Capitulo 58

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La carretera frente a mí era una línea borrosa, un camino que no llevaba a ningún lado, pero yo seguía acelerando como si de esa velocidad dependiera mi supervivencia.

El viento golpeaba mi rostro, arrugando mi piel y mis pensamientos. No tenía idea de a dónde iba, no pensaba en nada más que en el vacío que me había dejado la última discusión.

Cada palabra que él me había dicho seguía retumbando en mi cabeza como si fueran gritos, y aunque intentaba desconectarme, no podía. Mis manos apretaban el volante, mi respiración era agitada, y el único sonido que acompañaba mi viaje era el rugido del motor y el latir frenético de mi pecho.

Estaba tan perdida en mis pensamientos que ni siquiera noté cuando llegué a mi casa. Como si algo dentro de mí, tal vez el mismo impulso que me había impulsado a huir de todo, me hubiera traído de vuelta.

Frené de golpe, el coche se detuvo frente a la entrada, y durante un momento me quedé allí, mirando la puerta como si fuera un portal hacia algo que no sabía si quería enfrentar.

No me moví, no podía, mis piernas no respondían.

Fue entonces cuando escuché algo que me hizo darme cuenta de lo que estaba pasando.

Pasos apresurados.

Alguien.

Cuando miré hacia la ventana, lo vi. Él. Lyanno, acercándose a la puerta con una mirada intensa, casi frenética, como si no pudiera dejarme ir.

No me lo esperaba, y mucho menos de esa forma. Él me había seguido. Yo sabía que no tenía que abrir, que debía ignorarlo, pero la ansiedad me consumía, y algo dentro de mí, tal vez una mezcla de impotencia y curiosidad, me hizo caminar hacia la entrada.

Antes de que pudiera siquiera tocar el picaporte, escuché cómo empujaba la puerta con fuerza. No me dio tiempo a reaccionar. Estaba dentro, en mi casa, en mi espacio, como si fuera su derecho, como si mi alma rota fuera algo que pudiera reclamar.

La expresión en su rostro era de enojo y preocupación, y aunque intenté mantenerme firme, la combinación de todo lo que sentía —la ira, la tristeza, la frustración— hizo que las palabras me salieran atropelladas.

—¿Por qué has venido? —le pregunté, la voz quebrada, casi ahogada por las lágrimas que no quería que salieran.

Él no respondió inmediatamente. Se quedó allí, mirándome como si intentara entenderme, como si mi dolor fuera algo que pudiera arreglar. Pero yo sabía que ya no quedaba nada por arreglar.

Mi alma se había desgarrado en mil pedazos esa tarde, y sus palabras, sus intentos de reconciliación, ya no tenían sentido para mí. Sin embargo, algo en su presencia, esa constante lucha por no soltarme, me mantenía ahí, atrapada entre el amor que alguna vez sentí por él y la rabia por lo que habíamos dejado de ser.

De repente, sentí su mano en mi brazo. Un toque que, en otro momento, me habría reconfortado, pero ahora solo me parecía una invasión. Me aparté rápidamente.

—Déjame —le dije, con la voz firme, aunque mi cuerpo no dejaba de temblar.

No estaba segura de lo que quería de él en ese momento. No sabía si quería que se fuera, si quería gritarle o simplemente que desapareciera para siempre.

La confusión me carcomía, pero algo dentro de mí sabía que no podía seguir así, atrapada entre lo que fue y lo que ya no era.

Sentí su agarre en mis brazos con tal fuerza que me dolió. No me dejaba mover, y mientras sus palabras se repetían una y otra vez, algo dentro de mí se iba quebrando.

Entre nosotros || Lyanno Donde viven las historias. Descúbrelo ahora