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 Carol:

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Carol:

El día comenzó con una sensación de calma extraña, como si fuera una fachada que escondía algo que estaba a punto de romperse. Vicky estaba esperando afuera de mi cuarto, como de costumbre. Siempre lo hacía, pero ese día parecía más inquieta. Sus ojos brillaban con preguntas que aún no se atrevía a formular. Caminamos juntas hacia el comedor, y en el silencio de las escaleras, finalmente habló:

—¿Cómo se lo tomó la pequeña? —preguntó en voz baja.

Sabía que se refería a Anna, y el solo recordarlo hizo que mi pecho se apretara. Suspiré, intentando controlar la emoción.

—Le costó mucho... —admití, sintiendo que mi voz temblaba ligeramente—. Traté de explicárselo de la manera más sencilla, pero verla llorar... —me detuve, incapaz de continuar por un momento—. Ella apenas entiende lo que significa que la abuela ya no esté. Me pidió que la trajera de vuelta, Vicky. ¿Cómo le explicas a alguien tan pequeño que hay cosas que ni yo puedo cambiar?

Vicky asintió, y sin decir nada, me dio un apretón en el brazo. Era un gesto pequeño, pero me ancló a la realidad. Estaba agradecida por ella y por el grupo en general. En momentos como ese, sabía que no podía enfrentar todo sola.

Cuando llegamos al comedor, las conversaciones y risas ya llenaban el ambiente. Los demás estaban en sus lugares habituales, charlando como si todo estuviera bien. Me senté junto a Isaac, quien me dio un saludo tranquilo con un gesto de la cabeza. Intenté comer, pero el nudo en mi estómago hacía que cada bocado fuera un desafío.

De repente, Mateo y Luna entraron de la mano, con una energía tan contagiosa que la atención de todos se centró en ellos. Ambos sonreían, y sus miradas brillaban con complicidad. Luna fue la primera en hablar:

—¡Chicos! Tenemos algo que contarles —dijo con entusiasmo, mientras apretaba la mano de Mateo—. Ayer, Mateo me pidió que fuéramos novios… ¡y dije que sí!

El comedor estalló en aplausos y felicitaciones. Algunos, como Mike, aprovecharon para hacer bromas, mientras que otros simplemente sonreían. Yo me uní al ambiente, felicitándolos con una sonrisa, pero por dentro, sentía que estaba en un lugar completamente diferente al resto. Su felicidad contrastaba tanto con mi estado mental que no podía evitar sentirme desconectada.

Las clases comenzaron después del desayuno, pero la sensación de normalidad se desmoronó rápidamente. Cuando entramos al aula de economía, no estaba Fran, nuestro profesor habitual. En su lugar, Rocío, la profesora de latín, estaba sentada frente a su tablet. Todos nos miramos, extrañados, hasta que Mike, como siempre, no pudo contenerse.

—¿Dónde está Fran? —preguntó directamente.

Rocío levantó la vista brevemente, con una expresión imperturbable.

—Surgieron asuntos personales —respondió con indiferencia, antes de volver a concentrarse en la pantalla.

Algo estaba mal. Fran nunca faltaba. Era un hombre meticuloso, casi obsesivo con su trabajo. Esta ausencia sin explicación era completamente fuera de lugar.

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⏰ Última actualización: Dec 31, 2024 ⏰

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