XIX

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Carol:

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Carol:

Los días que siguieron a la discusión con Vicky fueron como un eco vacío, un espacio entre dos mundos que ya no se sentían conectados. Aunque tratábamos de mantener las apariencias en los almuerzos y las clases, había algo en el aire, una barrera invisible que ni siquiera el ruido de las conversaciones podía romper. A pesar de estar todos sentados juntos en la misma mesa de siempre Vicky empezó a sentarse con Julia y Emma, su risa resonando de manera distante, como si viniera de un lugar lejano. Yo, por otro lado, me encontraba rodeada de Isaac, Luna y Mateo, quienes trataban de mantener el ambiente ligero con sus bromas, pero ni sus risas ni sus comentarios lograban alejar el dolor que me seguía como una sombra.

Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, la incomodidad era palpable. A veces nuestros ojos se encontraban fugazmente, y enseguida desviábamos la mirada, como si ambos estuviéramos buscando la salida de una conversación que nunca llegaba a empezar. El vacío entre nosotras crecía con cada día que pasaba. Por las noches, cuando el silencio se hacía más pesado, me encontraba reviviendo nuestra pelea una y otra vez, buscando el momento exacto en el que todo se rompió. A veces pensaba que había sido mi culpa; en otras, me convencía de que ambas habíamos cometido errores. Pero ninguna de esas reflexiones parecía ofrecerme consuelo, ni respuestas.

Esa mañana, durante la clase de análisis literario, sentí que mi mente se desconectaba del mundo que me rodeaba. La profesora hablaba sin cesar sobre algún autor o técnica literaria, pero mis pensamientos no podían concentrarse en sus palabras. Estaba absorta en el movimiento de mi lápiz sobre la libreta, haciendo garabatos inconexos que reflejaban el caos de mi mente. No tenía idea de lo que se discutía en clase ni me importaba. Todo a mi alrededor había perdido color y significado.

De repente, el sonido del megáfono cortó el silencio de la clase, como una alarma que me arrancaba de mis pensamientos.

—Carolina Celavetti Herrera, acuda al despacho de la directora.

Las palabras se colaron en mi mente, y el aula se sumió en un silencio pesado. Todos los ojos se volvieron hacia mí, como si un reflector invisible me iluminara. Sentí cómo el calor subía a mis mejillas, mi cuerpo tenso y la sensación de incomodidad se apoderaba de mí mientras recogía mis cosas. Cada movimiento parecía amplificado en la quietud del aula: el cierre de mi libreta, el crujido de mi silla al levantarme. Caminé hacia la puerta, sintiendo el peso de las miradas que me seguían como un manto invisible.

El camino hacia el despacho de la directora fue interminable, los pasillos parecían alargarse a medida que caminaba. El eco de mis pasos resonaba en el suelo, y el aire frío hacía que mi piel se erizara.

Con una sensación de aprensión en el estómago, golpeé suavemente la puerta.

—Adelante —dijo una voz desde dentro, clara pero tranquila.

Entré lentamente, buscando su mirada. La directora estaba sentada tras su escritorio, la postura firme pero su rostro mostraba una dulzura que me hizo sospechar que lo que venía a decirme no era bueno. Me indicó que me sentara, y lo hice, intentando controlar el nudo en mi garganta que no dejaba de crecer.

The Torres Boarding SchoolDonde viven las historias. Descúbrelo ahora