Capitulo 18.

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Caleb.

Mi mente aún se siente aturdida al recordar las imágenes y todas las voces y ruidos que había a mi alrededor, es como si los sonidos se mezclaran formando una melodía insoportable y casi dolorosa. Mi pecho arde de ansiedad contenida de solo recordar la incertidumbre que sentí cuando creí que Hailey podía estar en peligro. Solo de recordarlo mi piel se eriza.

Mi vista esta clavada en el techo mientras Sal revisa mis heridas de manera cuidadosa. Kath me mira desde su asiento sin poder contener una sonrisa, tiene los ojos acuosos e hinchados y la nariz enrojecida, ha estado llorando.

Un dolor punzante en mi costado me recuerda que estoy vivo. Intento moverme y el ardor se propaga como fuego líquido, arrancándome un gruñido bajo.

— ¿Cuanto tiempo dormí? — preguntó con voz ronca.

Siento como si hubiese tragado polvo.

Sal revisa mis heridas con manos firmes pero cuidadosas, me dedica una breve mirada antes de responder con su tono seco y práctico.

—Cuatro días con sus noches. —Sus dedos fríos y untados con algún ungüento espeso presionan una de las heridas.

Un ardor agudo me recorre el abdomen. Aprieto la mandíbula, negándome a soltar un quejido.

—¿Duele? —pregunta ella, sin detenerse.

Respiro hondo por la nariz y sacudo la cabeza, aunque mi cuerpo diga lo contrario.

— ¿Recuerdas todo lo que pasó? — pregunta Sal.

Frunzo el seño y asiento débilmente parpadeando para disipar la neblina mental. Fragmentos de la persecución regresan en ráfagas desordenadas: el rechinar de los neumáticos, el destello de los faros en la oscuridad, el impacto contra el suelo, el crujido de huesos, el calor pegajoso de la sangre escurriéndose entre mis dedos.

— ¿Están todos bien? — preguntó tratando de incorporarme. — ¿Nadie más está herido?.

Sal niega con la cabeza. El alivio me recorre y el dolor me clava de nuevo al asiento, haciéndome recostarme de nuevo.

—Todos estamos enteros, Caleb. Tú fuiste el único idiota que decidió saltar de un auto en movimiento.

— ¿Donde estamos ahora? — pregunto. Respiro profundo y una sensación extraña me invade.

— Rodeamos la frontera sur de Los reinos de la Luna — responde. — Estamos cerca de el lugar por el que planeábamos entrar al reino.

— Querrás decir por donde entraremos — corrijo. — . Llama a Abel, necesitamos planear...

— No, no lo haré. Necesitas descansar — me interrumpe ella. — . Estas muy herido y no has sanado aún. Deja que los demás se encarguen y dedícate a descansar.

— Ella tiene razón — dice Kath mirándome de manera suplicante.— . Debes descansar.

— El Alfa no descansará — respondo morándolas. — He dormido por cuatro días enteros. Ha sido suficiente.

— No has sanado aún — me insiste Sal. Ella pone una mano en mi hombro y me mira a los ojos. — ¿Sabes lo que eso significa?.

Frunzo el seño nuevamente. El vacío que siento es real.

No es solo debilidad, no es solo el dolor punzante en mi costado o la sensación de que mi cuerpo aún no me pertenece del todo. Es algo más profundo, más perturbador.

Es como si me hubieran arrancado un pedazo del alma y lo hubieran dejado a la intemperie.

Respiro hondo, intentando centrarme en el dolor físico porque es lo único que sigue ahí, lo único que puedo aferrar. Pero dentro de mi pecho solo hay un hueco.

Desterrada. Donde viven las historias. Descúbrelo ahora