ENTRE BESTIAS Y SILENCIO

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Jungkook llegó a la mansión con el pulso acelerado y la rabia todavía ardiéndole en el pecho. No se detuvo a saludar, no miró a nadie; subió directo a la habitación de Jimin y golpeó la puerta con fuerza.

—Jimin, ábreme.

El silencio del otro lado fue demasiado largo, demasiado denso. Entonces, una voz ajena respondió.

—Jeon... Jimin no está en la habitación.

Jungkook giró el rostro, clavando la mirada.

—¿Dónde está?

Kim dudó un segundo, como si midiera el impacto de lo que iba a decir.
—No te va a gustar.

—Habla, Kim.

—En el jardín.

La maldición escapó de sus labios antes de que pudiera contenerla. Jungkook bajó las escaleras casi corriendo, pero al llegar se encontró con las puertas cerradas desde dentro. Empujó, golpeó, intentó abrirlas sin éxito. La frustración le tensó la mandíbula.

—Kim, muéstrame las cámaras.

La imagen apareció, y por un instante todo se detuvo. Jimin estaba allí... en medio del jardín, recostado entre los dos tigres como si fueran simples gatos domésticos. Dormía. Su rostro, lejos de la angustia que Jungkook esperaba encontrar, estaba en paz... incluso feliz. Los animales respiraban con calma a su alrededor, como si lo custodiaran, como si lo reconocieran.

Jungkook frunció el ceño, incrédulo.

—¿Cómo carajos pasa esto? No entiendo...

—Ya te lo dije, Jeon —respondió Kim con voz tensa—, Jimin es especial. Y te aviso algo: ni loco entro ahí.

—Jeon...

—¿Qué?

Kim bajó la voz, más serio esta vez.

—Jimin lloró todo el día. Kang está con la bebé... pero desde que llegaron en la mañana, él se encerró con los tigres. Los alimentó... y no ha querido salir.

El silencio cayó como un golpe seco.

—Eres un estúpido —continuó Kim, sin suavizar las palabras—. ¿Cómo pudiste hablarle de esa manera?

Jungkook apretó los puños, irritado.

—No le hablé mal. No entiendo por qué tanto drama.

Kim soltó una risa sin humor. —Entonces díselo en la cara.

La mirada de Jungkook volvió a la pantalla, a Jimin durmiendo entre las bestias como si perteneciera a ese mundo más que a cualquier otro. Algo en su pecho se tensó, incómodo... inquieto.

—No me jodas, Kim... —murmuró, pero esta vez su voz ya no sonaba tan segura

 —murmuró, pero esta vez su voz ya no sonaba tan segura

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