En un mundo donde los héroes con poderes llamados "Quirks" protegen a la humanidad, Izuku Midoriya, un joven Quirkless, lucha por convertirse en un héroe a pesar de su condición. Sin embargo, su vida da un giro inesperado cuando descubre que es la r...
La quietud del Palacio Nube era engañosa. A tres pisos de distancia, la sala de estar parecía un mundo remoto, pero para Izuku y Sesshomaru, cada palabra de la conversación entre Inko y AFO atravesaba la piedra y la madera con nitidez cruel, como si el mismísimo aire actuara de mensajero.
El oído de un demonio no conocía barreras. La voz de Inko, cargada de calma aterradora, era como una hoja afilada que se deslizaba sin resistencia. La de AFO, en cambio, no provenía de un cuerpo presente. Su timbre viajaba desde el televisor como un eco mecánico, un tambor hueco que hacía vibrar las paredes, la sangre y hasta los recuerdos.
Izuku cerró los ojos y reguló la respiración. A su alrededor, las exhalaciones suaves de Eri y Hiei eran tranquilas, inocentes: dos notas cristalinas que sobrevivían dentro de una sinfonía de tormenta. Esa paz era un ancla, hasta que las palabras se transformaron en cuchillas.
—Entonces… —gruñó Sesshomaru, con la voz baja y rasgando la penumbra como una garra—. Ambos le arrancamos la mano a tu hermano adoptivo…
Izuku parpadeó. El mundo le pesó de golpe. La sangre le descendió a las manos, helándolas. Shigaraki Tomura. El nombre lo atravesó como un relámpago, encajando en un rompecabezas que nunca había pedido armar.
Las piezas se unieron con brutal rapidez. AFO no solo era el líder de la Liga. Era su padre. El hombre que le había robado el Quirk. El que lo había condenado a vivir marcado como un error desde antes de elegir su camino.
Por un instante, la mente de Izuku quedó en blanco. El silencio fue tan brutal que casi quiso reír, como si el destino estuviera jugando una broma enferma. Pero la risa murió antes de nacer, sofocada por un vacío helado. El cuerpo le traicionó: la boca seca, la lengua pegada al paladar, los dedos entumecidos como garras congeladas.
El descubrimiento lo aplastaba, pero lo único que emergió fue una frialdad cortante.
—¿Y qué más da? —susurró, con voz tensa, quebrada en los bordes, pero firme en el centro—. Mientras no se meta con mamá… ni con Eri, ni con Hiei… ni con Aome o nuestra gente del Imperio del Occidente… que sea lo que quiera.
No era indiferencia. Era una frontera trazada en sangre: quien la cruzara pagaría el precio.
Entonces, sucedió.
Una tercera voz rugió en su conciencia, un trueno que no provenía del televisor ni de recuerdos. Fue un zarpazo en el alma, áspero, profundo, cargado de ira antigua.
—Él lastimó a Aome… a nuestras crías… a Koga… al resto…
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
El gruñido vibró como metal quebrándose. El aire en la habitación se impregnó de un olor metálico, hierro y ozono, como si la sangre invisible se hubiera derramado allí mismo. El corazón de Izuku se detuvo un segundo, luego estalló en un latido frenético. Sus uñas crecieron y desgarraron las sábanas. Un escalofrío reptó por su columna, prendiendo cada fibra de su cuerpo con rabia ajena.