Carolina, una niña de 16 años que entra en un internado junto a su pequeña sobrina, la hija de su prima mayor, por varios temas fue que se tuvieron que ir a el internado Torres para estar mas seguros, pero al parecer no todo fue como creían, en el i...
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Carol:
Estaba todo oscuro, una negrura que parecía envolverme y oprimirme, como si intentara tragarse todos mis pensamientos, mis recuerdos, mi esencia. Sentía una especie de vacío, ese tipo de silencio que no es paz, sino algo inquietante. Me encontraba de pie en un lugar indefinido, y, de pronto, una luz empezó a brillar en la distancia, como un destello débil pero insistente. Me sentía atraída hacia ella, como si en ese resplandor estuviera la clave de algo importante, algo que necesitaba recordar.
Sin darme cuenta, mis pies se movieron en dirección a esa luz, y a medida que me acercaba, las sombras comenzaron a desvanecerse, y una escena se materializó delante de mí.
Mis padres estaban ahí, en una habitación desconocida, pero sus rostros estaban llenos de emociones tan familiares y dolorosas que sentí un nudo en el pecho. Frente a ellos estaba él. Su figura estaba marcada en mi memoria, en las historias que apenas escuchaba cuando era pequeña, y en los fragmentos de recuerdos que guardaba en un rincón de mi mente. Era parte de nuestra familia, pero ahora entendía que su conexión con nosotros iba mucho más allá.
La conversación que escuché era intensa, cargada de tristeza y de decisiones que parecían pesar sobre todos ellos. Mis padres estaban angustiados, especialmente mi madre, quien parecía al borde de las lágrimas mientras intentaba convencerlo de que no lo hiciera, de que había alguna forma de evitarlo.
—Por favor, no te vayas —le suplicó mi madre, Amelia, en un tono desgarrador, como si sus palabras pudieran ser suficientes para detener lo inevitable. —Debe haber otra opción. No tienes que desaparecer, no así… no tienes que dejarnos.
Él la miraba con una expresión de dolor que reflejaba cuánto le importaba, cuánto deseaba quedarse. Pero su voz sonaba decidida, segura, como si ya hubiera tomado una decisión que nadie podría cambiar.
—Amelia… sabes que no hay otra manera —dijo en un susurro cargado de determinación. —Esto es lo mejor para todos ustedes, para ti, para Emilio, para los niños…
Mi padre, Emilio, permanecía en silencio, como si hubiera aceptado ya la realidad de esa decisión. Sabía que no había otra alternativa y, aunque su expresión reflejaba el mismo dolor y el mismo deseo de detenerlo, parecía entender que esto era necesario, y que cualquier intento de impedirlo sería inútil.
Mi madre, sin embargo, no se resignaba. Se acercó a él, tomando sus manos entre las suyas, intentando aferrarse a cualquier pequeña posibilidad de que cambiara de opinión.
—No… no tienes que hacerlo. Esto no es justo —susurraba, con los ojos llenos de lágrimas. —No debí haberte involucrado en todo esto, no debí permitir que llegaras tan lejos.
Pero él la detuvo con una mirada firme, y una leve sonrisa apareció en sus labios, aunque cargada de melancolía.
—Tú no eres la causa de nada, Amelia. Esto es algo que viene de mucho antes de conocerte. No podría simplemente desaparecer de sus vidas si no creyera que es necesario. Ellos estarán mejor sin mí… tú estarás mejor sin mí.