"Ya son casi las doce, querida", aviso a Catalina, "deberíamos ir metiéndonos en los sacos".
"Vale", asiente. "No creo que me duerma en toda la noche, pero si lo llego a hacer, te aviso".
Me río con ganas, y a continuación, nos metemos dentro de los sacos. Miro hacia arriba. Las estrellas, acompañadas de la luna, iluminan el cielo en penumbra. Giro mi cabeza. Catalina también contempla el cielo.
"Cuando muera", menciona ésta, "me convertiré en una estrella".
"Bueno, todavía falta mucho para eso", le resto importancia.
"Seamos realistas, Lorenzo", me pide, "no falta mucho. De hecho, faltan tan solo unos pocos meses, por desgracia. Recuerda que aunque parezca un ser humano, sigo siendo una mariposa. Mi tiempo de vida no se alarga".
Eso me rompe más de lo que pensaba.
"Pero disfrutemos por el momento. Creo que soy la mariposa más afortunada del planeta Tierra".
Intento aguantarme las lágrimas mientras vuelvo a observar la noche. Pasan varios minutos, probablemente veinte, y sigo sin poder dormir. Soy impaciente. Normalmente me duermo muy tarde y me despierto igual. Mi hermano es más saludable. Justo hoy, por su culpa, no he tenido la oportunidad de despertarme a la una del mediodía. Tampoco creo que vaya a hacerlo los próximos meses. Tengo que pasar el mayor tiempo con Catalina posible.
Pasa media hora más. No sé por qué estoy tan atontado en querer dormirme. Creo que Catalina no ha pestañeado desde la última frase que dijo. Está paralizada, boca arriba, parece que intenta contar todas las estrellas. Eso es imposible.
Bueno. Pensaba que era imposible que un animal se convirtiese en persona.
Pasa una hora y media. Empiezo a adormilarme. Estoy de lado, de cara a Catalina. Los párpados se me van cerrando hasta que finalmente caigo rendido.
Serían las tres de la madrugada, a lo mejor, cuando Catalina empezó a tambalearme ansiosa, exclamando una y otra vez mi nombre.
"¡Lorenzo, despierta! ¡Lorenzo!", chilla, dándome golpes en el brazo.
"¿Qué quieres?", pregunto, frotándome un ojo con la mano. Supongo que estaré tremendamente despeinado, "es de madrugada".
"He conseguido dormirme", me anuncia, emocionada.
"Pues sigue durmiendo", explico, un poco entre risas, "si te duermes, no te despiertes para decírmelo".
"Es que me ha hecho ilusión".
Sonrío, pasmado por su ternura. Miro hacia arriba, sigo de lado. Las estrellas siguen iluminando el cielo.
"¿Crees que algún día se apagarán?", me cuestiona mi mariposa. "Las estrellas. ¿Y si algún día se cansan de estar brillando todo el rato?".
"Nunca he conocido a nadie que se haya cansado de brillar. De hecho, conozco a gente que brilla y no se percata. Eso es lo más bonito de todo".
Sé que Catalina no lo comprende, pero el detalle de asentir y fingir que lo hace, me es suficiente.
"¿Cuándo es tu cumpleaños?", pregunto. "O sea, ¿cuándo nacistes?".
"El cinco de marzo", apunta Catalina, "no llegaré a celebrar nunca mi cumpleaños. Ni yo ni ninguna mariposa".
"Eso no importa, lo celebraremos el cinco de agosto como si de marzo se tratase", decido.
"¿En serio?", me pregunta Catalina, dibujando una hermosa sonrisa de ilusión. "¿Y tú cuándo naciste?".
"El veinte de agosto", contesto.
"¡No queda mucho, y seguiré viva para entonces! Qué ganas", se expresa Catalina.
Nos quedamos callados unos minutos. Al notar que voy a volver a dormirme, me acomodo.
"Eres muy bonita", susurrro.
Catalina abre bien los ojos y me mira, emocionada, formando dos hoyuelos en ambas mejillas.
"Buenas noches", me despido.
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El surrealismo de hablar con una mariposa
Non-FictionCatalina, una mariposa que un día decide convertirse en ser humano, se enamora de Lorenzo, un chico de 16 años. No tardan en darse cuenta de que el amor es mutuo. Al ser una mariposa convertida en ser humano, Catalina no sabe muy bien ciertas cosas...