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Papá se había ido, dejándome a mí y a Max en Inglaterra para encargarse de resolver aquel asunto de su trabajo. Pero esa decisión me había dejado completamente inquieto. No quería que se estuviera enfrentando a Kamui solo. Estaba agotado de esa situación, cansado de escuchar aquel nombre que parecía perseguirnos constantemente. Solo deseaba que nos dejara en paz de una vez por todas.

Sentado en una silla del garaje de Max, miraba cómo se preparaba para la clasificación. No le había hablado en todo el día; estaba molesto por la decisión que había tomado papá Checo. Varias veces intenté iniciar una conversación con Max, pero sus respuestas cortas y distantes me dejaron claro que tampoco estaba de humor. Así que opté por dejarlo tranquilo.

Me sentía incómodo estando ahí. Oscar había desaparecido completamente, absorbido por su tiempo con Lando, y yo no podía evitar sentirme abandonado. Pero lo peor no era eso. Lo peor era la mirada de aquel hombre: el padre de Max. Desde su posición en el garaje, no dejaba de observarme, y aunque no podía descifrar del todo sus intenciones, había algo en sus ojos que me hacía estremecer.

Intenté ignorarlo, desviando la vista hacia las pantallas del garaje. No entendía nada de lo que mostraban, pero prefería concentrarme en las imágenes de los autos en pista que en la sensación opresiva de aquella mirada fija sobre mí. Sentía como si quisiera decir algo, pero al mismo tiempo parecía disfrutar con mi incomodidad.

El ambiente a mi alrededor era ruidoso, lleno de ingenieros y mecánicos ocupados, pero yo solo podía escuchar el martilleo de mis pensamientos. ¿Qué estaba haciendo papá ahora mismo? ¿Estaba bien? ¿Por qué siempre teníamos que lidiar con alguien como Kamui?

Una voz por el altavoz anunció el inicio de la clasificación, y el bullicio en el garaje aumentó. Sin embargo, yo seguía inmóvil, perdido en mi propio torbellino interno. Sentía que, aunque estuviera rodeado de gente, en ese momento estaba completamente solo.

El bullicio del garaje seguía, pero yo no podía apartar la sensación de que esa mirada aún estaba sobre mí. Traté de mantener la compostura, concentrándome en las pantallas que mostraban a Max en pista. Sabía que estaba haciendo su mejor esfuerzo, como siempre. Pero entonces, sentí un cambio en el ambiente: un silencio repentino y pesado.

Cuando levanté la vista, ahí estaba él. El padre de Max, Jos, se acercaba directamente hacia mí. Su expresión era severa, y su presencia imponente me hizo apretar las manos sobre mi regazo, intentando parecer más tranquilo de lo que me sentía.

—¿Qué haces aquí? —preguntó de forma brusca, cruzándose de brazos frente a mí. Su tono no dejaba espacio para amabilidad alguna.

—E-Estoy acompañando  a Max... —respondí, tratando de mantener mi voz firme, aunque por dentro me sentía como un niño pequeño frente a un maestro enojado.

Jos dejó escapar una risa seca, carente de humor.

—¿acompañando  a Max? —repitió, como si mis palabras fueran absurdas—. No sé qué ve mi hijo en alguien como tú. No aportas nada, no haces nada. Solo estás aquí, estorbando.

Sus palabras me golpearon como un puñetazo en el estómago. Quise responder, defenderme, pero mi garganta se cerró.

—Mírate, sentado ahí como si pertenecieras aquí. No tienes idea de lo que implica estar en este mundo. Max no necesita distracciones inútiles como tú.

Intenté levantarme, incapaz de soportar más esas palabras, pero él se inclinó ligeramente hacia mí, bloqueando mi espacio personal.

—Déjame darte un consejo —continuó, con una voz más baja pero igualmente hiriente—: Si realmente te importa Max, aléjate. Ya tiene suficientes problemas sin tener que cargar con alguien como tú.

Sus palabras se quedaron suspendidas en el aire, dejándome congelado. Cuando finalmente se apartó, lo hizo con una expresión de desdén. Yo solo podía quedarme ahí, sintiéndome completamente humillado y fuera de lugar, mientras el ruido del garaje volvía a llenar el espacio como si nada hubiera pasado.

Intenté respirar profundamente, pero mi pecho seguía apretado. Quería irme, escapar de ahí, pero sabía que Max volvería pronto. ¿Qué le iba a decir? ¿Debería decirle algo? Las palabras de Jos seguían repitiéndose en mi cabeza, erosionando cualquier pequeño rastro de confianza que me quedara.

Permanecí inmóvil en la silla, con las palabras de Jos clavadas en mi mente como espinas. Sentía el peso de cada mirada en el garaje, aunque probablemente nadie estuviera realmente prestándome atención. Era mi imaginación, mi inseguridad amplificada por lo que acababa de pasar. Apreté las manos contra mis piernas, tratando de contener el temblor que empezaba a invadirme.

No puedo estar aquí, pensé. Necesitaba aire, cualquier cosa que me alejara de ese ambiente opresivo. Pero justo cuando consideraba salir del garaje, Max apareció, con su casco todavía en la mano y una expresión de concentración que poco a poco se suavizó al verme.

—Todo bien? —preguntó, acercándose mientras dejaba su casco sobre una mesa cercana.

Intenté sonreír, aunque probablemente parecía más una mueca. No quería preocuparlo, no después de su clasificación.

—Sí, solo... estaba un poco cansado. ¿Cómo te fue? —respondí, desviando la conversación hacia él.

Max me miró fijamente, como si intentara leer más allá de mis palabras.

—Quedé en la pole —dijo, pero su tono no era triunfal como siempre. Seguía mirándome, sus ojos buscando respuestas que yo no estaba listo para dar.

—Eso es increíble, Max. Sabía que lo lograrías —intenté sonar entusiasta, pero mi voz sonó vacía incluso para mí.

—Yuki... —su tono se volvió más serio—, ¿qué pasó mientras estaba fuera?

—Nada, solo... estoy cansado, en serio.

Quería sonar convincente, pero su mirada me atravesó. Max no era alguien fácil de engañar, y menos cuando se trataba de las personas cercanas a él.

— ¿Fue mi padre? —preguntó directamente, y mi respiración se detuvo por un segundo.

Intenté negar con la cabeza, pero las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos sin que pudiera controlarlas. Max dio un paso más cerca, con su rostro endureciéndose al comprender la verdad.

— ¿Qué te dijo? —su voz era baja, casi un susurro, pero había una intensidad en ella que me hizo querer retroceder.

—No importa, Max. En serio, estoy bien —dije rápidamente, levantándome de la silla. Quería salir antes de que aquello se desbordara—. Vamos a celebrar tu pole, ¿sí?

—No voy a celebrar nada hasta saber qué pasó.

Su determinación me atrapó. No había forma de esquivarlo, pero tampoco quería ser la causa de un problema entre él y su padre.

—Solo me dijo que no tenía que estar aquí... porque estorbaba —murmuré, intentando restarle importancia al tema—. Pero está bien, Max, él tiene un poco de razón, pero no me afecta y...

El rostro del neerlandés, al escuchar eso, solo hizo una mueca. Sabía que su padre en algún momento me iba a decir algo, pero yo sabía que no iba a enfrentarlo y, sinceramente, no me molestaba. Tenía que aprender a defenderme por mí mismo.

—Lo siento por eso, él siempre va a ser así con cualquiera —dijo Max, visiblemente frustrado. Pasó su mano por su cabello, dejándolo ver un poco mojado por el sudor—. Trataré de... hablar con él, no te sientas mal, ¿sí?

Aquello sabía que era una mentira, pero solo pude asentir con la cabeza, fingiendo que creía en esas palabras.

¡Yuki!Donde viven las historias. Descúbrelo ahora