03.

2.2K 116 3
                                        

Mucho antes de que entendiera lo que significaba el amor, mucho antes de que mis pensamientos se llenaran de su imagen, conocí a Kei Tsukishima. Era una tarde de verano cuando nuestros caminos se cruzaron por primera vez, en uno de esos encuentros que, cuando eres pequeño, no parecen importantes, pero que más tarde te das cuenta de que marcarían tu vida para siempre.

Mis padres me habían llevado a una reunión con amigos de la familia. Tenía unos siete años y, como cualquier niña de mi edad, estaba más interesada en encontrar algo divertido que hacer que en sentarme a escuchar las conversaciones de los adultos. La reunión fue en una casa con un jardín enorme, lleno de rincones donde podía perderme sin que nadie me notara. Era una de esas tardes cálidas, donde el sol parecía quedarse atrapado en el cielo, y todo tenía ese brillo dorado típico de los días de verano.

Estaba explorando una pequeña área al fondo del jardín cuando lo vi por primera vez. Un niño rubio, más alto que yo, estaba sentado solo junto a un árbol, mirando su libro en silencio mientras los demás niños corrían y jugaban a su alrededor. Me llamó la atención de inmediato, no por lo que hacía, sino por lo que no hacía. Parecía completamente desconectado del resto, absorto en las páginas de lo que sea que estuviera leyendo.

A pesar de mi timidez, me acerqué lentamente, intrigada por ese niño tan diferente. Me senté a unos pasos de él, observando cómo sus ojos se movían sobre las palabras del libro. Ni siquiera me miró, pero eso no me importó. Después de un rato de silencio, mi curiosidad pudo más.

—¿Qué estás leyendo? —le pregunté en voz baja, como si temiera romper el hechizo que lo rodeaba.

Él levantó la mirada, ajustando sus gafas con un gesto que, años después, reconocería como uno de sus hábitos más comunes. Su expresión era seria, casi severa para un niño tan pequeño, y me miró como si estuviera evaluando si mi pregunta merecía una respuesta.

—Es un libro de dinosaurios —respondió finalmente, su tono neutral, sin ninguna intención de seguir la conversación.

Yo sonreí, fascinada no solo por el tema, sino por él. Nunca había conocido a alguien tan reservado, tan poco interesado en los juegos infantiles como yo. En ese momento, no entendí que esa sería la dinámica entre nosotros durante años: yo, siempre acercándome, y él, siempre manteniendo cierta distancia.

—Me gustan los dinosaurios —dije, esperando que eso despertara algo más en él. Pero solo asintió, volviendo a su libro sin decir nada más.

Ese fue el primer encuentro con Tsukishima. No fue nada extraordinario, solo un par de niños compartiendo un espacio en silencio, pero había algo en él que me intrigaba, algo que no podía entender pero que me atraía de una manera inexplicable. En el fondo, su actitud distante, su frialdad incluso como niño, lo hacían diferente a los demás.

No volví a verlo hasta algunos años después, quizás tenía unos diez años cuando descubrí que nuestros padres se conocían desde hacía mucho. Fue una coincidencia que nuestras familias se reencontraran, esta vez más conectadas a través de eventos escolares y reuniones de vecinos. Ambos habíamos crecido, pero las cosas no habían cambiado mucho. Tsukishima seguía siendo el mismo: serio, reservado, alguien que prefería estar solo que en el centro de la atención.

Sin embargo, a diferencia de aquel encuentro en el jardín, empecé a notar algo más en él. Ahora que éramos mayores hasta cierto punto, su distancia parecía más intencionada, como si estuviera construyendo barreras a propósito para mantener a la gente fuera. Incluso Yamaguchi, su mejor amigo, a veces parecía tener que esforzarse para mantener una conexión con él. Pero había algo en Tsukishima que me hacía querer romper esas barreras. Quizá era la memoria de aquel niño leyendo bajo el árbol, tan ajeno al mundo que lo rodeaba, lo que me hacía sentir que aún había una parte de él que podía ser alcanzada.

En las reuniones familiares, siempre lo veía a lo lejos, casi siempre en silencio, pero cada vez que lo miraba sentía ese mismo tirón inexplicable en el pecho. Nunca fui buena para iniciar conversaciones con él; la mayoría de las veces, ni siquiera parecía notar mi presencia. Pero yo lo veía, siempre. En esos pequeños encuentros en las reuniones, en las festividades en las que nuestros padres coincidían, su figura era una constante, aunque inalcanzable.

Recuerdo una ocasión en particular, durante un festival escolar. Nuestros padres estaban charlando animadamente mientras yo me mantenía al margen, observando a Tsukishima. Él estaba sentado en una mesa, con los brazos cruzados, mirando a la distancia como si estuviera en otro lugar. No parecía disfrutar de estar allí, pero tampoco hacía ningún esfuerzo por irse. Me acerqué, armándome de valor.

—¿No te gusta estar aquí? —le pregunté suavemente.

Él me miró por un segundo, con esa misma mirada evaluadora que había visto tantos años atrás.

—No es mi lugar favorito —respondió simplemente.

Su honestidad, aunque brusca, me hizo sonreír. No era que quisiera ser cruel, simplemente era su forma de ser, directa y sin adornos. Me senté a su lado, sin esperar más palabras, solo compartiendo el mismo espacio en ese incómodo pero, de alguna manera, reconfortante silencio.

A partir de ese momento, siempre supe que Tsukishima sería alguien importante para mí. Aunque rara vez compartíamos palabras, su presencia siempre me hacía sentir algo que no podía explicar, una mezcla de curiosidad y conexión que me arrastraba hacia él, incluso cuando él mantenía su distancia.

H e r . | Tsukishima KeiDonde viven las historias. Descúbrelo ahora