16.

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El aire comenzaba a enfriarse. Las hojas caían, pintando de tonos marrones y anaranjados el sendero que llevaba hacia la escuela. El otoño había llegado, y con él, la inevitable época de exámenes. Las noches eran cada vez más largas y las mañanas más frías, pero lo que más pesaba no era el cambio de estación, sino el silencio abrumador que seguía reinando entre Tsukishima y yo.

En clase, todos parecían estar atrapados en su propio estrés. Las hojas llenas de apuntes estaban por todas partes, y los murmullos sobre temas y fórmulas llenaban el ambiente. Yo, sin embargo, apenas podía concentrarme. Había pasado días dándole vueltas al mismo pensamiento: tenía que disculparme.

No podía seguir con esta carga sobre mis hombros. Sabía que me había pasado, que las palabras que le dije aquel día en el pasillo no solo lo habían herido a él, sino también a mí. Cobarde. Esa palabra aún pesaba en mi pecho como una culpa imposible de ignorar. Me quedé mirando el pequeño dinosaurio de plástico que había comprado. No era gran cosa, pero me recordó a Tsuki al instante. Es un detalle tonto, pensé, pero era lo único que tenía. Junto a él, había escrito una carta breve, palabras simples pero sinceras:

"Lo siento. No debí decirte lo que dije. No quería herirte, aunque sé que lo hice. Sólo quiero que estemos bien, como antes. Perdóname, por favor."

Respiré hondo, doblando la carta con cuidado. Decidí que ese día lo buscaría, le entregaría la carta y el pequeño dinosaurio, y pondría fin a esta distancia insoportable. Mientras caminaba hacia la cafetería, los escuché. Pequeñas voces susurrando cosas que no querían que otros oyeran, pero que igual se propagaban como el viento:

—¿Ya viste? Dicen que hay una pareja en nuestro salón.

—Sí, lo vi ayer. Estaban juntos en el gimnasio.

—No puedo creerlo, él siempre parece tan frío.

Intenté ignorarlo. Sabía exactamente a quiénes se referían, pero no quería darle importancia. No me importa, me repetí como un mantra, pero cada palabra que escuchaba era como una astilla clavándose en mi mente.

—_____, ¿vas a comer? —La voz de Mei me sacó de mis pensamientos.

—No tengo hambre —respondí sin mirarla, apretando la carta y el dinosaurio en mis manos.

Ella frunció el ceño, claramente preocupada, pero no insistió. Sabía que había algo en mi mente, algo que yo aún no estaba lista para compartir.

Después de clases, decidí que era el momento. Mientras Mei se iba a casa yo estaba decidida a buscarlo y le daría mi disculpa antes de que pudiera arrepentirme. Mi corazón latía con fuerza mientras recorría los pasillos, mirando en cada aula. No estaba en su lugar habitual, ni en la biblioteca, ni en el patio trasero.

Finalmente, escuché voces que venían del gimnasio. Pequeñas risas que resonaban en el eco del lugar vacío. Mi pecho se apretó de inmediato. Sabía quién estaba ahí. Me acerqué con cuidado, mis pasos casi silenciosos sobre el suelo. Cuando miré por la puerta entreabierta, mi corazón se rompió en mil pedazos.

Ahí estaba él.

Tsukishima estaba sentado junto a Aiko, riendo de algo que ella había dicho. Los demás chicos de Karasuno estaban alrededor, charlando como si todo fuera completamente normal, como si la presencia de Aiko en ese grupo ya fuera una constante, algo natural. Ella incluso llevaba una sudadera que reconocí de él, una que a veces usaba después de entrenar.

¿Qué se sentirá sentir su aroma así de cerca? [...] ¿Qué se sentirá ser ella?

Mi vista se nubló al instante. Sentí un nudo formándose en mi garganta mientras las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos. Todo esto es tan estúpido, pensé. Había pasado días culpándome, armándome de valor para disculparme, y ahí estaba él, como si todo estuviera perfectamente bien.

H e r . | Tsukishima KeiDonde viven las historias. Descúbrelo ahora