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La cicatriz de un triste otoño que traza su dolor

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La cicatriz de un triste otoño que traza su dolor.


_ ¡Akane! ¿Qué haces aquí? ¿Estás sola? – la niña corrió a darle un enorme abrazo mientras apartaba de su camino a Joe, o mejor dicho la empujaba.

_No – sonrió – me encontré con la amiga de Shizuo ¿Verdad Vorona? – una rubia se asomó – ¡Quiero comer bizcochos! – lo jalo del brazo, era claro que pretendía apartarlo.

Nuestra protagonista aprovecho las circunstancias para huir, así es, estaba a medio callejón caminando sigilosamente. No quería actuar frente a las chicas y explicar las mordeduras en su garganta.

_Espera ¡Joe! tú vienes conmigo, no escapes – trato de negarse, pero ya estaba siendo cargada – tenemos que hablar.


    Muchos bizcochos se alzaban frente a un grupo que mostraba un aura negativa, miraban de forma violenta a la que era tomada de la mano por el más fuerte. Lastimaba un poco su muñeca e inconscientemente la obligaba a estar pegada a su lado, le complacía un poco. Ella solo reía por dentro, supero el tan pensado obstáculo que le había colocado la rata. Shizuo no parecía indiferente, muy al contrario, la quería más. La defendería las veces necesarias con tal de tenerla para él solo, no la compartiría con la pulga.

Su amor trascendía los engaños, esto ya era muy enfermo.

Tomaron asiento en una de las mesas, la pequeña Akane se colocó junto al tenido mientras el otro dúo se veía forzado a estar juntas. "Solo probare un poco y me retirare, recupere su confianza e incluso más que eso" "No obstante, no puedo convertirme en su novia, eso causaría problemas" pensó mientras jugaba a mirarlo para encelar al otro duplo.

_Joe, sobre lo que paso – inmediatamente coloco un dedo sobre su boca asiéndolo callar.

_No digas nada, es un secreto entre nosotros dos.

Mordió su panecillo agregando el merengue a sus labios, se acercó al teñido para darle un mimo frente a sus acompañantes. Ambos cerraron los parpados, pero en una centésima de segundo Joe los abrió para burlarse. Sí que era mala, una perra mala.

Era un hecho, estaba más que muerta; la nena no demoro en fruncir el ceño y retener al bermejo este.

Pretendía estar más tiempo en su acto, sin embargo, su vista comenzó a verse borrosa. Ella solo fingió no sentirlo, ocasionaría trabas si insistía en seguir con ellos.

_Me tengo que ir, olvide algo – hablo – es que deje abierta la nevera.

_Te acompaño – dijo la rusa muy seria.

Anduvieron por las primeras calles sin decir palabra, calladas y sin rencores. Eso era tan extraño, me explico, no era tan común que la misma dama que osaba odiarla mantuviera pizcas de tranquilidad. Preocupante cuando menos.

Izaya y la ImpredecibleHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora