E10: Petalos y cadenas (actualizado)

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El tiempo, gran tejedor de destinos. Es un vino que mejora poco a poco, pero también un creador de heridas que se profundizan en la quietud del día a día.

Es un reloj de arena, donde cada grano caído desaparece, solo para recordarte que es una oportunidad perdida, un momento efímero, irrevocable. El tiempo, un demonio disfrazado de ángel.

En su marcha infinita nos roba personas, recuerdos, partes de nuestro ser que sabemos no podemos recuperar. El rio de la vida fluye sin cesar, y aunque el agua sigue un ritmo imperturbable. No todos los peces tienen la fuerza de enfrentar la corriente, y se pierden en las profundidades del océano del tiempo.

Para Cheon Yi-Seok, el padre de Chin-Hae, el tiempo era un enemigo silencioso, una quemadura que ardía y torturaba su alma. Le arrebato momentos preciosos con su hijo, instantes de felicidad con su esposa, y la razón por la que había actuado lo traiciono, dejándolo con una herida abierta y un remordimiento eterno. Aunque se arrepintió por mucho tiempo, una segunda oportunidad no se le fue dada ni un camino para enmendar sus errores.

Después de años de espera, el atacante, aquel espectro de venganza, también fue víctima del filo del tiempo. Lejos de sanar sus heridas, la soledad se convirtió en un recordatorio constante de su dolor y resentimiento.

Pasaron más de dos décadas y el joven solamente pensaba en todo lo que había perdido mientras aprendía todo lo que podía del hombre que lo crio. La decisión de actuar en contra de la familia real, aquella tomada en un momento de ira incontrolable, se había convertido en una cadena que arrastraba la vida de cualquiera en el camino. Guiándolo a un abismo de odio cegador.

El atacante había esperado pacientemente, observando, calculando, hasta que el día perfecto se presentó ante él. Sin querer desperdiciar ni un segundo más, vigiló cada movimiento de la princesa con una discreción fantasmal. Pero incluso mientras se preparaba para ejecutar su plan, varias preguntas anidaban en lo más profundo de su ser:

¿Realmente valía la pena continuar con su venganza? ¿O acaso el tiempo no lo había atacado con suficientes latigazos? ¿Merecía la princesa heredera realmente todo lo que estaba pasando?

El bosque se había convertido en un escenario donde la abundancia de naturaleza era tanta como la de tensión. El atacante, con una determinación implacable se aproximó a Chin-Hae, tan rápido que ni su propia sombra fue capaz de seguirlo.

Las aves se posaron en las altas ramas y observaron en silencio el espectáculo. Chin-Hae, con la agilidad de un felino, esquivo el primer ataque deslizándose por la tierra. Los dos hombres, movidos por fuerzas opuestas, chocaron con la furia de una tormenta. Cada movimiento de la catana era un cuchillo que cortaba el viento, pero no la furia contenida entre las hojas.

Chin-Hae escapo de cada golpe de la catana, pero no de los puños. Calló varias veces, y los troncos de los árboles no eran aliados fieles. Llego un punto en el que resistir se convirtió en tarea ardua, pero en un giro desesperado, finalmente logró desarmar a su oponente y hacerlo caer.

Respirando con dificultad, Chin-Hae se permitió unos segundos de recuperación. Con su cuerpo adolorido por los golpes recibidos, caminó, casi arrastrándose, lejos del enemigo.

Aprovecho su pequeña ventaja para escapar. Se sentía débil, pero aún conservaba sus fuerzas para encontrar a Ae-Young. Antes, debía correr.

El atacante lo siguió de lejos, consciente de que si alguien era capaz de encontrar a la princesa heredera, era él. Pero no fue lo suficientemente sigiloso y Chin-Hae lo descubrió.

Gracias a esto, logró engañarlo y desapareció entre la maleza como una sombra en la oscuridad. Una vez seguro de que había perdido al atacante, caminó en calma hasta un río. Donde el destino tenía preparado un encuentro inesperado con la princesa heredera.

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