E18: Dolores Olvidados.

10 3 0
                                        

     Cada persona es como una caja llena de sorpresas, esperando el momento de ser descubierta. El lugar donde se guarda esta caja puede influir en lo que encontraremos dentro. Pero al final, lo que hay en su interior depende de la propia caja. Alguien que ha sufrido mucho puede volverse distante, pero también tiene la opción de buscar su fortaleza y aspirar a ser feliz. Una persona acostumbrada a los lujos puede llegar a querer siempre más, sin importar las consecuencias, o puede decidir trabajar duro para conseguir lo que desea.
Quien crece sin muchas posesiones puede acostumbrarse a esforzarse por mejorar y a valorar lo que tiene, compartiendo con los demás. Pero también podría envidiar a los que tienen más y actuar con resentimiento.

Lo que lleva una persona en su corazón puede ser resultado de su vida, pero solo si se da por vencido o decide no luchar. Aun así, nunca es tarde para cambiar lo que hay dentro de nuestra caja de sorpresas.

La oscuridad era total, un manto de sombras envolvía a Ae Young, quien yacía inmóvil, sus ojos se abrieron lentamente, revelando su vulnerabilidad. Atada, su mirada se encontró con la de una niña, una visión de inocencia manchada por la tragedia. La pequeña, de no más de nueve años, tenía ojos grandes y expresivos, y aunque su delgadez y su cabello oscuro y liso hablaban de una belleza innata, la sangre que la cubría y su cabello desordenadamente cortado contaban una historia de horror. Ae Young, incapaz de contener las lágrimas, clamaba por ayuda en un susurro desesperado.

De las sombras emergió una figura imponente, un hombre de estatura alta, ojos pequeños y barba recortada. Se acercó a Ae Young, inclinándose para susurrarle una amenaza heladora:

—Al igual que tu hermano, que no disfrutó de una larga vida, tú podrías correr la misma suerte. Mantén a tu padre alejado de mí, o lo que le ocurra a tu amiga también les ocurrirá a los tuyos. No me importa que pertenezcan a la realeza; sus manos están igualmente manchadas con la sangre de su gente. -

Paralizada por el miedo y la confusión, Lin Ae Young era aún una niña, incapaz de comprender las palabras crueles del hombre. Pero en lo más profundo de su ser, sabía que debía evitar a toda costa el destino que él insinuaba.

El hombre, envuelto en misterio, desenvainó su katana y la presionó contra el cuello de la niña, golpeándola con la empuñadura de la espada. La princesa, impotente, solo podía observar, su mirada fija en la escena de violencia, mientras el diseño de la flor en la katana se convertía en un símbolo de su desesperación.

Ae Young cerró los ojos, deseando escapar, y al abrirlos, se encontró transportada a un lugar más amable, la casa de la niña, donde la felicidad reinaba y los juegos infantiles fluían sin fin, como si la pesadilla nunca hubiera existido.

