XVII

6 2 0
                                        

Carol:

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.


Carol:

—Alfredo... —mi voz tembló al pronunciar su nombre—. No sé si esto tiene sentido, si lo vas a escuchar, si estás... —Me detuve, apretando los ojos con fuerza. No podía decir "muerto". No podía ni pensarlo. —Vi algo hoy. No sé si estoy loca, pero te vi. Vi cosas que no entiendo... y siento que me estoy hundiendo. No sé qué hacer.

Mi voz se quebró al final. Me quedé en silencio unos segundos antes de enviar la nota, sabiendo que nunca habría respuesta, pero necesitaba decirlo. Tal vez era mi forma de gritarle al vacío, de buscar algo, aunque fuera una mentira para sostenerme.

Justo cuando terminé, la puerta del dormitorio se abrió de golpe, y Vicky entró con el rostro lleno de preocupación y algo de enfado.

—¿Qué coño está pasando, Carol? —dijo, cerrando la puerta tras de sí y cruzándose de brazos. Sus ojos me escaneaban, buscando una respuesta. —¿Por qué saliste así de clase? Luisa está preocupada, los demás están preocupados, hasta Apolo parecía... ¿Y tú aquí, encerrada, mandando mensajes? ¿Qué pasa contigo?

No podía mirarla a los ojos. Guardé el móvil en mi mochila y me crucé de brazos, como si pudiera protegerme de su interrogatorio. Sabía que ella no iba a dejarlo pasar, pero no podía contarle lo que estaba pasando. No podía arrastrarla a este caos.

—Nada —murmuré, desviando la mirada.

Eso solo pareció enfurecerla más. Dio un paso hacia mí, cruzándose de brazos, como si estuviera intentando contenerse.

—Nada, ¿en serio? —replicó, su voz elevándose—. ¡Dejaste a todos desconcertados en clase! Estabas llorando, gritando, ¡y luego sales corriendo como una loca! ¿Y ahora me dices que no pasa nada? ¡Joder, Carol, somos tus amigos!

—¡No es tu problema! —le respondí, mi voz cortante.

Vi cómo su rostro se endurecía. Sabía que estaba cruzando una línea, pero no podía detenerme. No quería su compasión ni su lástima.

—¡Claro que es mi problema! —gritó, dando otro paso hacia mí—. ¡Eres mi amiga, joder! ¿O eso ya no significa nada para ti?

—¡No necesito tu ayuda, Vicky! ¡No necesito nada de nadie! —grité, sintiendo cómo la rabia comenzaba a superar a la tristeza.

—¿Ah, no? —espetó, sus ojos ardiendo de indignación—. Pues te está yendo de puta madre sola, ¿eh? ¡Mírate! No sé qué mierda te pasa, pero lo que sea te está destruyendo, y en vez de pedir ayuda, te encierras aquí a hacer... ¡lo que sea que estés haciendo!

No podía soportarlo más. Su voz era como un martilleo constante en mi cabeza, haciéndome sentir más pequeña con cada palabra.

—¡Vete a la mierda, Vicky! —grité, mi voz temblando de rabia—. ¡No tienes ni puta idea de lo que estoy pasando, así que mejor cállate!

The Torres Boarding SchoolDonde viven las historias. Descúbrelo ahora