XVIII

6 2 0
                                        

Amelia:

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.


Amelia:

El hospital era un lugar frío, como un abismo al que uno entra sabiendo que puede no salir igual. Las paredes blancas, las luces fluorescentes, y el aroma a desinfectante me envolvían mientras miraba sin ver la revista que tenía en las manos. Mis dedos temblaban al pasar las páginas, pero no leía nada. Mi mente estaba atrapada en un torbellino de recuerdos, preocupación y un dolor anticipado que no quería aceptar.

Mis hermanos, Fernando y Hugo, estaban a mi lado, en silencio. Fernando mantenía las manos entrelazadas sobre las rodillas, con los ojos clavados en el suelo. Parecía una estatua, inmóvil, pero sabía que por dentro estaba luchando con sus propios demonios. Hugo, en cambio, no podía dejar de moverse. Se frotaba las manos, miraba alrededor, respiraba profundamente como si intentara calmarse, pero nada funcionaba. Yo misma sentía que mi cuerpo era un desastre. Las piernas me temblaban, las manos estaban frías como el hielo, y el corazón me latía tan rápido que parecía que iba a romperse.

Emilio, mi esposo, estaba a mi derecha. Me sostenía la mano, intentando transmitirme tranquilidad, aunque yo podía sentir su tensión. Él también estaba preocupado, aunque trataba de ocultarlo por mi bien. Su mirada, seria y protectora, era la única cosa que me mantenía conectada a la realidad.

—¿Crees que ya habrán terminado? —pregunté en voz baja, rompiendo el silencio por primera vez en lo que parecían horas.

—No lo sé —respondió Emilio, apretando ligeramente mi mano—. Pero sea lo que sea, estamos aquí contigo.

Asentí, aunque no me sentía más tranquila. Cerré los ojos por un momento, intentando recordar la última vez que había hablado con mi madre. Había sido hace una semana, por teléfono. Estaba tan alegre como siempre, hablando sobre las flores de su jardín y las galletas que había preparado para Hugo y Fernando. Era imposible pensar que ahora estaba aquí, en este hospital, luchando por su vida.

De repente, la puerta al final del pasillo se abrió, y una doctora salió. Nos pusimos de pie al instante, como si un resorte nos hubiera levantado. Mi corazón latía tan rápido que sentía que iba a explotar. La doctora, una mujer joven con el rostro serio, se acercó lentamente. Podía ver en sus ojos que traía malas noticias.

—¿Familiares de Rosa Montenegro Ríos? —preguntó, con un tono profesional pero cargado de compasión.

—Sí, somos nosotros —respondí rápidamente, aunque mi voz sonó más débil de lo que esperaba.

La doctora suspiró, y en ese momento supe que todo estaba perdido. Dos palabras fueron suficientes para destruirnos.

—Lo siento.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Mis piernas cedieron, y caí al suelo de rodillas. Fernando intentó sujetarme, pero yo ya estaba llorando desconsoladamente. Emilio se agachó a mi lado, rodeándome con sus brazos, mientras mi cuerpo temblaba incontrolablemente. Era un dolor que no podía describirse con palabras, como si una parte de mí hubiera sido arrancada brutalmente.

The Torres Boarding SchoolDonde viven las historias. Descúbrelo ahora