Si cierro los ojos, aún puedo sentir, en la oscuridad, tus dedos deslizándose por mi piel de forma silenciosa. Con la promesa de la expectativa, el brillo en tu mirada que rozaba la picardía.
Tu boca con el gusto a whiskey y arrepentimiento, ese q...
Recomendación de canción: Family Line - Conan Gray
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Ya estaba acostumbrada al silencio que reinaba en la mesa del comedor, cada vez que Iván y yo íbamos a cenar a casa de nuestros padres. Parecía que tenían el guión escrito con anterioridad, en donde el intercambio consistía en papá tratando de forma despectiva a mamá, y ella fingiendo que todo estaba bien.
Podría profundizar en el por qué mi padre era todo menos un ejemplo de esposo modelo, pero la verdad sería demasiado, resumirlo en infidelidades y poca confianza es más simple.
Yo engullía la comida en silencio porque si no hablaba u opinaba me iba mucho mejor que las veces en las que lo hacía. Se notaba que Dana había durado horas en la cocina, la ensalada de papa de por si era bastante trabajo. Ni hablar del pollo al horno.
Hasta ahora todo iba bien, había ganado puntos asistiendo a la fiesta del hotel Vienna, así que no me gané la mala mirada de Jean apenas crucé la puerta.
Iván estaba ahí a mi lado, en traje, posiblemente había ido a trabajar hoy a pesar de que fuera domingo. Fruncí el ceño apenas le vi, con todo y corbata, siendo el hijo modelo. No le tenía rencor, solo que al ser tan perfecto, siempre había algo malo en mí en comparación.
Me equivocaba mucho me decían, me repetían. Mi trabajo, mi apariencia, mi estilo de vida. Todo estaba mal. Claro, según sus perspectivas y aunque no deseara estar bajo esa presión y constante sentimiento de rechazo...Hoy me sentía sola.
Los domingos eran nostálgicos, por eso acudí a la llamada de mi madre cuando me invitó, a pesar de saber que destacarían todos los logros de Iván y minimizarían los míos.
Papá tomo un bocado de la comida e hizo mala cara, la cocina de mamá no le gustaba para nada, se lo dejaba saber de forma explícita. -Le echaste demasiada sal al pollo, Dana.
Tragué lento, el pollo estaba bien.
Mi madre, agobiada, se levantó de la silla de inmediato, ofreciendo tomar el plato y arreglarlo, Jean Rivardi manoteó, apartando el ademán de ella y continuando con la comida.
Ella solo parpadeó, volviendo a su silla. Apreté los puños en la mesa, Iván ni se inmutó.
Mamá tenía la cabeza gacha pero cuando la levantó, sonreía como si nada hubiese pasado. Me pregunté en ese instante si ese comportamiento era justo el que me había enseñado a reprimir las emociones.
Crecí con este intercambio, en parte lo normalicé.
-¿Firmaste con los Meza, hijo?
Aunque el apetito se había disipado, seguía masticando hasta escuchar la frase, el bocado de pronto se atoró en mi garganta y me encontré tosiendo por mi vida, tanto que todos se quedaron callados, confundidos por mi ataque. Tome agua lo más rápido que pude. Disculpándome.