13.

1.4K 97 21
                                        

Feeling usted, but I'm
Still missing you, and I can't
See the end of this
Just wanna feel your kiss against my lips

Hay momentos que, aunque quieras olvidarlos, se quedan tatuados en tu mente para siempre. Como ese segundo antes de que el mundo se desmorone bajo tus pies, ese instante en que todo lo que conocías cambia de forma irremediable. Ese día, esa noche, nunca la olvidaría.

Era una tarde común. El equipo de Karasuno había terminado su práctica y el gimnasio estaba casi vacío, salvo por algunos rezagados que aún guardaban sus cosas o bromeaban entre ellos. Hinata y Kageyama, como siempre, se gritaban a la distancia, mientras Yamaguchi terminaba de amarrarse los zapatos. Mei y yo habíamos ido a verlos entrenar, como solíamos hacer los viernes por la tarde.

—Vámonos ya, Aizawa... —Mei me dio un pequeño empujón en la espalda, sonriendo como de costumbre. Aunque era tarde, no quería irme todavía.

—En un momento. Me olvide algo en las gradas —mentí, aunque en realidad solo estaba buscando una excusa para quedarme un poco más. Mei me miró, arqueando una ceja, pero no dijo nada más. Con un suspiro y una sonrisa ligera, se fue, despidiéndose de los demás con una mano en alto.

Esperé hasta que todo el mundo se había ido, hasta que el sonido de los zapatos de los jugadores y los murmullos se apagaron. Sabía que él aún estaba ahí. Podía sentirlo. Tsukishima no se había movido de su lugar cerca de las canastas. Estaba guardando las pelotas con esa expresión concentrada, casi indiferente, que siempre parecía llevar consigo.

Caminé hacia él, sin realmente saber por qué lo hacía. Quizás era por esa sensación persistente de que necesitaba decir algo, de que tenía que romper esa barrera invisible que siempre existía entre nosotros. No importaba cuántas veces hablara con él, cuánto compartiéramos momentos, siempre había esa distancia. Pero hoy, se sentía diferente.

—Tsukishima~ —lo llamé en voz baja cuando estuve a unos pasos de él. Levantó la cabeza, mirándome con ese aire de aburrimiento tan suyo. Pero yo sabía que no era así, no del todo.

—¿Qué? —respondió con un tono plano, continuando con lo suyo, como si nada en el mundo pudiera interrumpir su rutina. Pero yo no iba a dejar que esa conversación fuera igual que siempre.

—¿Podemos hablar? —pregunté, tratando de sonar más firme de lo que me sentía. Mi corazón latía rápido, demasiado rápido. Algo dentro de mí me decía que esa noche sería diferente, que algo iba a pasar. Y no sabía si estaba preparada.

—Hablando estamos —respondió con esa media sonrisa que tanto me frustraba. Siempre parecía estar un paso adelante, como si nada realmente le importara. Pero en ese momento, me dolía más de lo que debería.

Me acerqué, lo suficiente como para que dejara lo que estaba haciendo y me mirara. Sus ojos dorados se encontraron con los míos, y por un segundo, no dije nada. Solo lo miré, sintiendo cómo mi corazón martilleaba en mis costillas, tan fuerte que temía que él pudiera escucharlo.

—¿Qué es lo que quieres, _____? —preguntó, esta vez su voz tenía un toque de impaciencia. Sabía que estaba cansado, y probablemente solo quería irse a casa. Pero no podía dejarlo ir. No sin decir lo que llevaba días, semanas, tal vez años, queriendo decir.

—¿Por qué siempre tienes que alejarte? —la pregunta salió antes de que pudiera detenerme. Mi voz sonó más acusadora de lo que pretendía, y pude ver cómo sus ojos se entrecerraban ligeramente. Su cuerpo se tensó, pero no respondió de inmediato. Sabía que le había tocado un nervio.

—No me alejo de nadie —murmuró, desviando la mirada. Pero lo sabía, él lo sabía. Siempre lo hacía. Estaba cerca, pero no lo suficiente. Siempre estaba al borde de algo, pero nunca se dejaba caer.

—Sí, lo haces —insistí, dando un paso más. Estaba tan cerca que podía oler el sudor leve en su camiseta, sentir el calor de su cuerpo irradiando hacia mí. Mi garganta se cerraba, pero seguí adelante—. ¿Por qué siempre tienes que alejarte justo cuando las cosas... justo cuando yo...?

No terminé la frase. No podía. Porque admitirlo en voz alta lo haría real, y eso me aterraba.

Tsukishima frunció el ceño, cruzándose de brazos, como si quisiera poner otra barrera entre nosotros.

—No sé de qué hablas —dijo con frialdad. Pero lo sabía. Claro que lo sabía. Y yo ya no podía soportarlo más.

—¡Sí lo sabes! —mi voz se elevó más de lo que pretendía, resonando en el gimnasio vacío. Mi pecho subía y bajaba rápidamente, como si hubiera corrido un maratón—. Siempre lo haces, Tsuki. Cada vez que estamos cerca de algo, algo real... te vas. Me ignoras, haces como si no existiera. ¡Y no lo soporto!

La tensión en el aire era casi palpable. Me miró, sus ojos ahora duros, pero había algo más en ellos. Algo que nunca antes había visto. Algo que me decía que estaba tan perdido como yo.

—¿Por qué te importa tanto? —su pregunta fue como un cuchillo. Y ahí estaba. El miedo. No solo en él, también en mí. El miedo a decir lo que realmente sentíamos.

No respondí con palabras. No podía. En lugar de eso, me acerqué aún más, mis manos temblando ligeramente cuando las levanté para tocar su brazo. Podía sentir su tensión bajo mis dedos, podía sentir cómo su cuerpo se tensaba bajo el contacto, pero no se movió.

Y entonces, en un impulso que nunca había sentido tan fuerte, me puse de puntillas y presioné mis labios contra los suyos.

Fue un beso torpe al principio, lleno de miedo y dudas. Pero entonces, algo cambió. Sentí cómo su mano se levantaba y me tomaba por la cintura, atrayéndome más hacia él. Su boca, fría y cálida a la vez, se movía contra la mía, y durante esos segundos, todo lo que existía en el mundo era ese beso. Ese momento donde todo lo que habíamos reprimido durante tanto tiempo finalmente explotaba.

Y luego, tan repentinamente como comenzó, se acabó.

Me separé de él, respirando con dificultad. Mi corazón latía tan rápido que dolía. Lo miré a los ojos, buscando una respuesta, algo que me dijera que había hecho lo correcto. Pero lo único que vi fue su confusión. Y, lo peor de todo, miedo.

—Esto no debió pasar —murmuró, su voz quebrada, llena de algo que no reconocía en él. Se apartó de mí, como si lo hubiera quemado.

—Tsuki... —mi voz era un susurro ahora, casi inaudible. Pero no sabía qué más decir. ¿Qué podía decir?

Él negó con la cabeza, sin mirarme, y dio un paso hacia atrás, alejándose como siempre lo hacía. Pero esta vez, dolía más. Mucho más.

—Lo siento, Aizawa —fue todo lo que dijo antes de girarse y salir del gimnasio, dejándome sola.

Y fue entonces cuando supe que algo había cambiado. Habíamos cruzado una línea que no tenía vuelta atrás. Ese beso... lo había roto todo. Y aunque no lo quisiera admitir en ese momento, supe que a partir de ahí, todo entre nosotros cambiaría. Para siempre.



 Este es uno de mis capítulos favoritos

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Este es uno de mis capítulos favoritos. 😸

H e r . | Tsukishima KeiDonde viven las historias. Descúbrelo ahora