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El agotamiento comenzaba a consumir cada parte de su ser, no solo físicamente, sino también emocionalmente. Yuki sentía que estaba cayendo en un agujero del que no podía escapar. Había aceptado, o al menos intentaba aceptar, que esta era su nueva realidad: los insultos, los golpes, las órdenes sin sentido, el cansancio extremo, y esa absurda imposición de manejar una empresa que no quería ni entendía. Todo aquello parecía un peso que lo aplastaba cada día más.

Su vida libre, aquella que solía compartir con su papá Checo y Max, se sentía como un recuerdo distante, una ilusión que ahora era imposible de alcanzar. Una semana en esta nueva "vida" había sido suficiente para convertir su mundo en un infierno, y lo peor era que parecía no haber escapatoria.

Estaba en la cocina, buscando algo de alivio en forma de comida. Había terminado con las interminables tareas que le habían asignado, y pensó que al menos podría comer algo antes de que lo mandaran a hacer otra cosa. Sin embargo, cuando abrió la heladera, el apetito se desvaneció de golpe. La vista del interior no le provocaba hambre, sino asco. Tal vez porque comer ya no era un placer, sino una necesidad más que apenas podía satisfacer.

—¿Ya estás por comer? Lo único que haces es comer, mocoso. ¿Te crees que estás en un hotel? —La voz chillona de la nueva pareja de su padre lo sobresaltó, cortando el poco respiro que había intentado darse.

Yuki no respondió. Cerró la puerta del refrigerador con cuidado, bajando la mirada para evitar que aquella persona pudiera ver el dolor reflejado en sus ojos. Pero su silencio no bastó para detenerla.

—Estás gordo, niño. Deja de comer tanto o te vas a poner más feo de lo que ya eres. —El tono despectivo de sus palabras era como un cuchillo que se hundía lentamente en su autoestima.

Las manos de Yuki se cerraron en puños, aunque no con rabia, sino con frustración y tristeza. ¿Por qué tenía que aguantar esas palabras? Apenas había probado bocado en días, su cuerpo estaba debilitado, y aun así lo atacaban con comentarios crueles y sin sentido.

Humillado y sintiéndose cada vez más pequeño, tragó saliva y decidió no responder. Había aprendido que cualquier intento de defenderse solo empeoraría las cosas. En ese momento, se permitió un solo pensamiento que le rompió el alma: ¿Será que realmente merezco esto?

Aquella mujer estaba a punto de soltar otro comentario hiriente cuando el sonido del timbre la interrumpió. Le lanzó una mirada que decía todo: "Yuki debía ir a abrir la puerta", como si fuera su obligación. Sin quejarse, salió de la cocina con pasos pesados, sintiéndose atrapado en una rutina de órdenes y desdén.

Abrió la puerta con pereza, pero lo que vio lo dejó sin palabras.

—¡Oh, por Dios...! —murmuró la señora Kobayashi al verlo. Su expresión pasó de sorpresa a preocupación en cuestión de segundos. Observó a su nieto de pies a cabeza, notando el cambio evidente en su aspecto: su piel, aún más pálida de lo habitual, grandes ojeras bajo los ojos, su delgadez extrema, y aquellos moretones que apenas lograba ocultar con la ropa. Su mano temblorosa se posó sobre la mejilla de Yuki, examinándolo con cuidado y tristeza.
—Yuki, cielo... ¿qué te ha hecho tu padre? —preguntó en un susurro cargado de angustia.

Yuki no dijo nada. Bajó la mirada, incapaz de sostener la de su abuela, sintiéndose avergonzado y pequeño.

—¿Quién es? ¿Por qué demonios tardas tanto? —La voz de Kamui resonó desde el pasillo. Pronto apareció detrás de su hijo, deteniéndose abruptamente al ver quién estaba en la puerta. Su postura se tensó al instante.
—¿Mamá? —preguntó, incrédulo. Intentó ocultar su sorpresa con un tono severo—. ¿Qué haces aquí? Tengo que ir a la empresa. No tengo tiempo para hablar contigo.

La señora Kobayashi no se inmutó. Dio un paso adelante, tomando la mano de Yuki con firmeza mientras su mirada se clavaba en su hijo.
—Tu padre se encargará de la empresa hoy, Kobayashi —dijo con un tono que no admitía discusión. Cerró la puerta tras ella mientras guiaba a Yuki al interior de la casa, dejando a Kamui bloqueado en el umbral.

Kamui frunció el ceño, desconcertado por su autoridad, pero antes de que pudiera decir algo, su madre alzó una mano, exigiendo silencio.
—Quiero hablar seriamente contigo, Kamui. —Su voz, aunque controlada, destilaba rabia contenida—. Yo no te crié de mala manera. Te dimos absolutamente todo, te apoyamos en cada decisión, incluso cuando no estábamos de acuerdo. Pero eso no te da derecho a hacer lo que quieras. ¡Y mucho menos con mi nieto!

Kamui intentó abrir la boca para defenderse, pero su madre lo interrumpió con una mirada que habría hecho retroceder a cualquiera.
—Míralo, Kamui. ¡Mira lo que has hecho! —Señaló a Yuki, que seguía cabizbajo, con las manos apretadas contra su cuerpo, como si quisiera desaparecer—. Esto no es crianza, esto es abuso. ¿Crees que voy a quedarme de brazos cruzados viendo cómo destruyes la vida de mi nieto? ¡Por supuesto que no!

El silencio que siguió fue atronador. Kamui apretó los dientes, sin saber cómo reaccionar, mientras su madre mantenía la postura, firme como un muro inamovible.

—¡Lo estoy preparando para el mundo adulto y para cuando tenga que llevar la empresa bajo su cargo! —se excusó Kamui con evidente molestia, alzando la voz. Su mirada era dura, pero también delataba incomodidad ante el enfrentamiento con su madre—. No lo estoy maltratando. Además, él aceptó.

La señora Kobayashi soltó una risa breve, amarga, que dejó a su hijo paralizado por un momento.

—¡Lo obligaste! —espetó con firmeza, dando un paso hacia él mientras su tono subía apenas lo necesario para expresar su indignación—. No soy tonta, Kamui. Soy tu madre. Yo te crié y conozco todas tus actitudes, incluso las que intentas esconder. —Su mirada era como un cuchillo afilado, cortante y llena de autoridad—. No voy a permitir que Yuki siga bajo tu cuidado. Él se va conmigo.

Kamui apretó los puños, su rostro endureciéndose por la tensión.
—No puedes decidir eso, mamá. Yuki es mi hijo. Tú no tienes derecho a intervenir en cómo lo educo.

—¿No? —La señora Kobayashi alzó una ceja, su voz cargada de desafío—. ¿Crees que educar es explotarlo, someterlo a insultos y privarlo de su infancia? ¿Crees que "prepararlo para el mundo adulto" significa llenarlo de miedo y golpearlo? —Señaló los moretones en el rostro del menor,  que seguía inmóvil, como si quisiera desaparecer—. Esto no es crianza, Kamui. Es abuso. Y si no puedes ver eso, entonces no tienes derecho a ser su padre.

Kamui abrió la boca para responder, pero su madre no le dio oportunidad.
—Te lo advierto, hijo. Si sigues insistiendo en mantener a Yuki contigo, no dudaré en involucrar a las autoridades. Porque lo que estás haciendo no solo está mal, sino que es ilegal.

Kamui se quedó mudo por un instante, el impacto de las palabras de su madre dejando una grieta en su fachada arrogante.

—Vamos, Yuki. —La señora Kobayashi extendió la mano hacia su nieto, su tono más suave al dirigirse a él. Yuki dudó un segundo antes de tomarla con timidez.

—Esto no ha terminado, mamá —gruñó Kamui, aunque sin la misma fuerza de antes.

—No, Kamui. Para ti, esto apenas comienza —respondió ella con frialdad antes de girarse y guiar a Yuki hacia la puerta.

¡Yuki!Donde viven las historias. Descúbrelo ahora