En un orfanato fue dejado un pequeño de 5 años , simplemete porque era una omega, su familia lo rechazo
madre superiora dejaron un pequeño
Dios y no tenemos espacio, pero tiene cinco años , no podemos dejarlo afuera
esta bien nos ar...
Jimin yacía en el suelo, completamente desnudo, bajo el cuidado desesperado de Kang. Su cuerpo no dejaba de temblar, sacudido por una fuerza que parecía venir desde lo más profundo de su ser. De pronto, se arqueó con violencia, soltando un grito desgarrador que heló el aire.
—¡Jimin...!
Los gruñidos comenzaron a escucharse desde afuera. Kang, con el corazón acelerado, lo cubrió como pudo y salió a ver qué pasaba.
Ahí estaban.
Los dos tigres, firmes frente a la puerta. Inmóviles... observando.
Antes de que pudiera reaccionar, uno de ellos avanzó, empujándolo con facilidad y entrando. Se acercó a Jimin, lo olfateó con calma, como reconociéndolo... y luego salió nuevamente.
El miedo se instaló en Kang sin remedio. Cerró la puerta de golpe y retrocedió. Desde la ventana, los vio rodear la cabaña. Sus ojos... completamente blancos. Sus gruñidos eran profundos, antiguos... escalofriantes.
Entonces, otro grito.
Kang giró de inmediato.
Lo que vio lo dejó sin aliento.
Sobre la piel de Jimin comenzaron a aparecer marcas... como lunas, una tras otra, dibujándose solas, como si algo invisible las estuviera colocando. El aire cambió. Un aroma salado, como el mar, llenó la habitación, mientras el viento golpeaba con fuerza las paredes.
Jimin abrió los ojos.
Blancos... completamente blancos Y en el centro, un punto rojo.
—K-Kang...
Su voz... ya no era la misma. Era tranquila. Serena. Demasiado... para el caos que lo rodeaba.
—Sí... bebé, dime —respondió Kang, temblando.
—Sube... déjame solo. Cuida de la niña.
—No... no puedo dejarte así —negó, desesperado.
—Kang... escúchame —su tono fue firme, pero suave—. La cachorra te necesita. Ellos... me van a cuidar.
—¿Quiénes...? ¿Los tigres?
Jimin asintió levemente
—No quiero que me veas así... sube.
Kang dudó... pero entonces ocurrió.
El cuerpo de Jimin se elevó ligeramente, como sostenido por algo invisible. Y gritó.
Un grito que no parecía humano.
—¡Mierda...!
Kang no pudo más. Salió corriendo hacia la habitación de la niña, cerrándose con ella, temblando, mientras el eco de los gritos llenaba toda la cabaña.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.