extra♥️👑💫

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Narrado por Abigail

Nunca fui de las que llegan temprano. Ni a una cita, ni a una reunión, ni a buscar a mi hija a la escuela. Pero ese día, quién sabe por qué, me dio por adelantarme.

Quizás fue un presentimiento. O simplemente una corazonada de madre, de esas que nacen en el estómago y te empujan a hacer algo que no tenías previsto.

Estacioné frente al colegio de Lia. Era su último año. Diecisiete años. Alta, con ese pelo que nunca se decide si es castaño claro o miel según la luz, y esos gestos de sarcasmo dulce que heredó de mí. Una adolescente con un carácter que no te deja indiferente, eso sí. Casi una versión reducida mía, y eso a veces me da miedo… otras, orgullo. O ambas.

Desde el auto la vi. Reía. Ese tipo de risa que conozco. No es auténtica. Es esa risa que usás cuando querés que alguien más escuche, no cuando realmente te hace gracia.

Estaba con Un chico, alto, de pelo revuelto, con cara de querer aparentar seguridad aunque no le salía. Lia se inclinaba hacia él, le rozaba el brazo con los dedos, y cada tanto le daba una mirada fugaz por encima del hombro.

Yo fruncí el ceño.

Ella no es así. No con los chicos. No con nadie, en realidad. Es reservada, filosa. El coqueteo no es su estilo. A menos… que no tenga nada que ver con el chico.

Y entonces vi la escena completa. No muy lejos, una mujer joven —veintitantos, quizás treinta— se apoyaba contra una de las columnas del portón, con los brazos cruzados y una expresión que no supo esconder a tiempo: celos.

Boom.

Ahí estaba.

Una profesora. Alta, morocha, con ojos de tormenta contenida. El uniforme deportivo del colegio la delataba. Y lo más revelador no fue su presencia, sino cómo bajó la mirada cuando Lia rió más fuerte y tocó el brazo del chico con descaro.

¡Dios mío!

Me bajé del auto sin pensarlo. Caminé hacia la entrada con ese paso de madre empresaria que no tiene tiempo para rodeos.

Cuando Lia me vio, palideció un poco.

—Hola, má… —dijo, medio en automático.

—Hola, Lia —respondí, con una ceja levantada—. ¿Ese quién es?—el mocoso se puso nervioso.

—¿Él? Un… compañero —dijo, rápido, como si eso cerrara todo.

—¿Y ella? —pregunté señalando, sin disimulo, hacia la profesora que en ese momento se giraba para meterse en el edificio muy celosa.

Lia apretó los labios. No contestó.

—Ajá —dije, más para mí misma que para ella—. Me parece que tenemos que hablar.

—No es lo que parece —murmuró, aunque su tono no sonaba arrepentido. Más bien… desafiado.

—¿Ah, no? Porque si yo tuviera que apostar, diría que estaba viendo una versión juvenil de algo que viví hace años. ¿Esto se hereda o qué?

Lia bajó la cabeza. No por vergüenza. Sino por orgullo mal disimulado. Y porque me conoce. Sabe que no grito. No reacciono. Pero cuando digo “tenemos que hablar”, es porque voy a encontrar la manera de que diga todo lo que no quiere decir.

Nos subimos al auto en silencio. Puso la música apenas para llenar el aire, pero no protestó. Me dio tiempo. Y yo se lo di a ella.

—¿Hace cuánto? —pregunté por fin, cuando doblamos hacia casa.

—¿Qué cosa?

—Lo tuyo con la profesora de educación física.

Suspiró. Se rindió.

—No “hay algo”. Bueno, no técnicamente. Ella es... complicada. Siempre tan estricta, distante. Pero… últimamente... no sé. Hay algo en sus ojos. Y yo, no sé, probé a ver si reaccionaba. Y reaccionó.

—Ah. El chico era parte del experimento.

—Exacto. Celos básicos 1.0.

Me reí por lo bajo.

—¿Y ella? ¿Dijo algo?

—No, pero… me tocó el brazo cuando me corrigió la posición en clase. Y me miró… como si estuviera en guerra con ella misma.

—Ajá —sonreí—. Eso también lo conozco.

—Má… ¿te molesta?

—¿Molestarme? —me reí de nuevo—. Hija, tu otra madre y yo no éramos ni la mitad de sutiles. Te diré algo: mientras esa mujer te respete como alumna y como persona, y vos seas sincera contigo misma… lo demás no me molesta. Solo… tené cuidado con las historias que empiezan en el lugar menos esperado. Pueden marcarte más de lo que creés.

Lia me miró de reojo, curiosa.

—¿Y vos cómo sabías que Aurora era…?

—No lo supe. Me negué a saberlo. Y cuando fue demasiado tarde, ya me había enamorado —dije, con una sonrisa triste—. Y eso me dolió durante años… hasta que dejó de doler, porque por fin hicimos las cosas bien.

—¿Entonces sí se puede?

—Se puede, Lia. Pero lleva tiempo. Y coraje. Y a veces, un poco de locura.

---

Esa noche, Lia se encerró en su cuarto, más pensativa de lo normal. Yo salí al jardín con un té y el cielo lleno de estrellas, pensando en lo extraño que es esto de ser madre: ver cómo tu historia se repite en otra generación, con otros matices, pero las mismas tensiones, los mismos miedos.

Aurora salió después, en pijama y con su taza de café. Se sentó a mi lado sin decir nada. Nos entendemos así.

—¿Qué pasa? —preguntó al fin, viendo mi expresión.

—lia está enamorada de su profesora.

Aurora se atragantó con el café.

—¿Perdón?

—Sí. Lo vi todo. Usó a un chico para darle celos. Y funcionó. La profe la miraba como vos me mirabas cuando yo salía con esa arquitecta de los eventos.

Aurora se rió en voz baja, con esa risa rasposa que amo.

—Esto se hereda, ¿no?

—Eso le dije yo.

Nos quedamos en silencio. Y entonces Aurora dijo:

—¿Querés que hable con ella?

—No —le respondí, mirando el cielo—. Esta parte le toca vivirla sola. Como a nosotras. Solo tenemos que estar cerca… por si se cae.

—Siempre.

Y así, mientras las estrellas seguían su curso, y el pasado parecía regresar con un nuevo nombre y otra forma, yo supe que todo, absolutamente todo, había valido la pena.

Porque si Lia heredó algo de mí… o de nosotras… no era solo lo complicado. Era también el coraje de amar y no puedo arrancarle su felicidad por querer cuidarla.

Se cómo eres Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora