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Narra Sergio

Estaba agotado, había llegado a un punto donde lo único que deseaba era que Kamui nos dejara en paz de una vez por todas. Por un momento, incluso fantaseé con la idea de acabar con todo aquello de manera drástica, pero yo lo controlé. No quería que Yuki llegara a ver una faceta violenta de mí.

Después de aterrizar, tomé un taxi directamente hacia esa maldita empresa donde sabía que Kamui estaría esperándome. Esta vez, no tenía intenciones de contenerme. Si tenía que gritarle, lo haría. Estaba harto de ser el blanco de sus juegos y de su obsesión enfermiza.

Entré al edificio ignorando completamente a la recepcionista, quien intentó detenerme. Pasé de largo y caminé directamente hacia el ascensor. Mis pasos eran rápidos, pesados, mientras mi mente hervía con pensamientos llenos de frustración y rabia. ¿Qué demonios querían de nosotros? ¿Por qué no podíamos dejarnos en paz?

Al llegar a su oficina, empujé la puerta sin siquiera tocar. Kamui estaba sentado detrás de su escritorio, apenas mostrando un nivel de sorpresa ante mi presencia, aunque su sonrisa de satisfacción no tardó en aparecer.

—Pensé que no ibas a venir hasta que terminara esa estúpida semana de carreras de tu noviecito —dijo con un tono calmado que solo avivó mi furia—. Pero parece que decides darme el gusto de venir. ¿Te gustó mi sorpresa? Te advertí que no jugaras conmigo, Sergio, y menos metiendo a mi madre en todo esto.

Su voz se tornó más fría al mencionar su molestia por mi "jugada" para recuperar a Yuki semanas atrás. No me importaba. Me acerqué a su escritorio, apoyando las manos sobre la superficie y acercándome a su rostro con la mirada cargada de enojo.

—Kamui, no sé qué demonios quieres de nosotros, pero estoy harto. Me tienes cansado. —Mi voz salió firme, llena de rabia contenida—. Estás acabando con mi maldita paciencia, y si no te detienes, te juro que te vas a arrepentir.

Kamui se reclinó ligeramente en su silla, su sonrisa burlona crecía mientras sus ojos me examinaban.

—¿Lo recuerdas? —comenzó con ese tono sarcástico que me hervía la sangre—. Cuando venías antes de visitarme, siempre terminabas poniéndote así. Te enfurecías, me robabas un beso, luego otro... y ya sabes cómo seguía todo.

Sus palabras me dejaron anonadado. Lo siguiente me provocó un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo.

—¿Te acuerdas la vez que entró mi secretaria? Tú estabas montándome en este mismo escritorio. Eran buenos tiempos, ¿no? —Kamui habló con una calma espeluznante, disfrutando claramente de la incomodidad que me generaba.

Mi cuerpo se tensó. Sentí náuseas al escuchar cómo desenterraba esos recuerdos que yo había intentado borrar de mi memoria. Sus palabras eran como un veneno, y su risa, una daga que giraba dentro de mí.

Kamui levantó la mano, tomando mi rostro con fuerza, como si quisiera mantenerme ahí, atrapado en su juego.

—Eras tan apasionado... —susurró con una sonrisa cruel.

Mi estómago se revolvió. En ese momento, todo lo que quería era ponerle fin a ese encuentro, pero sabía que cualquier reacción violenta solo le daría más razones para seguir jugando conmigo.

Tomé aire profundamente, luchando por mantener la compostura. Esto no podía seguir así. Kamui no iba a detenerse, no mientras siguiera disfrutando de mi desesperación.

Kamui se acomodó en su silla, disfrutando de mi incomodidad como si fuera un espectáculo exclusivo. Su mirada tenía esa mezcla de burla y perversión que siempre había detestado.

—¿Te acuerdas de nuestra primera vez? —continuó con ese tono provocador—. Fue en esa habitación de hotel en Barcelona. Estabas tan nervioso, pero al mismo tiempo tan ansioso. Siempre me hacía gracia cómo te esforzabas por aparentar que no te importaba, cuando en realidad no podías quitarme las manos de encima.

Mis manos se cerraron en puños sobre el escritorio. Intentaba contenerme, pero sus palabras estaban logrando atravesar cada una de mis defensas.

—Kamui, no tienes por qué traer a colación esas cosas. Es el pasado. ¿Qué ganas con esto? —dije entre dientes, aunque mi voz empezaba a temblar por la furia.

—¿El pasado? —repitió él, riendo con una suavidad que me hizo estremecer—. Sergio, el pasado nunca desaparece, sobre todo cuando fue tan… memorable. ¿O es que ahora prefieres fingir que todo eso nunca pasó? Que nunca me dijiste que me amabas en un momento de debilidad.

Sus ojos me escrutaban, buscando algún rastro de vulnerabilidad, algo que pudiera usar en mi contra.

—¡Cállate ya! —grité, perdiendo por completo la paciencia mientras golpeaba el escritorio con ambas manos, haciendo que los papeles y objetos sobre él temblaran—. Todo eso fue un error, ¿entiendes? ¡Un maldito error! Y si alguna vez te dije que te amaba, créeme, me arrepiento con cada fibra de mi ser.

Kamui no se inmutó ante mi explosión, al contrario, parecía disfrutarlo más. Se levantó lentamente de su silla, acercándose a mí hasta quedar a escasos centímetros de mi rostro.

—¿Un error, eh? —susurró, con una sonrisa maliciosa—. Entonces dime, Sergio, ¿por qué sigues reaccionando como si todavía te importara? ¿Por qué vienes aquí, enfrentándome, en lugar de simplemente seguir con tu vida?

Sentía la sangre hervir en mis venas. La forma en la que intentaba manipularme, jugando con mi ira y mis emociones, era insostenible.

—Vine aquí porque estoy harto de ti —espeté, señalándolo con el dedo—. Harto de que sigas interfiriendo en mi vida, de que lastimes a mi hijo y de que creas que tienes algún derecho sobre mí.

—Derecho… —murmuró, como si saboreara la palabra—. No necesito derechos, Sergio. Lo único que necesito es saber que aún ocupo un espacio en tu cabeza. Y, claramente, lo hago.

Su provocación fue la gota que colmó el vaso. Sentí cómo perdía el control de mis propios movimientos, cómo mi ira se desbordaba. Lo tomé del cuello de la camisa, acercándolo bruscamente hacia mí.

—¡Te juro que si vuelves a meterte en mi vida o en la de Yuki, esto no quedará solo en palabras! —le dije con los dientes apretados, mi voz cargada de una amenaza que no podía evitar.

Kamui se limitó a sonreír, como si mi reacción fuera exactamente lo que buscaba.

—Eso es lo que quería ver —susurró con una sonrisa ladina—. El viejo Sergio que no teme ensuciarse las manos. Tal vez, después de todo, no has cambiado tanto.

Solté su camisa de un tirón, empujándolo hacia atrás. Mi pecho subía y bajaba rápidamente, tratando de controlar mi respiración y evitar que mi furia me llevara a hacer algo de lo que podría arrepentirme.

—No vuelvas a buscarme —le dije antes de girarme hacia la puerta—. Y mantente lejos de Yuki.

Kamui no respondió, pero su risa suave resonó detrás de mí mientras salía de la oficina, dejando claro que, para él, la conversación aún no había terminado.

¡Yuki!Donde viven las historias. Descúbrelo ahora