Segundo libro de "Bésame, ódiame".
"La universidad...
Nueva etapa.
Nuevas personas por conocer.
Nueva oportunidad para sacármelo de la cabeza...
O eso creía.
Como siempre, él iba a arruinar mis planes. Su sonrisa blanca, sus ojos traviesos y su per...
Aclaración antes de seguir con la lectura: Como vieron en el gif, este capítulo va a estar interesante ;). Leanlo bajo propia responsabilidad.
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Lillyana Tomasson
Entro a su departamento. No tengo el mayor control sobre mi cuerpo gracias al alcohol que corre por mis venas. Si, sé que juré que no lo volvería a hacer dos veces pero cuando necesitas distraerte para alejar los pensamientos resulta que emborracharte puede ser la mejor solución. Esta vez fui precavida; mis tacones son más bajos, no quiero volver a esguinzarme un tobillo. Además, no tengo tantas probabilidades de caer como cuando uso los altos. Soy muy torpe, prácticamente viviría en el piso si no fuera porque una persona siempre me agarra antes de que caiga. Esa persona suele ser Zack. Igual, no por eso es mi héroe, es más que nada mi perdición.
Lo primero que noto son las paredes claras que hacen que la sala y, a la vez, el comedor se vean amplios. El concepto es abierto, hasta puedo divisar parte de la cocina gracias a la arcada cuadrada. Lo segundo, es la ropa sobre el diván. Un hoodie celeste, creo que remeras y un pantalón...
Hacia el lado derecho se extiende un pasillo en el que supongo que están las habitaciones. Y no sé porque pensar en una cama ahora me hace lamer los labios con deseo.
Lo miro por sobre mi hombro cuando escucho que cierra la puerta con llave y, después de guardar esta en el bolsillo trasero de su pantalón, se gira hacia mí. Se ve guapo. Bastante. Está por encima de la línea de seguridad para mis hormonas. Su cabello rubio despeinado, sus ojos tan cautivadores como siempre, una camisa blanca pegada a sus músculos, sus facciones definidas y... un pequeño moratón en el filo izquierdo de su mandíbula que le aporta un mayor salvajismo a su aspecto. Esto no está ayudando a la promesa que hice de mantenerme alejada cuando lo que más quiero hacer es pasar mis manos por toda su piel.
Se acerca en dos pasos largos, pone su mano en mi espalda alta con la intención de incitarme a caminar.
–Te acostarás y te dormirás hasta mañana sin hacer berrinche. –Ordena. Suena demandante, carente de humor.
La mayoría de las veces es él quien se pasea con una sonrisa. Esta vez, me toca a mi juguetear un rato.
–Qué mandón. –Hago una mueca graciosa con mi boca.
Como veo que está concentrado en llevarme a la habitación y determinado a hacerme dormir, detengo mi andar. Él me imita y me mira con curiosidad, yo le sonrío. Sus ojos se desvían a mis labios, luego vuelven a subir. Me giro un poco sobre mis talones para quedar frente a frente y no puedo evitar pasar mi dedo por el golpe que le dieron gracias a mí. Lo cierto es que ha recibido más puñetazos estos meses por mi de los que seguramente recibió en su vida entera ya que, si bien se metía con la gente que no debía, su carisma y gracia hacía que pocas veces tuviera que concretar peleas. Lo arreglaba con un par de palabras compradoras y ahí terminaba el pleito.