Capitulo 35.

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Capítulo 35: Raíces Invisibles y Vientos del Ayer.

Cuando el último yōkai fue instalado, cuando las heridas más urgentes fueron atendidas y los héroes que los ayudaron a llegar se retiraron como sombras al caer la tarde, las viviendas precarias cobraron vida. Aunque fuera apenas un parpadeo de dignidad, una ilusión de hogar se filtró entre las tablas mal clavadas y las esteras disparejas. La noche llegaba al valle como una caricia de tinta húmeda.

Izuku-o más bien, Sesshomaru, en su fusión irreconciliable-observó el valle desde una colina baja. El nuevo Imperio del Occidente era apenas un esqueleto: casas levantadas con esfuerzo, caminos de tierra surcados a paladas, alimentos escasos, herramientas prestadas. Y sin embargo, el aire vibraba. No por magia, ni por tecnología. Por algo más antiguo. Poder. Esperanza. Y cicatrices.

Cuando el último eco del helicóptero desapareció en el horizonte, Izuku cerró los ojos. Un suspiro largo, profundo. Alzó una mano desnuda y tejió una barrera de yōki que se expandió en los bordes del valle como una bruma cálida, casi imperceptible. No era una prisión. Era un velo.

Una niebla ilusoria para el mundo moderno.

-No es para ellos -dijo Sesshomaru, con ese tono calmo y cortante como el viento en el norte-. Es para nosotros. Para sanar, sin ser interrumpidos.

Izuku asintió. Su paso lo llevó, sin prisa, al círculo de piedra donde el antiguo castillo flotante-la Nube del Occidente-descansaba suspendido entre nubes falsas y raíces verdaderas. Allí lo esperaban tres presencias que hacían eco en su alma como campanas de templo: su madre, Inko. Su hija adoptiva, Eri. Su hijo adoptivo, Hiei.

Y la espada.

Y el recuerdo de Aome.

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El interior del castillo flotaba en una serenidad que contradecía todo lo que había sucedido ese día. Tapices flotantes se mecían con el viento interior. Velas flotaban en linternas suspendidas por hilos de luz. Todo estaba teñido por el color crema del ocaso que se filtraba por los ventanales mágicos.

Inko Midoriya casi derramó la tetera entera cuando vio entrar a su hijo.

-¡Izuku Midoriya! -gritó, cruzando la estancia en un torbellino de pasos apresurados-. ¿¡Qué fue esa locura en la televisión!? ¿¡Cómo que hubo un ataque en tu clase de entrenamiento!? ¡¿Por qué nadie me llamó?! ¡¿Por qué nadie me dijo que casi los matan a todos?!

Izuku parpadeó. Sesshomaru resopló con incomodidad en su interior, tentado a replicar con su usual indiferencia, pero Izuku tomó la delantera. Esta no era una batalla. Era su madre. Y eso era distinto.

-Estoy bien, mamá -respondió con una sonrisa serena, una de esas que parecían estar talladas en piedra suave-. Fue un ejercicio que se salió de control. Pero ayudé. Salvamos a varios.

Inko lo escaneó con la mirada como si buscara grietas. Una mancha. Una mentira. Un espasmo. Pero no halló ninguno. Solo esa calma nueva, densa. Esa quietud que su hijo arrastraba desde hacía meses. Como si llevara el peso de otra vida, de otra era, entre los hombros.

-Y esta vez no te rompiste ningún hueso, ¿eh? -murmuró, alzando una ceja con humor ácido mientras lo abrazaba con una fuerza maternal demoledora.

-No... Aunque salvé más que solo estudiantes -respondió él, con la mirada bajando un instante.

Inko se separó apenas, lo suficiente para leer su rostro con más cuidado.

-¿Cómo es eso?

Izuku explicó. No con todos los detalles, pero con una sobriedad calculada.

Kaze No Kizuna.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora