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El tiempo parecía haber pasado en un abrir y cerrar de ojos. Ya había transcurrido un mes desde todo lo que sucedió, y me encontraba nuevamente solo. Max no estaría con nosotros este mes; su padre lo había obligado a pasar todo el tiempo en los Países Bajos para prepararse y asegurarse de ganar el Gran Premio en su casa. Mientras tanto, papá parecía más estresado que nunca. Había logrado llegar a un acuerdo con su empresa para no perder el trabajo que tanto le había costado conseguir, pero eso lo mantenía constantemente ocupado y ausente.

Me recosté en el banco del colegio, dejando mi cuaderno a un lado. Esta semana había sido particularmente difícil. Oscar,  llevaba días faltando porque estaba enfermo. Su ausencia me dejaba completamente solo en las horas de clase, y eso solo hacía que el peso de mis pensamientos fuera más difícil de ignorar.

Pierre, como siempre, intentaba acercarse. Me saludaba de forma amable y buscaba iniciar conversaciones conmigo. Pero cada vez que lo veía dar un paso hacia mí, algo dentro de mí se tensaba. El recuerdo de Liam besándome, de esa invasión a mi espacio personal, volvía con fuerza. Esa imagen no dejaba de perseguirme, y el nudo en mi garganta se hacía más grande cada vez.

Quería confiar en Pierre. Sabía que no tenía malas intenciones, pero mi cuerpo simplemente no reaccionaba como debía. Mis manos temblaban, y mi corazón comenzaba a latir descontrolado, como si mi mente reviviera ese momento una y otra vez. Cerré los ojos, dejando que la brisa fresca que entraba por la ventana del salón acariciara mi rostro, intentando calmarme.

Todo parecía tan complicado últimamente. Papá estaba distante, Max no estaba, y mi único refugio, Oscar, tampoco estaba presente. ¿Cómo había llegado mi vida a este punto? Me sentía atrapado en un ciclo de ansiedad  que parecía no tener fin. Solo esperaba que las cosas cambiaran pronto, que alguien o algo pudiera sacarme de este lugar oscuro en el que me encontraba.

Solté un suspiro y escondí mi rostro entre los brazos, deseando que el día terminara de una vez. Solo faltaban dos clases para poder regresar a casa, a esa soledad que últimamente parecía ser mi única compañía. Cerré los ojos, intentando descansar aunque fuera unos minutos antes de volver al aula.

El sonido de una silla arrastrándose me hizo alzar la vista de golpe. Me llevé un pequeño susto al encontrarme con el rostro de Pierre a una distancia inesperadamente cercana. Instintivamente, me eché un poco hacia atrás para mantener algo de espacio entre nosotros.

—Lo siento, Yuki, no quería asustarte —dijo con suavidad, levantando las manos en un gesto de disculpa. Luego se acomodó mejor en la silla frente a mí, apoyando los codos sobre la mesa—. Pero quería hablar contigo.

No respondí de inmediato, evitando su mirada. Algo en su tono me decía que no iba a ser una conversación fácil.

—Otra vez te alejaste de mí... ¿Fue por el beso? —preguntó de repente.

Sus palabras me dejaron helado, y mis ojos se abrieron con sorpresa. Sentí cómo el calor subía a mis mejillas, enrojeciéndolas al instante. No sabía qué responder.

—Yo... no... —balbuceé, desviando la mirada hacia el cuaderno que seguía abierto sobre la mesa. Mis manos comenzaron a jugar nerviosamente con la esquina de una de las páginas—. No es eso...

—¿Entonces qué es? —insistió Pierre, inclinándose un poco hacia mí, pero manteniendo un tono tranquilo. Su mirada no era acusatoria, sino preocupada—. ¿Te hice sentir incómodo?

Negué rápidamente con la cabeza, aunque no podía mirarlo directamente.

—No... no fue tu culpa —murmuré, la voz apenas un susurro—. Es solo que... hay muchas cosas pasando ahora.

¡Yuki!Donde viven las historias. Descúbrelo ahora