ENTRE SOMBRAS Y SANGRE

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—Es tu turno, Song Seung Heon.

Nam lo empujó sin delicadeza hasta el potro La estructura de madera crujió bajo su peso. Las cuerdas fueron tensadas con precisión: muñecas fijas, tobillos atados a la rueda. El mecanismo giró.

Un clic.

Luego otro.

El cuerpo de Song Seung Heon se arqueó al instante, sus músculos tensándose hasta el límite. El dolor no llegó de golpe... llegó lento, arrastrándose por cada hueso, estirándolo más allá de lo humano. Sus gritos comenzaron bajos, pero con cada vuelta de la rueda se volvieron más desgarradores.

—Más... —ordenó Jin, apartando a Nam con una mirada fría.

Giró la rueda sin titubeos.

El sonido fue seco.

Un crujido brutal. Y luego... el desgarro.

Los brazos cedieron.

El grito que soltó fue tan agudo que heló el aire. La sangre cayó en chorros, manchando la madera, el suelo, todo. Pero nadie se movió. Nadie apartó la mirada.

Nam avanzó entonces, con un bate cubierto de púas. Sin apuro, sin emoción, lo clavó en lo que quedaba de sus hombros. Una vez. Y otra.

El cuerpo temblaba, apenas consciente, apenas vivo.

—No lo maten —se escuchó la voz de Jungkook, firme, dominante—. Mis tigres tienen que comer.

Las puertas se abrieron.

El silencio cambió.

Los dos guardianes entraron, imponentes, sus ojos brillando con un instinto primitivo. Jimin dio un paso al frente y murmuró en una lengua que ninguno de los presentes entendió... pero ellos sí.

Los tigres avanzaron.

Lento.

Preciso.

El primer mordisco arrancó un nuevo grito. Luego otro. Y otro más. No era una muerte rápida. Era metódica. Cruel. Cada pedazo arrancado con calma, como si disfrutaran el proceso tanto como la presa lo sufría.

—M-mátame... por favor... —suplicó entre jadeos.

Jungkook lo miró sin expresión.

—Deja de hablar... están cenando.

El tiempo se volvió eterno. Casi una hora de gritos que poco a poco se apagaron, reemplazados por sonidos húmedos... hasta que no quedó nada más que restos y silencio.

El segundo mafioso había muerto.

Y no quedaba dignidad en él.

...

...

—Es tu turno, Vincenzo.

El último de los tres retrocedió como pudo, temblando, completamente quebrado.

—N-no... perdóname, Jeon... —balbuceó—. Suéltame... haré lo que quieras... seré tu esclavo... pero no me mates así... por favor...

Jungkook lo observó en silencio.

Frío.

Inmutable.

—Eso debiste pensarlo antes.

Jimin avanzó entonces, sus pasos suaves contrastando con la oscuridad en su mirada. Se detuvo frente a él, inclinando ligeramente la cabeza.

—Ellos sufrieron... y su muerte fue lenta —murmuró, su voz casi un susurro—. La tuya... será peor.

Se agachó un poco, quedando a su altura.

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