31. Epílogo

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Los días pasaron y las estaciones cambiaron, como lo habían hecho siempre. Miyagi, con su clima frío y su gente cálida, siguió su curso sin importar lo que había dejado atrás. Aizawa, ahora en su segundo año de universidad, encontró que el tiempo tenía una forma extraña de curar las heridas, aunque nunca las borrara por completo.

Había aprendido a entender que el dolor, en su forma más pura, era algo natural, algo que formaba parte del proceso. Al principio, había intentado esconderlo, ignorarlo, pero poco a poco comprendió que lo más sano era aceptarlo. Tsukishima y Aiko seguían juntos, tan inseparables como siempre. Y aunque su corazón se rompía un poco al verlos, también comenzó a aprender que su historia con Tsuki no necesitaba un final perfecto, porque la vida nunca lo tenía.

En su segundo año en la universidad, Aizawa se sumergió de lleno en sus estudios de Artes Visuales y gráficos. La pintura, la escultura, el diseño gráfico; todo se convirtió en su refugio. No solo era una manera de expresarse, sino también de sanar. Los lienzos en blanco eran como páginas en su vida, vacías al principio, pero llenas de color y forma a medida que las emociones encontraban su camino.

Un día, mientras caminaba por el campus, se encontró con Mei. Había cambiado, como ella también lo había hecho, pero seguía siendo la misma amiga que la había apoyado incondicionalmente.

—¿Cómo va todo, Aizawa? —preguntó Mei, sonriendo con esa familiaridad que tanto le gustaba.

Aizawa la miró, algo sorprendida, y luego sonrió.

—Voy bien, Mei. He encontrado mi lugar aquí, ya sabes, como siempre. —Se encogió de hombros, tratando de restarle importancia, pero los ojos de Mei no dejaban de mirarla con curiosidad.

—¿Y Tsukishima? ¿No piensas en él?

Aizawa suspiró, recordando lo que había sucedido en ese último encuentro en la cafetería. Había sido doloroso, pero también necesario. Miró a Mei a los ojos y le dio una sonrisa tranquila.

—Sí, claro que pienso en él. Pero ya no duele.

Mei la observó por un momento, como si pudiera ver más allá de las palabras que acababa de decir, pero finalmente asintió, entendiendo.

—Estoy feliz por ti. De verdad lo estoy. —Mei le dio un abrazo rápido. "Si algún día lo vuelves a ver, sabrás qué hacer."

Habían pasado casi cuatro años desde que Aizawa había tomado la decisión de dejar ir a Tsukishima. Había seguido adelante, aunque siempre con la sombra de lo que había sido, un amor perdido, un amor que nunca realmente floreció.

Un día, mientras caminaba por las calles de Tokio, pensó que estaba lista para enfrentar el mundo, ahora con una visión más madura. La universidad le había dado el espacio para crecer y, aunque el tiempo no le había devuelto lo que había perdido, le había dado algo igual de valioso: paz.

Al regresar a su apartamento, su teléfono vibró. Un mensaje. Lo abrió rápidamente. Era de Mei.

"¿Nos encontramos mañana? No es necesario hablar de él, solo ven."

Aizawa sonrió. Quizás todavía había algo de nostalgia, algo que persistía en sus recuerdos, pero ya no era dolor. Era solo una parte de su vida, una etapa cerrada que, aunque la había marcado profundamente, no la había definido.

Al día siguiente, en la misma cafetería en Miyagi, donde todo había comenzado, Aizawa se encontró con sus amigos. Mei y Yamaguchi estaban allí, riendo como siempre, mientras Tsukishima y Aiko se encontraban en una mesa a lo lejos, ajenos a su presencia. Aizawa no los miró, sino que enfocó su atención en lo que realmente importaba: las personas que la habían acompañado en su viaje.

La mirada que Aizawa lanzó hacia Tsukishima, a lo lejos, fue tranquila. Ya no había resentimiento, ni esperanza rotas. Era un adiós silencioso, uno que había llegado lentamente, con cada paso que dio hacia su futuro. Y en su corazón, algo había cambiado. Aprendió que la vida no siempre da segundas oportunidades, pero sí da espacio para la redención personal.

De repente, su teléfono vibró de nuevo. Esta vez era un mensaje de su madre.

"Estoy orgullosa de ti. Sé que has encontrado tu camino."

Aizawa dejó el teléfono sobre la mesa y miró a sus amigos. Esa era la verdadera respuesta: estar rodeada de quienes la habían visto crecer, reír, llorar, y seguir adelante. No necesitaba más que eso.

Con una sonrisa sincera, Aizawa se levantó, mirando el futuro, sin arrepentimientos. Ella ya había dejado ir. Había aceptado lo que pasó, y al fin, estaba lista para empezar algo nuevo.

Porque, al final, había algo más importante que los amores no correspondidos o las relaciones rotas: su propia felicidad. Y ahora, por fin, podía verla en el horizonte, clara y brillante, esperando ser alcanzada.

H e r . | Tsukishima KeiDonde viven las historias. Descúbrelo ahora