EL AMANECER DE DOS LOBOS

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La mañana amaneció en calma, una tranquilidad casi irreal después de todo el caos vivido. En la cama, dos cuerpos desnudos descansaban entre sábanas desordenadas, testigos de una noche que no solo estuvo llena de pasión, sino también de reencuentro. Se habían encontrado otra vez, sin barreras, sin miedo, sin nadie interponiéndose entre ellos. Lo suyo iba más allá del amor; sus lobos se habían reconocido desde el primer instante, unidos por algo mucho más grande... por la misma diosa luna.

Jungkook despertó primero. Bajó la mirada y ahí estaba, su omega, su pequeño, acurrucado sobre su pecho como si ese fuera su lugar natural. Sonrió apenas, pasando los dedos con suavidad por su cabello, recorriendo luego su rostro con una devoción silenciosa. Cada detalle, cada rasgo... no había nadie en el mundo que pudiera compararse con él.

—Gracias, madre luna... —susurró apenas—. Cuidaré de tu hijo como mi tesoro más preciado.

Con cuidado, se levantó sin despertarlo. Se duchó rápido y, con una toalla rodeando su cintura, bajó a buscar algo de ropa entre lo poco que habían traído. Pero algo no cuadraba... la mansión estaba demasiado silenciosa.

—¿Qué mierda...? ¿Dónde están todos?

Se acercó a la ventana y vio las camionetas afuera. Su expresión cambió al instante. Sin pensarlo, tomó su arma y salió con cautela, avanzando con sigilo, preparado para lo peor. Abrió una de las puertas lentamente... y un cuerpo cayó de golpe frente a él.

—¡Hobi! ¡Hermano!

—Humm...

—¡Maldita sea, despierta!

—Jeon... carajo... por fin...

—¿Qué pasó? ¿Por qué estás aquí? ¿Y por qué no hay nadie dentro?

Antes de que Hobi respondiera, Tae salió de una de las camionetas y le soltó un cocotazo en la cabeza.

—¡Estúpido! ¿Cómo mierdas íbamos a entrar si sus putos gemidos se escuchaban en toda la maldita mansión? ¡Carajo, Jeon! ¿Lo mataste o qué?

Jungkook abrió los ojos, sorprendido.

—¿Escucharon?

—¡Claro que escuchamos, imbécil! —bufó Tae—. Nadie pudo dormir, nadie pudo hacer nada... nos tocó quedarnos afuera como idiotas.

—Amor, ya... —intervino Hobi, tomando a Tae con calma—. Entiéndelos, se necesitaban.

Jungkook se pasó una mano por la nuca, incómodo, pero antes de poder decir algo, una voz lo llamó desde la entrada.

—¡Jungkook! ¿Dónde estás?

Oh, no.

Jimin salió de la mansión con apenas ropa interior, el cabello despeinado y una expresión suave, completamente ajeno a las miradas que se clavaron en él al instante. Y sí... había cambiado. Su presencia era más fuerte, más segura, su cuerpo tallado  real por la Diosa luna, sus curvas  se notaban imposible de ignorar.

—Oh, mierda... —silbó Tae—. Con razón los gritos...

—¡Tae, respeta! —lo cortó Hobi.

Jungkook reaccionó de inmediato, corriendo hacia Jimin y envolviéndolo entre sus brazos para cubrirlo.

—Hola, chicos... —saludó Jimin con una sonrisa brillante, como si nada.

—Hola, Jimishi —respondió Tae, todavía divertido.

—Kim, trae las maletas —ordenó Jungkook sin apartar a Jimin—. Y tú... no salgas así. No quiero que nadie más te vea.

Jimin alzó el rostro, frunciendo ligeramente los labios en uno de sus pucheros.

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