Después de que Gabriela, mi mejor amiga, me confesara que se había acostado con mi ex, Lyanno, me sentí como si el suelo se abriera debajo de mí.
Todo lo que creía saber, todo lo que pensaba que era verdad, se desmoronó de golpe.
En ese momento, el dolor me envolvió como una manta pesada, ahogándome en un abismo de desesperación y traición.
Lo que sentía no era solo el dolor de la pérdida de Lyanno, era también el desgarro por la traición de alguien a quien había considerado mi hermana, alguien con quien había compartido todo.
Era un dolor tan profundo que me fue imposible racionalizarlo, mucho menos entenderlo.
Los días siguientes fueron un caos de emociones encontradas, pero lo único que sabía con certeza era que ya no tenía control sobre nada.
Estaba completamente perdida, hundida en una depresión que no me dejaba respirar.
Estaba tratando de huir de mis demonios internos, de todo lo que me perseguía, de lo que me había dejado marcado.
Ya no me importaba nada, ni las promesas que me había hecho a mí misma de que iba a cambiar, de que me iba a enfocar en mi bienestar, de que todo esto era solo un mal capítulo que terminaría pronto.
Nada de eso tenía sentido en ese momento. Estaba furiosa, triste, desbordada por la ira y la impotencia.
Solo quería gritar, golpear, destruir.
Esa noche, después de un día entero dando vueltas en mi cabeza, después de tratar de calmarme sin conseguirlo, decidí que lo único que quería era enfrentarlo, a él, a Lyanno.
Tenía que verlo, tenía que descargar toda esa rabia contenida, toda esa furia que me hervía por dentro.
No me importaba nada más.
El odio que sentía por él, por lo que me había hecho, había crecido exponencialmente al descubrir que había estado con Gabriela.
¿Cómo pudo? Me preguntaba una y otra vez. ¿Cómo pudo hacerme esto a mí, y con ella?
Fui hasta su casa sin pensarlo. En ese momento, no había lógica ni razón en mis acciones.
Estaba cegada por el dolor y la furia.
Cuando llegué, no me di cuenta de lo mucho que mi corazón estaba roto, de lo mucho que estaba arrasada por dentro.
Solo sentía rabia, una rabia tan grande que no sabía cómo canalizarla.
Toqué el timbre con desesperación, y cuando me abrió, no pude evitarlo: comencé a gritarle.
- ¿Cómo pudiste, Lyanno? ¿Cómo pudiste hacerme esto? - mi voz salió rasgada, cargada de veneno, de todas las heridas que no sabía cómo cerrar -
Él, como siempre, trató de excusarse, de justificar lo que había hecho.
- Lo hice por ti, para que te dieras cuenta de lo que realmente es Gabriela. Para que veas cómo es en realidad.
Sus palabras me hicieron hervir la sangre.
¿De verdad pensaba que esa era una excusa válida?
¿Que me iba a consolar pensar que lo hizo para "abrirme los ojos" sobre Gabriela?
Me sentí aún más humillada, más herida.
La rabia me consumió aún más, y no pude evitarlo: exploté.
Él trató de calmarme, de decirme que todo estaba bien, que no era para tanto, pero no entendía.
No podía entender lo que sentía. Y lo peor de todo es que yo tampoco podía pensar con claridad.
