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Capítulo – Narrado por Abigail

El auto se detuvo entre árboles altos y una brisa fresca que se colaba entre las ramas. Jana apagó el motor y giró hacia mí con esa sonrisa suya de “confía en mí aunque odies no tener el control”.

—Una semana. Sin excusas, sin culpas. Solo amigas, vino y libertad —dijo, estirándose mientras el aire fresco entraba por la ventana.

Yo solo suspiré. Me sentía tan cansada que cualquier excusa para respirar sin pensar me parecía bienvenida. Aunque el caos interior que a veces intento esconder seguía ahí, oculto, agazapado.

Nos bajamos, Jana abrió el baúl y ahí estaban: bolsas, más bolsas, mochilas, más alcohol del que se necesitaba para una semana, y seis mujeres riendo como si el mundo no doliera.

Tamara, Ashley, Sara, Irina, Lucy… y Valentina.

Valentina me recibió con esa sonrisa cálida suya. Esa con la que te dan ganas de quedarte un rato más. Se acercó, me abrazó como quien se siente en casa, y por un segundo me dejé caer en ese abrazo. Es raro… con ella me siento segura, tranquila. Como si el mundo se detuviera y nadie pudiera alcanzarme.

Pero no. No siento amor. No como ese amor que te quema por dentro y te empuja a lo impensado. A ella la veo como una aliada, una amiga, una presencia que no me exige nada más que ser yo misma. Y eso, hoy por hoy, es todo lo que necesito.

—Te tocó dormir conmigo —dijo con una sonrisa traviesa mientras me mostraba la habitación.

—¿Y si ronco? —le respondí con una ceja levantada.

—Ya escuché cosas peores viniendo de ti —contestó, divertida.

Reímos, dejamos las cosas y salimos con las demás a brindar. Las conversaciones volaban entre tragos, risas, secretos, confesiones. Pero mi mente se despegaba a ratos… como si mi cuerpo estuviera presente pero mi alma estuviera en pausa.

Y cuando la noche cayó como un susurro oscuro sobre la cabaña, cuando todas reían en la cocina y los tragos seguían circulando, algo dentro de mí pidió silencio.

Me escabullí.

Tomé una linterna, una manta, y caminé hacia el lago. El sendero estaba cubierto de hojas secas que crujían bajo mis pasos. El agua quieta brillaba bajo la luna, como un espejo callado que reflejaba lo que no me animaba a decir.

Me senté al borde, la manta sobre los hombros. El aire estaba frío, pero no tanto como para doler. Era ese frío que te despeja los pensamientos.

Y ahí, con la mirada perdida en el vaivén sutil del agua, pensé en ella.

Aurora.

Pensé que ya la había superado. Que todo lo vivido, lo llorado, lo roto, había quedado atrás. Que mi cuerpo ya no reaccionaba a su nombre. Que su rostro ya no me sacudía por dentro. Y sí, dejé de estar a su merced. Dejé de hacerme pedazos para que ella encaje. Dejé de esperarla. Ya no vivo por ella. Ya no me pierdo por complacerla.

Pero no la dejé de amar.

No del todo.

Lo supe en ese instante.

Porque ese tipo de amor —el que te rompe el alma para después enseñarte a armarla de nuevo— no se va. Cambia de forma. Se convierte en algo más silencioso, menos invasivo. Se vuelve un eco. Una nostalgia. Una herida con cicatriz.

Quizás algún día pueda llamarla amiga. Quizás un día no me arda verla con alguien más. Quizás, incluso, logre sonreírle con verdadera paz.

Pero todavía no.

Y me duele admitirlo incluso para mí misma. Porque quiero estar libre. Quiero empezar de nuevo. Quiero confiar.

Y sin embargo… me siento lejos de eso.

Cierro los ojos, el viento me acaricia el cuello y me estremezco.

Entonces escucho pasos suaves tras de mí.

—¿No podías dormir? —es Valentina.

Niego con la cabeza. Ella se sienta a mi lado, sin decir nada más. Solo me ofrece el calor de su cuerpo junto al mío.

Y aunque no la deseo, aunque no hay amor en mis ojos hacia ella, siento una ternura profunda por su forma de estar. Porque no me exige nada. Porque entiende mis silencios. Porque, de alguna manera, se ha convertido en mi refugio.

—¿Sabes qué pienso a veces? —me dice con voz baja, casi un murmullo que se pierde en el agua—. Que hay cosas que no se olvidan… solo se acomodan en otro lugar del corazón.

No digo nada, pero sí.

Así exactamente me siento.

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