Pero entonces, una voz familiar la llamó desde la lejanía. Era Chin Hae, lleno de preocupación, esperando que despertara. Con un dolor que trascendía lo físico, Lin Ae Young abrió los ojos, una lágrima solitaria marcando su mejilla, mientras un suspiro colectivo de alivio llenaba la habitación al verla despertar de un coma que había durado dos días.
En la habitación, la atmósfera estaba cargada de una tensión palpable. Nam Ji Min y Kim Ji Ho, la reina madre, presidían la escena con una mezcla de alivio y preocupación. El historiador, siempre diligente, documentaba cada detalle del significativo momento: el despertar de la princesa heredera. También se encontraba Han Suk Hyun y Nam Chin Hae, quien incapaz de contener su alivio y afecto, la abrazó brevemente para luego alejarse con rapidez, dejando un rastro de sospechas y celos en Suk Hyun.
Pero había alguien más en la habitación, una presencia casi invisible pero intensamente vigilante. Este individuo, cuya mirada escrutadora no se perdía ni el más mínimo detalle, comenzaba a percibir que algo no estaba bien. Con una sospecha creciente y sin pronunciar palabra, se deslizó fuera de la habitación. Era el guardaespaldas, cuya intuición le decía que debía mantenerse alerta, sabía que la princesa heredera era fuerte así que no caería en coma por ver a alguien que no conocía morir, sin embargo. por qué se descontrolo?
La mañana transcurrió y el palacio se vació, dejando solo a dos hombres cuyas miradas se cruzaban en un duelo silencioso. Eran Chin Hae y Suk Hyun, cuyos ojos destilaban un desafío implacable. La tensión entre ellos no se prolongó, pues una sonrisa triunfante se dibujó en el rostro de Chin Hae cuando Ae Young interrumpió, solicitando a Han Suk Hyun que se retirara para conversar en privado. A regañadientes, él accedió, lanzando una última mirada cargada de rencor hacia su rival.
Una vez solo, Chin Hae se acercó a la princesa y, con voz suave, inquirió sobre sus deseos. Ae Young, con la vista clavada en sus manos entrelazadas, susurró:
—Ayúdame a escapar del palacio sin que mi guardaespaldas lo note.
Chin Hae, mudo de asombro, comprendió que no había palabras que la disuadirían. Así que, sin cuestionar, se comprometió a apoyar su audaz plan. Carecían de un esquema claro, hasta que a la princesa se le ocurrió una idea tan arriesgada como ingeniosa. Sin ofrecer explicaciones, ocultó a Chin Hae en un armario destinado a medicinas y retomó su lugar en la cama justo cuando el médico se aproximaba. A través de una rendija, Chin Hae observó cómo Ae Young simulaba una debilidad extrema para, acto seguido, dejar inconsciente al galeno con un movimiento preciso y rápido.
Nam Chin Hae no alcanzaba a comprender la súbita necesidad de Ae Young de abandonar el palacio, ni el porqué de su violenta acción hacia el médico, pero intuía que debía haber un motivo de peso. Al salir del escondite, Ae Young le instó a aprovechar el caos para distraer a los guardias que custodiaban la salida.
Chin Hae captó la urgencia y, con un grito alarmado, anunció el desvanecimiento del médico. La noticia causó un revuelo instantáneo, atrayendo a todos, incluido el guardaespaldas. En medio de la confusión, la pareja aprovechó para deslizarse sigilosamente fuera del palacio y dirigirse al pueblo.
Durante su caminata, Ae Young compartió con Chin Hae el sueño recurrente que la asaltaba desde su coma, sospechando que guardaba relación con sus repentinos ataques de pánico. Ansiaba visitar el lugar de sus sueños para discernir si eran meras fantasías o ecos de recuerdos olvidados.
Al llegar a la casa que habitaba en sus sueños, Ae Young fue asaltada por visiones claras y perturbadoras. Los recuerdos felices que una vez la confortaron ahora la atormentaban con una intensidad insoportable. A punto de ceder al desespero y regresar al palacio, Chin Hae tomó su mano y, con ternura, la reconfortó:
—Hemos venido hasta aquí para desentrañar los misterios que te atormentan, y no nos iremos sin respuestas. No temas, estoy a tu lado para apoyarte.
Ae Young lo miró, un brillo de gratitud en sus ojos, y asintió con determinación. Pero antes de que pudieran avanzar, una voz severa los detuvo:
—Si realmente desean entender, entren. A menos que prefieran verme morir.
Dentro de la casa, Ae Young se tensó al reconocer a la anfitriona: su única amiga de la infancia, Hwang Min-Jae, quien se distanció tras descubrir su linaje real. Chin Hae percibió la incomodidad de la princesa y expresó su preocupación.

Ae Young confesó la fuente de su malestar, solo para ser interrumpida por la dama, quien fingió indignación:
—Es asombroso cómo tu memoria ha borrado lo esencial, dejándome como la villana que abandonó a su amiga. Pero no te culpo; sé que tus acciones buscaban protegerme. Pero duele que pienses que fui yo quien se alejó, cuando fuiste tú quien me ignoró tras aquel incidente. Eso sí que duele.
La tensión se palpaba en el aire, y las preguntas sin respuesta de Chin Hae y Ae Young comenzaron a ser aclaradas una por una...

Hace años, cuando Ae Young apenas contaba con cinco primaveras, su amiga del alma, Hwang Min-Jae, descubrió su linaje real, lo que inicialmente la perturbó. Sin embargo, su amistad era más fuerte que los prejuicios, y continuaron inseparables. Al cumplir Ae Young los nueve años, se organizó la tradicional búsqueda de su amigo Chin Hae, del cual no tenía noticias. Aquella tarde, buscó a su madre para pedir permiso de visitar el pueblo con Min-Jae, y fue entonces cuando escuchó a sus padres discutir sobre un atentado contra el rey. Al entrar, el silencio se apoderó de la sala y, con reticencia, le permitieron salir, no sin antes asignarle tres guardias adicionales, además de los dos habituales y el eunuco Jung.
En la casa de Min-Jae, la alegría reinaba mientras jugaban y reían. Paseando por el pueblo y compartiendo bocados, Ae Young confió a su amiga sus temores por la seguridad de su familia. Min-Jae, con un abrazo reconfortante, le aseguró que todo estaría bien. Pero la tranquilidad se rompió abruptamente cuando unos asaltantes emboscaron a los guardias, dejándolos fuera de combate y atacando a las niñas hasta sumirlas en la oscuridad.
El paradero durante su desaparición permaneció un misterio. El recuerdo de aquel día, marcado por el dolor de ver a su amiga sufrir, impulsó a Ae Young a distanciarse de Min-Jae y de cualquier vínculo de amistad. Abandonó la búsqueda de Chin Hae y se blindó contra el mundo exterior. Con el tiempo, Lin Ae Young adoptó esta actitud como parte de su ser, olvidando poco a poco aquel día traumático. Su corazón se endureció, cerrándose a cualquier acercamiento por un temor infundado que creía sentir sin razón alguna.

Amor de PalacioDonde viven las historias. Descúbrelo ahora