XIV

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Carol:

Al día siguiente, el sonido de una alarma ensordecedora nos sacudió como si hubiéramos sido arrojados al infierno. No teníamos idea de qué estaba ocurriendo, pero todos en el dormitorio comenzaron a revolverse, quejándose y maldiciendo la hora y el destino que nos había arrojado en aquella situación.

—¿Qué es este escándalo? —murmuró Marta, frotándose los ojos mientras se sentaba en la cama, con el cabello revuelto y cara de desconcierto.

—Esto tiene que ser una broma —gimió Ainhoa, tirándose la manta por encima y girándose hacia la pared en un intento de volver a dormir.

Por mi parte, trataba de despejarme, pero mis pensamientos todavía estaban enredados en la fiesta de anoche. El cansancio me pesaba en cada movimiento, y todavía sentía un eco de la música en la cabeza. En medio de la penumbra, vi a Sofía, parpadeando para intentar comprender qué ocurría.

—¿Qué clase de monstruo pone una alarma así a las seis de la mañana en domingo? —refunfuñó, dejando caer su cabeza contra la almohada, derrotada.

Sin embargo, la respuesta llegó en la forma de Mara, quien, con su típica expresión de furia, abrió la puerta del cuarto y entró como un vendaval, dejando claro que no nos quedaba otra opción.

—Arriba, ¡todas! —gritó, fulminándonos con la mirada. Tenía los brazos cruzados y el pie golpeando el suelo con impaciencia—. Quiero verlas en el pabellón en cinco minutos.

Intenté protestar, pero su mirada fue suficiente para hacerme callar. Todas nos arrastramos fuera de la cama, algunas con pasos tambaleantes, otras murmurando palabras ininteligibles. Nos pusimos el chándal verde, el uniforme obligatorio de los domingos. El pantalón verde oscuro, la camiseta blanca y la chaqueta a juego parecían más una trampa que una prenda cómoda esa mañana.

Mientras avanzábamos por los pasillos en silencio, aún medio dormidas, comenzamos a encontrarnos con el resto de los compañeros. Algunos tenían la cara de haber dormido apenas unas horas y todos arrastraban los pies con el mismo desánimo. Vicky iba lanzando quejas a diestra y siniestra, claramente molesta por el madrugón.

—¿A qué demonios viene esto? —mascullaba, mirando con odio la fila de alumnos.

—¿Crees que yo lo sé? —le respondí, bostezando mientras trataba de no dormirme de pie—. Seguro algún idiota se metió en problemas y ahora todos vamos a pagar el pato.

Al llegar al pabellón, la escena era igual de deprimente. Todos los estudiantes de primero y segundo de bachillerato estaban alineados en silencio, mirando de reojo a Mara, que se paseaba frente a nosotros como una comandante militar. La expresión de furia en su rostro nos hizo tragar saliva; algo grave había pasado, y sospechábamos que alguien pagaría por ello.

Mara no tardó en hacerse oír.

—Bien, escuchen todos, —empezó, con una voz que retumbaba en las paredes—. Espero que disfruten el madrugón, porque esta será una larga mañana.

The Torres Boarding SchoolDonde viven las historias. Descúbrelo ahora