Capítulo veinticuatro

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Lillyana Tomasson

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Lillyana Tomasson


–¿Quieres recostarte?...

Abro la puerta de su departamento. Estuvo demasiado callado, inmerso en sí mismo y distraído durante todo el viaje de vuelta a casa. No dijo ni una palabra y, cuando le pregunto cómo se encuentra su respuesta es siempre la misma aunque no creo que sea la más sincera.

Desde el momento en que Mónica falleció, estuvimos alrededor de una hora en el hospital. Zack con Thomas colgado de sus piernas, mientras escondía su carita humedecida, Rod encargándose del papeleo a la vez que se tragaba sus lágrimas y yo dándole ánimos a Eleonor, a quien se le acaba de morir una hermana.

No quiero ni imaginar lo duro que eso se debe sentir. Los hermanos pueden tener sus diferencias pero la idea de no tener más a esa persona que se crió contigo... me hace estremecer. Si Peter me faltara algún día, creo que moriría de tristeza.

–¿Quieres que prepare algo...?

Me giro sobre mis talones para verlo, una vez que ya estamos dentro. Mis palabras se detienen cuando sus ojos perdidos suben a los míos. Nos quedamos en silencio los segundos que tarda en llegar hasta mí y ponerse en frente como si tuviera algo que decirme. Nada sale de su boca y su cara se vuelve atormentada, sus esferas brillosas y, finalmente, su rostro se arruga con angustia.

Una lágrima resbala por su mejilla. Mi alarma interior se activa.

Lo abrazo con fuerza. Es entonces cuando su fortaleza se desploma. Comienza a respirar entrecortado, envuelve sus brazos a mi alrededor y, con su cabeza escondida en el hueco de mi hombro y cuello, solloza.

Es como si se hubiera estado aguantando toda la tristeza y ahora sus sentimientos le pasaran factura. Siempre ha sido muy bueno en disfrazar su dolor con sonrisas y actitud indiferente a los problemas. Es la primera vez que lo veo llorar desde que lo conozco y mi corazón se rompe junto al suyo.

Su cuerpo es el doble del mío, tiene músculos que pocas personas llegan a desarrollar y se ve como alguien invencible. Sin embargo, ahora es solo un pedazo fino de papel con una grieta larga, a punto de romperse en dos pedazos.

–Tranquilo... –Susurro en su oído, tratando de decir algo que lo haga sentir mejor. Aunque luego pienso y no hay mucho que le dé ánimos a una persona después de presenciar la muerte de un ser querido.

Percibo como su agarre en mi se vuelve débil y como se deja caer, así que soy yo quien se aferra más a su abrazo y acompaño su movimiento hasta que ambos terminamos sentados en el suelo pero sin soltarnos. Sus piernas quedan extendidas y yo, sentada sobre mis rodillas entre las suyas abiertas.

–Estoy aquí contigo, no voy a soltarte.

Siento la humedad de sus lágrimas en mi hombro. Luego de unos minutos, sus sollozos le permiten hablar.

Bésame, quiéremeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora