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—¿Y papá? —pregunté, rompiendo el silencio tenso que se había instalado en el ambiente—. Creí que iba a estar aquí. Dijiste que me estaban buscando...

Miré a Max, pero su rostro reflejaba confusión. ¿Dónde estaba Sergio? La última vez que habló con él, el mexicano le había pedido a Max que me buscara mientras él se quedaba esperándonos, pero ahora no estaba por ningún lado. Max dio unos pasos, mirando a su alrededor, como si esperara encontrarlo escondido, quizás planeando alguna broma tonta. Pero no, Checo no estaba.

—Quizás fue al baño —murmuró, aunque su tono delataba duda—. Esperemos un poco. Así después podemos ir a comer los tres juntos.

Asentí con la cabeza y me dejé caer en una silla cercana. El tiempo transcurría, pero papá Checo no aparecía, y el silencio entre nosotros se hacía cada vez más incómodo. Max caminaba de un lado a otro, claramente inquieto, mientras yo intentaba no pensar demasiado en lo que podría haber pasado.

Finalmente, decidí romper el hielo.

—Oye, Max, sé que quizás no es un tema del que debería hablar, pero... ¿por qué tu equipo solo tiene un auto? ¿Eso no es ilegal? —pregunté, tratando de sonar casual, aunque sabía que era una cuestión delicada.

Max, que había estado caminando, se detuvo en seco al escuchar mi pregunta. Me miró con una mezcla de sorpresa y tensión en sus ojos.

—Es ilegal, sí —respondió con un tono cortante, como si quisiera cerrar la conversación antes de que comenzara—. Pero mi padre llegó a un acuerdo con la FIA. Pagamos el doble que cualquier otra escudería.

—¿Pero por qué? —insistí, sin poder evitarlo—. Quiero decir, ¿no sería mejor tener un compañero de equipo que te ayudara en el campeonato de constructores?

Max suspiró profundamente y apartó la mirada, visiblemente incómodo. Parecía debatirse entre decirme algo o no.

—Yuki, la situación de mi equipo es más compleja de lo que parece. Lo único que puedo decirte es que mi padre maneja todo. Y si entiendes eso, entenderás por qué muchas cosas son como son. —Su tono era frío, casi distante, dejando claro que no quería profundizar en el tema.

Asentí lentamente, sin saber qué responder. Aunque su explicación no resolvía todas mis dudas, entendí que era mejor no presionarlo. Algo en la forma en que habló de su padre me dejó una sensación extraña, como si hubiera mucho más detrás de sus palabras. No pude evitar fruncir el ceño. Sabía que Max no era alguien que hablara abiertamente de su vida personal, y mucho menos de su padre, pero algo en la forma en que había terminado la conversación me hacía sentir incómodo. No quería quedarme con la duda, aunque también temía presionarlo demasiado.

—Pero... ¿a ti te gusta esa situación? —pregunte, tratando de sonar sutil mientras jugueteaba con la tira de mi credencial.

Max alzó una ceja y me miró, como si estuviera evaluando si valía la pena responder. Finalmente, suspiró y se cruzó de brazos, su postura aún tensa.

—No es algo que me guste o no me guste, Yuki. Es lo que es. —Su voz sonaba más cansada que molesta, como si estuviera acostumbrado a lidiar con preguntas similares—. Mi padre siempre ha tenido el control de mi carrera. Para él, lo importante es ganar, y tener otro piloto en el equipo significaría una distracción, alguien más compitiendo por el foco.

incline la cabeza, procesando lo que Max decía.

—¿Y tú no tienes voz en eso? Quiero decir, eres el campeón del mundo, deberías poder decidir qué es lo mejor para ti, ¿no?

Max dejó escapar una risa seca, aunque no había humor en ella.

—Podría intentarlo, pero no serviría de nada. Mi padre no ve esto como una negociación. Lo que él dice, se hace. —Hizo una pausa, desviando la mirada—. No sé si lo entiendes, Yuki, pero para él, yo soy un proyecto, no una persona.

Esa última frase me golpeó como un balde de agua fría. Quería decir algo, cualquier cosa, pero las palabras no salían. Nunca había pensado en Max de esa manera, y ahora entendía un poco más de la carga que el neerlandés llevaba encima.

—Eso suena... — trague saliva, buscando las palabras correctas—. Suena horrible, Max.

Max lo miró por un momento, su expresión más suave. Parecía sorprendido por la sinceridad de mis palabras.

—No es fácil, pero tampoco tengo otra opción. —Max sonrió de lado, aunque la sonrisa no llegaba a sus ojos—. Ya estoy acostumbrado.

No estaba convencido. Era cierto que Max siempre había proyectado una imagen de fortaleza y control, pero detrás de eso había una vulnerabilidad que era difícil de ignorar.

—No deberías acostumbrarte a algo así. —Mi voz era apenas un murmullo, pero Max lo escuchó claramente—. Nadie debería.

Max me miró, y por un instante, pareció que iba a decir algo más. Pero antes de que pudiera responder, los dos escuchamos pasos acercándose.

Era papá, y estaba visiblemente molesto. Había entrado a la habitación de forma brusca, cerrando la puerta con un portazo que hizo que tanto Max como yo nos quedaramos en silencio, mirándolo con atención.

—Todo bien, papá? —me animé a preguntar, aunque el ambiente ya me hacía sentir que quizás no era buena idea. Lo observé mientras caminaba con pesados ​​pasos hacia una silla, dejando su celular sobre la mesa de manera violenta.

—Todo está perfecto, Yuki. ¡Perfecto! —respondió con un tono de sarcasmo cargado de frustración, lo que me hizo sentir una punzada de culpa por haber preguntado.

Max intentó intervenir, manteniendo la calma que a mí me faltaba.

—Oye, Sergio, esa no es la forma de hablarle. Yuki solo quería saber si estabas bien...

Pero la voz de mi papá lo interrumpió, cortando y llena de enojo.

— ¿Cómo voy a estar tranquilo cuando el maldito idiota de Kamui hizo que me despidieran? —soltó de golpe, su tono mezclando rabia y desamparo.

Al escuchar aquello, sentí que el estómago se me encogía. ¿Kamui? No podía ser. ¿Qué hacía esa persona de nuevo en nuestras vidas?

—¿Qué...? ¿Cómo pasó eso? —pregunté, aunque la voz apenas me salía.

Papá se llevó una mano al rostro, visiblemente agobiado, y continuó explicando, casi escupiendo las palabras:

—Compró la maldita empresa donde trabajaba, Yuki. Y no solo eso, ahora se está encargando de hablar con otras compañías de modelaje para que no me contraten en ningún lado. —Golpeó la mesa con la palma de la mano, y yo pude sentir el peso de su frustración.

El aire en la habitación se volvió más denso. Max, que hasta ahora había permanecido en silencio, dio un paso adelante, colocando una mano en el hombro de papá.

—Sergio, cálmate. —Intentó sonar firme pero comprensivo—. Esto no es algo que puedas manejar solo, pero estoy seguro de que hay una forma de solucionarlo.

Papá levantó la mirada hacia Max, su expresión aún endurecida pero con un brillo de cansancio en los ojos.

—No lo entiendo, Max. Ese hombre no quiere solucionarlo, quiere destruirme. Y lo peor es que lo está logrando.

Sentí un nudo en la garganta al escuchar eso. Kamui siempre había sido una sombra en nuestras vidas, alguien que, cada vez que aparecía, solo traía problemas. Y ahora, otra vez, se estaba asegurando de hacernos daño.

¡Yuki!Donde viven las historias. Descúbrelo ahora