Capitulo 53

180 10 0
                                        

Desde aquel encuentro en la discoteca, habían transcurrido varias semanas sin que tuviera noticias de Lyanno.

No sabía nada sobre él, salvo algunos mensajes dispersos y sin mucha relevancia que, ocasionalmente, me enviaba.

Lo que originalmente había sido planeado como unas vacaciones de tan solo una semana en Estados Unidos junto a Gabriela terminó extendiéndose a casi 15 días, casi la mitad de un mes.

Al principio, pensaba que sería solo un pequeño descanso, pero con el paso de los días, se convirtió en una verdadera oportunidad para alejarme de todo.

Durante ese tiempo, junto a mi amiga, me sumergí en un entorno diferente, tratando de desconectarme por completo de todo lo relacionado con Lyanno y Jefnier.

Intenté dejar atrás las preocupaciones, las conversaciones y, sobre todo, las emociones que había estado arrastrando durante tanto tiempo.

Fue un proceso de introspección, donde me di cuenta de muchas cosas, de las cuales antes no era tan consciente.

Recapacité profundamente sobre las decisiones que había tomado, sobre lo que realmente quería y necesitaba en mi vida.

Este tiempo en Estados Unidos no solo fue un escape físico, sino también una especie de limpieza mental que me permitió reevaluar mis prioridades y pensar en lo que realmente me hacía bien.

Al llegar a Puerto Rico, mi país natal, sentí una mezcla de emociones que no pude evitar. El avión comenzó a descender y, a medida que se acercaba a la pista, una sensación de familiaridad invadió todo mi ser.

Nada más poner un pie en tierra, la brisa cálida y fresca de la isla me envolvió, y en ese momento, sentí como si un peso se levantara de mi pecho. Era como si el aire mismo estuviera diciéndome que ya era hora de volver a mis raíces, de recuperar mi paz interior.

El alivio que experimenté fue tan profundo que me hizo recordar por qué siempre había amado regresar a casa. Este regreso, sin embargo, no solo tenía que ver con el lugar en sí, sino con algo más personal, algo mucho más transformador.

Había llegado a un punto en mi vida en el que sabía que necesitaba hacer un cambio, y este regreso a Puerto Rico se convirtió en el catalizador de una nueva etapa.

Mi mente estaba completamente decidida. Era el momento perfecto para comenzar desde cero, para reiniciar mi vida y tomar el control de mi destino. Quería dejar atrás los lastres que me habían estado pesando durante tanto tiempo.

La idea de comenzar un "nuevo yo" se volvió más clara con cada paso que daba sobre el suelo boricua. Tenía la firme intención de cambiar mi rutina diaria, de empezar a priorizarme y a concentrarme en mi bienestar emocional y mental.

Había comprendido que el único modo de avanzar era darle espacio a mi propia felicidad, sin dejarme llevar por las circunstancias o por las expectativas ajenas. Estaba lista para reinventarme, para enfocarme en lo que realmente importaba: mi paz, mi crecimiento y mi felicidad.

Finalmente, después de un largo y ajetreado viaje, llegué a mi casa. Era un alivio enorme estar de vuelta, rodeada por la familiaridad de mi espacio. Comencé a desempacar lentamente, como si el simple acto de organizar mis pertenencias fuera una forma de ordenar también mis pensamientos.

La brisa que entraba por la ventana me tranquilizaba mientras iba poniendo cada cosa en su lugar. En medio de esta rutina, sentí vibrar mi iPhone, y al mirar la pantalla, vi que era un mensaje de Gabriela.

No dudé ni un segundo en contestarle; ella estaba tan pendiente de mí como siempre.

Me preguntaba si había llegado bien, cómo me sentía después de todo lo vivido.

Le respondí rápidamente, contándole que ya estaba en casa y que, a pesar de lo agotada que me sentía, había algo reconfortante en estar en un lugar conocido, rodeada de tranquilidad. Sabía que no podía dejar de ponerme al día con ella, pero necesitaba también un poco de tiempo para poner mi mente en orden.

Al poco rato, volví a sumergirme en la tarea de ordenar y organizar. Sin embargo, no podía evitar pensar en todo lo que había dejado atrás.

Pensé en lo que había sido ese año trabajando como asistente personal, o más bien, como una especie de cuidadora o niñera de alguien que, aunque adulto, se comportaba como un adolescente inmaduro.

El trabajo no había sido nada fácil, y aunque había aprendido muchas cosas, también me había dejado un sabor amargo en la boca. A pesar de todo, recibí una liquidación decente al final de mi contrato.

Si bien no era una cifra que me hiciera sentir rica, era lo suficientemente buena como para darme un respiro y la oportunidad de empezar algo nuevo, algo diferente.

Este dinero me permitiría dar los primeros pasos hacia una nueva etapa de mi vida. Podría enfocarme en proyectos personales, en mí misma, y finalmente dejar atrás una etapa que me había drenado emocional y mentalmente.

Aunque la liquidación no era lo que realmente me llenaba, me daba una sensación de cierre, como si todo ese tiempo de sacrificio y desgaste tuviera, al menos, un pequeño beneficio.

Pero más allá de lo económico, lo que realmente me importaba era lo que venía a continuación: el espacio para reinventarme, para darle un giro a mi vida. Estaba decidida a aprovechar cada oportunidad que se me presentara, sin mirar atrás.

Mientras continuaba con mis tareas en casa, pensaba en todas las posibilidades que se abrían ante mí. La idea de cambiar mi vida, de tomar decisiones más acertadas, comenzaba a sentirse más real.

Ya no quería seguir en la misma rutina que me había tenido atrapada durante tanto tiempo. Sabía que el proceso de transformación no sería fácil ni rápido, pero estaba decidida a hacerlo.

Había llegado el momento de darme el permiso de ser una versión más auténtica de mí misma, de priorizar mi bienestar y de tomar las riendas de mi futuro.

Después de aquello, el tiempo pareció desvanecerse. Las horas pasaron tan rápido que para mí fueron solo unos minutos; todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos, como si mi mente hubiera acelerado el paso de los acontecimientos.

De repente, el sonido del timbre me sacó de mi trance. Exhausta, me levanté y me dirigí hacia la puerta para abrirla, sin saber bien qué esperar.

Y para mi sorpresa, al cruzar el umbral, allí estaba él.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, y una sensación de miedo se apoderó de mí, como si algo oscuro se hubiera instalado en mi pecho.

Entre nosotros || Lyanno Donde viven las historias. Descúbrelo ahora