06.

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Hoy después de unos días de ansia, es el gran día. El autobús escolar avanzaba por la carretera serpenteante, rodeada de frondosos árboles. El aire estaba lleno de emoción mientras todos hablaban animadamente sobre la excursión. A pesar de los murmullos y risas a mi alrededor, mi mirada estaba fija en el paisaje, observando cómo los rayos del sol se filtraban entre las hojas. A mi lado, Mei estaba hojeando una revista, comentando sobre algunas actividades al aire libre que nos esperaban.

— Deberíamos intentar hacer una fogata esta noche, _____ — dijo con entusiasmo, sin apartar la vista de su lectura. — Será divertido si el equipo de voleibol también se une.

Sonreí, asintiendo con la cabeza.

— Sí, suena bien. Siempre he querido ver cómo es estar alrededor de una fogata.

Mei soltó una pequeña risa.

— ¿Sabes qué? Me pregunto si Tsukishima siquiera disfrutaría algo así. Es tan difícil de leer...

Apenas al escuchar su nombre, mi corazón dio un pequeño vuelco. Mi mirada involuntariamente se dirigió hacia la parte trasera del autobús, donde Tsukishima estaba sentado, apoyado contra la ventana, con sus auriculares puestos. Yamaguchi estaba a su lado, hablando de algo, aunque no parecía obtener muchas respuestas de su amigo.

— Él es... complicado — respondí, tratando de sonar despreocupada, pero el peso de las palabras de Mei colgaba en el aire. Levemente sonreí al recordar lo complejo que es su personalidad y que yo solo podría descifrar... ¿Yo?

El autobús pronto llegó al campamento, y todos comenzaron a bajar en un caos de mochilas y sacos de dormir. El lugar estaba lleno de vegetación y en el centro había una amplia zona despejada donde podríamos armar nuestras casas de campaña.

— Aizawa-chan! — la voz de Hinata resonó cuando me vio. — ¡Vas a ayudarnos a armar la tienda de campaña, ¿verdad?! ¡Es más difícil de lo que parece!

— Claro, Hinata. — respondí entre risas, acercándome al grupo de Karasuno.

Mientras todos intentaban organizarse, Kageyama y Hinata discutían sobre cómo colocar las estacas de la tienda, mientras Mei y Sugawara los observaban con sonrisas exasperadas. Todo el ambiente era animado, y me sentí parte de algo, aunque fuera solo por un momento.

Tsukishima, como siempre, estaba un poco apartado del grupo, leyendo las instrucciones del montaje de la tienda con una expresión aburrida, pero sin perder el control de la situación.

— ¿No vas a ayudarlos, Tsukishima? — me atreví a preguntar mientras pasaba junto a él.

Él me miró por encima de sus gafas, su expresión inmutable.

— No quiero que se caiga la tienda de campaña por culpa de Hinata. Ya es bastante molesto tener que escucharlo discutir con Kageyama — respondió, con su tono sarcástico de siempre.

No pude evitar reírme. A pesar de su dureza, había algo en él que me resultaba... casi reconfortante. Sabía que no lo decía en serio, o al menos no del todo.

— Tienes razón, pero al menos están intentando — comenté, acercándome un poco más. — Aunque, si dependiéramos de ellos, dormiríamos al aire libre esta noche.

Tsukishima levantó una ceja, una ligera sonrisa tirando de la comisura de sus labios.

— Supongo que es verdad, _____.

Ese simple intercambio, aunque pequeño, me hizo sentir una calidez inesperada. Tal vez no era tan distante como parecía... o quizás, solo por ese momento, me lo estaba permitiendo pensar.

Horas después, cuando la noche finalmente cayó y el campamento estaba completamente armado, todos nos reunimos alrededor de una fogata improvisada. Las estrellas brillaban sobre nosotros, y la conversación fluía entre los compañeros de clase, salpicada de risas y bromas.

Mei estaba a mi lado, charlando con Yamaguchi sobre una película que ambos habían visto recientemente, mientras yo observaba cómo Tsukishima, aunque no participaba activamente, escuchaba en silencio las historias que los demás compartían.

En un momento, Yamaguchi llamó a Mei y se levantaron para buscar algo en su tienda, dejando a Tsukishima y a mí solos durante unos minutos. El fuego crepitaba entre nosotros, llenando el silencio incómodo que se instaló de repente.

— ¿Recuerdas cuando éramos niños? — me atreví a romper el silencio, sin saber exactamente por qué lo había hecho.

Tsukishima me miró, sorprendido por la pregunta.

— ¿Qué quieres decir?

Sonreí, recordando uno de nuestros primeros encuentros, cuando ambos éramos pequeños y nuestras familias se conocieron en un evento vecinal.

— Aquella vez que nos encontramos en el festival de verano... — empecé, mirando hacia el fuego. — Ambos éramos niños, y tú estabas tan molesto porque tu hermano se había llevado la última manzana caramelizada.

Tsukishima resopló, como si quisiera reírse, pero solo mostró una pequeña sonrisa.

— No fue la última manzana caramelizada... Fue que no me dejó ganar en el juego de los globos — corrigió, con un tono más suave de lo habitual.

Me reí suavemente, disfrutando del pequeño momento de nostalgia.

— Bueno, para mí siempre parecías estar molesto por todo en ese entonces.

Él negó con la cabeza, pero sus ojos brillaban de una manera que no había visto antes, como si por un breve instante dejara caer la máscara de indiferencia que siempre llevaba.

— Y tú siempre estabas corriendo detrás de Mei, ¿no? — respondió con calma.

— Supongo que sí — admití. — Siempre me seguía metiendo en problemas.

Por un momento, el silencio regresó, pero esta vez no se sintió incómodo. Era como si esos recuerdos, aunque pequeños, nos hubieran acercado, aunque solo fuera un poco.

— Supongo que las cosas no cambian tanto — dijo Tsukishima, mirando hacia las estrellas.

Asentí, aunque en el fondo deseaba que cambiaran.

— Tal vez no, pero algunas cosas sí lo hacen — susurré, más para mí que para él.

Permanecimos en silencio un rato más, hasta que finalmente Yamaguchi volvió con Mei y la conversación general retomó su curso. Pero esa pequeña interacción me dejó pensando durante el resto de la noche, mientras todos comenzaban a retirarse a sus tiendas de campaña.

Cuando la fogata se extinguió y los últimos murmullos del campamento se apagaron, me metí en mi saco de dormir, escuchando el suave crujido de las ramas y el murmullo lejano del río cercano. Aunque estábamos rodeados de gente, esa noche me sentí más conectada a Tsukishima que en cualquier otro momento.

Pero también sabía que, al amanecer, todo volvería a ser lo mismo. Y por más que quisiera, no podía ser ella. Con ese pensamiento en mente, me quedé dormida tan rápido como contar diez ovejas, pero con la imagen de su sonrisa fugaz grabada en mi memoria.

H e r . | Tsukishima KeiDonde viven las historias. Descúbrelo ahora