apenas—. ¿Rojo o negro?
Las telas brillaban entre sus dedos. El rojo era directo, provocador; el negro, sobrio, peligroso. Jimin las sostuvo frente a su cuerpo, evaluándose en el espejo sin pudor.
Taehyung tragó saliva.
—Jimin…
—No me mires así —respondió con una sonrisa—. Solo contesta.
Taehyung se pasó una mano por la nuca. Estaba inquieto, sin saber exactamente por qué. El ambiente se sentía cargado, demasiado íntimo para alguien que solo había ido a acompañarlo.
—Negro —dijo al final—. A todos les gusta el negro.
Jimin sonrió, complacido, como si ya conociera la respuesta.
—Lo sabía. Nunca falla.
Dejó el rojo a un lado sin dudar. El negro quedó extendido sobre la cama, acomodado con cuidado, como una promesa silenciosa. Jimin se acercó al espejo, se inclinó ligeramente y observó su cuello, su clavícula, la forma en que la tela marcaría su piel. Se gustaba. Y no se disculpaba por ello.
Se vistió como quien se arma para la guerra: cuero ceñido, un perfume que cortaba el aire y una mirada que ya no buscaba consuelo, sino castigo.
Bajó las escaleras con paso de desfile, ignorando la quietud de la casa, esa estructura impecable que se le cerraba encima como un mausoleo de cristal. Todo en ella hablaba de una vida detenida: la simetría exacta de los muebles, los candelabros relucientes que jamás iluminaban nada real y el aroma a cera de piso que parecía robarle el oxígeno.
Jimin no vivía en un hogar; habitaba un museo de su propio cautiverio, donde cada objeto estaba en su sitio mientras él se desmoronaba por dentro.
Al llegar a la pesada puerta de roble, no dudó. Salió al encuentro del calor sofocante de la calle, dejando atrás la perfección gélida de su jaula de mármol.
El Lamborghini rojo lo esperaba afuera como un animal mitológico, su pintura reluciendo bajo el sol de julio con una violencia casi obscena. Jimin se detuvo un segundo frente a él. Acarició la carrocería ardiente con los dedos extendidos, sintiendo el calor del metal filtrándose en su piel, recordando el día en que Jungkook, con esa solemnidad heredada de los hombres que aman sin saber cómo, se lo regaló por su aniversario.
Era un trofeo más de su vida perfecta, una joya con motor que ahora usaría para conducir directo hacia el desastre.
Abrió la puerta —el interior olía a cuero nuevo y a ese silencio caro que compartía con su marido— y se hundió en el asiento. Encendió el motor. El rugido del coche rompió la paz artificial de la mansión; era un grito de libertad que se sentía, por primera vez en años, genuino.
Ya no era el esposo impecable de Jeon Jungkook; en ese momento, mientras metía la primera marcha, solo era un hombre que necesitaba quemarse para sentirse vivo.
Entonces, el teléfono vibró sobre el asiento del copiloto.
Jimin supo que el último hilo se había cortado.
Era una notificación, un mensaje, un eco de lo que había estado esperando desde hacía horas:
Te veo a la hora acordada.
La frase venía acompañada por una fotografía impúdica: el cuerpo del otro, ofrecido sin vergüenza, como si el deseo pudiera redimirse con carne.
Jimin sonrió, no por lujuria, sino por la melancolía de saberse ya perdido.
Pisó el acelerador con una fuerza tranquila mientras el paisaje comenzaba a desdibujarse a su alrededor. Pasó junto a la fuente del jardín donde alguna vez Jungkook le dijo que lo amaba, y más allá del portón de hierro forjado donde ambos posaron sonrientes para la prensa, cuando aún creían que una vida juntos podía salvarlos de ellos mismos.
El camino se abrió ante él como una herida.
No miró atrás.
Mientras conducía hacia lo incierto, recordó sin querer la mañana en que aceptó casarse. No lo hizo por amor, sino por obediencia; una entrega pactada entre apellidos y cuentas bancarias que ahora, bajo el calor de julio, comenzaba a derretirse.
Aquella obediencia había sido su armadura durante años, pero ahora pesaba demasiado.
Al final, el Lamborghini rojo no lo llevaba a una cita; lo llevaba al encuentro de su propia voluntad, aunque el precio fuera el caos.
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𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘁𝗮
Fiksi PenggemarSinopsis - La Cita Un matrimonio arreglado. Un esposo que ama. Otro que engaña porque quiere. Jungkook está enamorado de Jimin, incluso cuando sabe que no lo eligen. Jimin nunca prometió fidelidad... solo obediencia. Cartas anónimas, encuentros secr...
