Si cierro los ojos, aún puedo sentir, en la oscuridad, tus dedos deslizándose por mi piel de forma silenciosa. Con la promesa de la expectativa, el brillo en tu mirada que rozaba la picardía.
Tu boca con el gusto a whiskey y arrepentimiento, ese q...
Recomendación de canción: My Tears Ricochet - Taylor Swift
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En la noche cada ruido parecía amplificarse, como si el silencio y la oscuridad fueran un dueto. Era fácil sentir su respiración haciendo cosquillas en mi mejilla, y la sonrisa pequeña que brindaba mientras me veía con adoración...Y era justo eso, aquella palabra bastante utilizada últimamente.
Ya no expresaba su cariño con un Te quiero, en su lugar: Te adoro.
Como si en él, el hecho de querer fuese muy poco, como si necesitara algo más.
Sentía el retorcijón en mi estómago cada que lo decía, ese que indicaba que los sentimientos crecían, que cada pequeño intercambio sumaba a un conglomerado de emociones.
Y no podía resistirme, no podía engañarme a mi misma creyendo que compartía la adoración cuando la intensidad de mis sentimientos sobrepasaban sus fronteras borrosas.
Yo lo amaba.
Tal vez no me había dado cuenta exactamente en qué momento mi mente decidió que amaba a Meza. Pero lo sentía en mi corazón. Y si que podía recordar de forma perfecta cuando se lo había dicho.
Y es que no me preocupaba ser la primera en declarase, o si era correspondida. Lo que en realidad me importaba era dejar salir lo que hacía que me mordiera la lengua en cada conversación.
Eran dos palabras, que hasta entonces no habíamos explorado. Se sentían pesadas en presencia de dos nuevos amantes. Y al hacerlo no tuve tacto, pero si una introducción. ¿Cómo me enamoré de él? ¿En qué momento lo sentí? Solía ser muy abierta con mis emociones en ese entonces, solía decirle todo lo que sentía, tal vez ese fue mi error.
Lo había mirado fijamente mientras mis manos temblaban, concluyendo mi discurso sobre explicado. El protagonista del cierre era aquello que me aterrorizaba y emocionaba a la par:
-Te amo. -Fue la primera vez que lo dije.
Él permaneció paralizado, sin decir absolutamente nada, su expresión de cejas alzadas, con la guardia baja, no lo esperaba. Le costó decirlo, le costó pronunciar la misma combinación de letras que más tarde no se cansaría de emitir.
Entre besos, me confesó que correspondía a mi amor desde el momento en que empezó a hablarme de adoración.
Meza me amaba.
Era real.
Me amó.
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