EPÍLOGO - EL ALQUIMISTA

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<<Una mansión se alza orgullosa contra las fuerzas de una terrible tormenta. Las gotas de lluvia impactan en el vidrio de las ventanas, no reflejan la luz del interior y no parece que en realidad haya nada que reflejar. La mansión debería emitir sonidos de humanidad, de familia o de soledad, pero el silencio es lo único que la acompaña en el caos de la tormenta. Todo cambia en lo que dura un parpadeo, una explosión se roba el protagonismo de la escena. Los cimientos de la mansión salen disparados en todas direcciones por una nube de fuego y destrucción que se alza hasta alcanzar el cielo nocturno.

—¡Ulinzi! —Una voz masculina se escucha momentos antes de la explosión. Un hombre vuela arrojado por una fuerza invisible fuera de la mansión, atravesando la nube de fuego como un proyectil de carne y hueso.

El hombre gime de dolor al chocar con el suelo, pero está vivo. En sus brazos sostiene una preciada carga, envuelta en fardos de lino, que se niega a soltar. Al mismo tiempo, una esfera perfecta de luz azul sale despedida a toda velocidad hacia la arboleda cercana, perdiéndose en la oscuridad de la noche. El hombre recupera sus sentidos y el movimiento vuelve poco a poco a sus extremidades., Preocupado, dirige su mirada a la arboleda y se levanta temeroso. Decide correr, el instinto humano más básico en una situación de supervivencia. Se dirige hacia el pueblo, confiando en que sus piernas sean lo suficientemente rápidas para alcanzar la ayuda de un amigo. No puede permitirse perder su preciada carga, es lo único que le queda. Un brillo azulado se cuela en su mirada por el rabillo del ojo, sentenciando la carrera del hombre. Una fuerza invisible tira de sus piernas hacia atrás, haciéndolo tropezar y caer contra el suelo sin la posibilidad de minimizar el impacto con las manos. Su cabeza choca contra la fría y húmeda tierra, el sabor a hierro de la sangre se infiltra en sus encías y empapa su sentido del gusto.

—¡Espera! ¡Hice todo lo que me pediste! ¡Cumplí con el trato!

—No...con todo no. El niño no es suficiente—El orbe azulado se alza ante el hombre, la voz gutural que brota de su interior es totalmente antinatural. No es un simple espíritu, es algo más.

—¡Puedo arreglarlo! ¡Aún hay tiempo!

—El laboratorio ha estallado, te lo has gastado todo...eres patético.

La esfera de luz atraviesa entonces al hombre, desapareciendo en su interior por unos momentos. El hombre comienza a convulsionar en el suelo, aún aferrado al bulto de lino. La sangre empieza a brotar, primero por sus ojos, después por los oídos. El orbe sale de su cuerpo y permanece flotando unos instantes sobre el hombre. Sin emitir una sola palabra más, desaparece volando entre los árboles, algunos de ellos en llamas por la explosión de la mansión. De los fardos de lino brota un llanto frágil y atenuado por las capas de protección que lo envuelven. Sintiendo que la vida se escapa por momentos, el hombre logra retirar la sábana de lino que cubría el rostro de un pequeño que aún no tenía la edad suficiente para acudir a la escuela.

—Hijo...lo lamento. He sido un idiota todo este tiempo. Pensé que podría controlarlo, pero...

El hombre no completa la frase, pues sus fuerzas se disuelven en ese momento y fallece ante los ojos de su niño paralizado por el miedo y por algo más. Sin embargo...>>


El silbato del Expreso de Hogwarts interrumpió la historia. Atwood dio un salto desde su asiento, provocando las risas de los demás. El andén 9 y ¾ estaba atestado de alumnos que regresaban a sus casas, pero ninguno de sus nuevos amigos se había querido perder esa historia con la que Atwood había soñado la noche anterior. Se habían reunido todos en torno al equipaje, junto al Expreso de Hogwarts que ya avisaba de su marcha. ¿Adónde iría el tren cuando no se estaba usando?

Atwood estaba rodeado de nuevos amigos: Jade, junto con Harry, Ron y Hermione; Susane, con su tímida amiga Gianna; y Andrew, acompañado por el bueno de Ryan. Atwood había intentado invitar a Draco, Crabbe y Goyle aprovechando el momento de compañerismo que se había vivido la noche anterior en la ceremonia de fin de curso, pero las cosas parecían haber vuelto a la normalidad demasiado rápido. Aún así, Atwood sabía que Draco no iba a deshacerse de él sólo por juntarse con Jade y el resto. Ahora era el héroe que había impedido la derrota de Slytherin en su primer año de clase.

Wizarding World: El Ataúd de WiggenDonde viven las historias. Descúbrelo ahora