-Los Monstruos si existen y los más comunes son los que están disfrazados de personas.
Lai Meyer o como todos las conocen "La chica de Bufanda Roja". Es una chica Dulce, amable e inocente que a sufrido mucho en esta vida.
Un día su única y mejor ami...
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Alekseí Ivanov
Los sollozos y los gritos de dolor se esparcían por toda la bodega, mezclándose con el crujir de huesos al romperse.
La bestia dentro de mí reía con cada alarido de sus presas. Esos malditos habían osado tocar a nuestra flor.
La gran Madame colgaba del techo, encadenada de las muñecas. Sus pies apenas rozaban el suelo. El elegante traje que vestía contrastaba con la profunda herida en su mejilla, aún sangrando tras el tajo que le dejé con mi daga.
Moví el cuello de un lado a otro. El otro hombre, el que me entregó el padre de Lai, estaba peor. Su respiración era entrecortada. Una costilla rota había perforado uno de sus pulmones. Agonizaba.
-Están muy callados. ¿No tienen nada que decirme? -Mis dedos deslizaban lentamente por mis instrumentos.
-Así que eres tú quien está destruyendo esta ciudad por esa pequeña perra -masculló ella.
El puño de Derek impactó en su rostro, abriéndole la ceja.
-Cuidado cómo hablas de ella -dije, tomando la daga más pequeña y acercándome a la Madame-. He oído que tienes muchas propiedades de venta. Y que fuiste tú quien ordenó el secuestro de Laila.
Hundí la hoja en su muslo derecho. Ella gruñó, tragándose el grito.
-Era una gran mercancía... joven, hija de federales... pura.
Apreté con más fuerza la empuñadura, con rabia, solo de imaginar que alguien hubiera osado examinar y tocar así a mi flor.
-¿Qué se siente perder todo lo que construiste en una sola noche?-Se notaba la burla en mi voz.
-No lo sé.- Ella levanto su mirada desafiándome-¿Qué se siente saber que la mujer que te interesa ya pasó por otro hombre...?
Le tomé el cabello, obligándola a mirarme.
-Cállate. -Señalé con la cabeza al moribundo-. Los hombres que la secuestraron ya no viven. Solo queda él. Y a Laila no la tocó nadie... de esa forma.
La solté con brusquedad.
-No trates de mentirme.-Gruñí
Hice una seña a Alexander. Trajo una silla y la colocó frente a la mujer. Derek bajó la cadena, y entre ambos la amarraron.
-Pero tú sí la tocaste -dijo ella, sus ojos se abrieron al comprender mis palabras y ver el bate en mis manos.
Derek sujetó una de sus muñecas, atándola al apoyabrazos.
-Podemos llegar a un acuerdo... -empezó a suplicar, pero sus palabras se cortaron con desesperación cuando vio cómo me acercaba.
-¡Volkov la quiere! -gritó de pronto, desesperada-. ¡Él también la busca! ¡Está tan obsesionado como tú!