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El tan esperado día finalmente había llegado. Desde las primeras luces del alba, la ciudad de Mandeok bullía de emoción y preparativos. Las calles estaban adornadas con estandartes dorados y carmesíes, los colores reales que ondeaban con orgullo en cada rincón.

Los ciudadanos se congregaban en la plaza principal, ansiosos por presenciar el momento en que Jeon Jungkook sería coronado como el nuevo rey de Mandeok.

En el interior del palacio, los sirvientes iban y venían, asegurándose de que todo estuviera en orden.

En la cámara real, Jungkook se probaba su traje de coronación, una túnica de seda negra con bordados dorados y una capa de terciopelo azul marino que caía majestuosamente sobre sus hombros.

Jimin, su esposo, permanecía a su lado, observando con atención cada detalle de la vestimenta de Jungkook. De vez en cuando, sus miradas se encontraban y, sin darse cuenta, se dedicaban pequeñas sonrisas tímidas, compartiendo un entendimiento silencioso que ninguno de los dos necesitaba poner en palabras.

Desde una esquina de la habitación, la madre de Jungkook presenciaba la escena con el corazón cálido. No le pasó desapercibida la forma en que su hijo miraba a Jimin, ni cómo Jimin, a pesar de su inicial reticencia, parecía cada vez más cómodo a su lado. Un destello de esperanza brilló en sus ojos al notar aquel avance en su relación.

—Te queda perfecto —dijo Jimin en voz baja, rompiendo el silencio. Su mirada recorrió el atuendo de Jungkook, pero terminó detenida en sus ojos oscuros.

Jungkook soltó una pequeña risa y se giró hacia él con una expresión traviesa. —¿Eso piensas? Bueno, entonces no tengo de qué preocuparme.

Jimin entrecerró los ojos, fingiendo desinterés, pero el leve rubor en sus mejillas lo delataba. La reina madre contuvo una risa discreta antes de intervenir. —Es momento de salir. El pueblo espera a su rey.

Ambos jóvenes asintieron. Jungkook tomó una última bocanada de aire antes de caminar hacia el gran salón del trono, donde lo esperaba el consejo real y la corona que sellaría su destino como rey.

Jimin lo siguió de cerca, su porte elegante resaltado por el atuendo que llevaba, una túnica blanca de fino brocado, adornada con intrincados bordados dorados que reflejaban la luz con cada paso. La tela se ajustaba con gracia a su figura, destacando su porte noble, y una capa liviana del mismo tono caía sobre sus hombros, asegurada con un broche en forma de fénix dorado.

Al llegar a las puertas del altar sagrado, el punto donde debían separarse, la reina madre se acercó a su hijo y posó una mano en su mejilla con dulzura.

—Suerte, mi hijo —susurró con orgullo antes de apartarse para tomar su lugar entre los nobles.

Jungkook se preparaba para avanzar, pero Jimin se quedó inmóvil a su lado unos segundos más. No dijo nada, pero el príncipe no tardó en comprender lo que sucedía. Su esposo quería desearle suerte, pero la timidez lo detenía. Jungkook sonrió divertido y dejó escapar una risita, recordando todo lo que habían hecho la noche anterior. Le resultaba gracioso que, después de aquello, Jimin se sintiera cohibido ahora.

Sin pensarlo mucho más, Jungkook tomó a Jimin por la cintura y lo acercó con decisión, sellando sus labios en un beso breve pero firme. El doncel se sorprendió al principio, pero luego cerró los ojos y permitió que el momento durara un poco más.

— Suerte , mi Rey.

—Ahora sí estoy listo —susurró con una sonrisa.

El príncipe rebelde por fin se despidió deseandole mucha suerte a Jungkook, cruzó la segunda entrada del altar y se colocó junto a la madre de su esposo quien lo recibió amablemente.

Destino Flechado ↑Kookmin↓Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora