Carolina, una niña de 16 años que entra en un internado junto a su pequeña sobrina, la hija de su prima mayor, por varios temas fue que se tuvieron que ir a el internado Torres para estar mas seguros, pero al parecer no todo fue como creían, en el i...
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Carol:
El día comenzó como cualquier otro en el internado, pero terminó transformándose en una de las experiencias más perturbadoras de nuestras vidas. A pesar de que ya llevábamos un mes allí, la rutina seguía siendo extraña para mí. Entrar en un internado no fue una decisión que tomé a la ligera, pero, de alguna manera, me estaba adaptando a este nuevo ambiente, aunque todavía tenía momentos en los que deseaba volver a casa. Era el 1 de octubre, un martes nublado y frío, y aunque la rutina diaria ya se había vuelto algo habitual, las cosas habían cambiado más de lo que habríamos imaginado en tan poco tiempo.
Al llegar al internado, todo parecía un caos. Los chicos populares, como Apolo, Ares, Zeus y Ángel, se creían dueños del lugar, molestándonos a todas horas. Pero con el tiempo, dejaron de prestarnos atención. Después de las primeras semanas, parecía que nuestra presencia les resultaba indiferente. Al menos, esa parte del internado se había vuelto más tranquila. La pequeña Anna, por otro lado, había florecido de una manera impresionante. De ser una chica tímida y reservada, se había ganado el cariño de todos. La gente la buscaba, y siempre estaba rodeada de amigos. Mientras tanto, Vicky, Mike y yo compartíamos casi todas las clases y siempre nos sentábamos juntos. De alguna manera, habíamos creado un pequeño refugio entre nosotros en medio de un lugar que, a veces, podía parecer opresivo.
Sin embargo, mi relación con el internado no era completamente idílica. Lo que realmente me preocupaba era que no había podido contactar a mi familia desde que llegué. Un mes sin hablar con ellos, sin recibir una sola carta o una llamada, era algo que no podía quitarme de la cabeza. Al principio pensé que podría deberse a las estrictas normas del lugar o a algún problema con las comunicaciones, pero después de tanto tiempo, la inquietud crecía cada día. Intentaba no pensar en eso, pero había momentos en los que el miedo de que algo estuviera mal en casa se hacía insoportable.
Ese martes en particular, como todos los martes, teníamos entrenamiento de baloncesto. Era algo que realmente disfrutaba, no solo porque me encantaba el deporte, sino porque me daba un respiro de todas las preocupaciones que rondaban mi mente. El pabellón deportivo estaba a un corto paseo desde los edificios principales del internado, y cuando las clases terminaron a las cinco, Vicky y yo nos dirigimos hacia allí, lista para dos horas de entrenamiento intenso.
—¿Lista para machacarte en la cancha hoy? —me dijo Vicky con una sonrisa mientras caminábamos bajo las nubes grises que cubrían el cielo.
—Lo dudo mucho, hoy estoy demasiado distraída —le respondí, intentando sonreír, pero mi cabeza seguía dándole vueltas a la falta de noticias de mi familia.
Vicky me dio un pequeño empujón en el hombro, tratando de animarme.
—Vamos, no pienses tanto. Seguro que todo está bien en casa. Es solo un problema con las comunicaciones, ya verás.