Narrado por Aurora
No sé por qué acepté. Tal vez por curiosidad. Tal vez por cerrar una herida mal curada. O por venganza. No lo sé. Solo sé que cuando vi la carta de Megan -"Necesito hablar contigo. Por favor. En persona"- algo dentro de mí se removió. Después de tantos años, después de todo lo que destruyó... me citaba como si mereciera ser escuchada.
El lugar era discreto. Una cafetería vieja, en las afueras del centro. Con ventanales empañados y olor a madera vieja. Me senté en una mesa al fondo, en la esquina más oscura, lejos de miradas innecesarias.
Ella llegó diez minutos tarde.
Megan siempre llegaba tarde desde que la conozco, como si el tiempo de los demás no le importara. Pero esta vez no traía esa sonrisa arrogante ni su andar seguro. Se acercó como una sombra temblorosa. Traía el cabello más largo y el maquillaje casi borrado, como si ni siquiera hubiese intentado disfrazar lo rota que estaba.
-Hola -dijo. Su voz era apenas un hilo. Me recordó a una niña pidiendo permiso.
-Hola -respondí, cortante. No la invité a sentarse, pero lo hizo igual.
Durante segundos, no hablamos. Ella bajó la mirada. Yo crucé los brazos, esperando que hablara. Que dijera algo. Y entonces lo soltó.
-Fui yo quien te drogó aquella noche.
El mundo se detuvo.
Ni siquiera parpadeé. Solo la miré. Directo a los ojos. Esperando que se retractara, que dijera "es una forma de decir". Pero no. Lo repitió.
-Esa noche... la noche en que Abigail llegó a tu casa y me encontró... allí... -traga saliva, con la voz entrecortada- fui yo quien lo hizo. Eché algo en tu bebida.
La garganta me ardía. Mi mandíbula se tensó tanto que dolía. No sabía si quería gritar o vomitar.
-¿Por qué?
-Porque te amaba -dijo, sin rodeos, como si eso explicara algo. Como si "el amor" justificara todo.
-¿Y eso te daba derecho a anular mi voluntad?
-¡No! -se apresuró a negar-. No... no fue así. Yo... solo quería que no te fueras. Sabía que Abigail iba a ir a tu casa. Lo supe. Estaba celosa, desesperada. Pensé que si te relajabas, si... si te quedabas, aunque solo fuera esa noche, podría...
-¿Podrías qué? -la interrumpí con voz baja, pero firme-. ¿Tenerme?
Megan bajó la cabeza. No respondió.
-¿Me tocaste?
Negó con fuerza.
-No. Te lo juro. Me acosté a tu lado. Te abracé. Nada más. Ni siquiera pude dormir.
Mi corazón latía con fuerza. Sentí un nudo en el estómago. Por un lado, me aliviaba saber que no me había tocado. Pero por otro... me había drogado. Me había dejado expuesta. Me había arruinado la vida. Mi relación. Mi dignidad. Todo.
-Pensé que te habías enamorado de mí. Que algo había pasado -murmuré, sintiendo cómo las palabras me quemaban al salir-. Pasé años odiándome por eso. Años pensando que traicioné a la única persona que amé de verdad.
Megan rompió en llanto. No lágrimas dramáticas, no teatro. Lloraba de verdad. Con el rostro escondido entre las manos.
-¡Lo siento! No podía con la culpa. No dormí durante meses. Pensé en decirte la verdad muchas veces, pero me odiabas tanto... y con razón.
La odiaba. Y aún así, en ese momento, solo sentí lástima.
Lástima por la persona que fue. Por la desesperación que la llevó a hacer algo tan bajo. Por arruinar lo que nunca le perteneció.
-Te perdono -dije, sorprendida por lo firme que sonó mi voz-. Pero eso no cambia nada. No somos amigas. No somos nada. Me quitaste demasiado.
Ella asintió. No lo discutió. Tal vez, por primera vez en su vida, entendió que no merecía una segunda oportunidad conmigo.
Me levanté. Dejé dinero en la mesa. Antes de irme, la miré una última vez.
-Espero que nunca vuelvas a hacerle eso a nadie más.
Y salí. Respirando hondo. Sintiéndome más libre que en años.
...................
Abrí la puerta de casa con manos temblorosas. Cerrarla detrás mío fue como sellar el ruido del mundo, pero no el que llevaba dentro. El eco de los pasos sobre la madera no era más fuerte que el tamborileo del corazón en mi pecho.
Dejé las llaves sobre la mesa del comedor, pero sonaron como un estruendo. Todo me sonaba demasiado. La luz. El silencio. El olor a lavanda en el aire. Me saqué los zapatos como si así pudiera soltar el peso del día, pero seguía ahí, instalado adentro mío, como una presión en el pecho que me quitaba el aire.
Me apoyé contra la pared. Cerré los ojos. Y por un instante, deseé no haberla visto nunca. No haberla amado nunca. Pero mentirme no me servía. No me dolía por no haberla olvidado. Me dolía por no haber podido protegerla ni de mí, ni del mundo que me rodeaba.
¿Cómo se le explica a alguien que tu cuerpo fue usado sin tu consentimiento, que te quitaron el control y ni siquiera supiste defenderte? ¿Cómo se le dice eso a la persona que amás, cuando lo que vio fue una traición? ¿Cómo se le dice que no fue tu culpa... sin que suene a excusa?
Fui hasta mi escritorio como si caminara sobre vidrio. Me senté. El cuerpo me pesaba como si hubiese vivido mil años en una noche. La hoja en blanco frente a mí era un abismo.
Tomé la lapicera. Empecé a escribir.
Y a los segundos, estaba llorando.
Las lágrimas caían sin permiso, silenciosas, amargas. Cada palabra que escribía era una herida que se reabría. Cada frase, una súplica muda de que algún día pueda entender. Que no me odie más de lo que ya me odio yo.
Borraba. Reescribía. Me detenía.
A veces, solo dejaba la cabeza caer sobre el papel, los sollozos ahogados clavándose en mi garganta como agujas.
"No quiero que pienses que esto es para convencerte de volver", escribí en un momento, temblando. "Es solo para que sepas la verdad, aunque ya no me quede lugar en tu vida."
Porque sí. Una parte de mí todavía la ama. La otra... la que duerme con el recuerdo de su rostro el día que abrió esa puerta y me encontró en lo que creyó una infidelidad... esa parte todavía grita por dentro. Todavía sangra.
Y hay algo más profundo, más sucio, más cruel: todavía una parte de mí quiere creer que si ella sabe lo que de verdad pasó esa noche, si entiende que Megan me drogó, que me arrebató el cuerpo mientras yo no era yo... va a poder perdonarme.
Pero eso me da miedo. Porque si Abigail vuelve por eso, ¿será libre? ¿O lo hará por culpa, por lástima?
Y yo no quiero que nadie me ame por compasión.
Quiero que me elijan. Como yo la elegí a ella. Como todavía lo hago, aún sabiendo que quizás no vuelva nunca más.
Doblé la hoja. No la guardé en un sobre. No todavía.
Apoyé la frente en la mesa, y lloré. Lloré hasta quedarme vacía.
Porque no sabía cómo hablar con ella.
Porque no sabía si aún tenía el derecho a hacerlo.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, estaba completamente rota.
Y aún así... la amaba.
---👑
Perdón por hacerlas esperar es que me avía quedado sin teléfono 😔.
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Se cómo eres
Romanceesta historia trata de un profesora buena y amable con todos conocida como una de las profesoras más queridas de la universidad y de una chica nueva en esa universidad es una modelo famosa y reconocida por su belleza y carisma pero tambien por su fo...
