No se que me Pasa con él..

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Los días empezaron a mezclarse entre adrenalina y suspiros. Primero fueron un par de robos con Hades. Nada grande: una joyería rápida, un auto que “tenía dueño nuevo”, una casa vacía en el lado rico de la ciudad. Pero no era el golpe lo que me dejaba temblando. Era él. Su voz tranquila, su mirada fija mientras manejaba como si el mundo se le deslizara entre los dedos, y yo... yo ahí al lado, sintiéndome viva por primera vez en años.

Después de los golpes, no volvía sola a casa.
Nos perdíamos por la ciudad.

Sin destino.
Sin mapas.
Solo él, yo y el ruido del motor.

Una noche me llevó al muelle. Se sentó en silencio, fumando, y me ofreció uno. Me quedé mirándolo, como si pudiera leer algo en su cara que me explicara por qué me temblaban las piernas cuando él estaba cerca.
Pero no lo entendía.
No entendía nada.
Solo sabía que quería volver a verlo. Que lo necesitaba.

Y ahí fue cuando todo empezó a hacerse más complicado.

Lionay me llamó una tarde, serio. Con ese tono que usaba cuando no era mi hermano, sino el jefe.

—No te quiero cerca de Hades. Alejate de él, Naira. No me hagas repetirlo.

Lo miré sin entender. Sin aceptar.
—¿Por qué?

Y su silencio me dolió más que una respuesta dura.

No fue la única vez.
Me lo dijo otras veces, cada vez con más firmeza, casi con bronca.
Y como si no confiara en mí, empecé a notar que Dylan —sí, Dylan, con esa cara de “yo no me meto”— me seguía. A veces disimuladamente, otras no tanto. Se notaba que reportaba todo. Y eso me jodía. Me rompía por dentro.

¿Qué carajo tenía Hades que mi hermano no quería que lo tocara ni con los ojos?
¿Qué sabía él que yo no?

Pero yo también sabía cosas.
Sabía cómo me latía el pecho cuando Hades me sonreía.
Cómo me olvidaba del mundo cuando me hablaba al oído.
Cómo su risa me curaba heridas que nadie más veía.

Y sabía que, aunque quisiera evitarlo…
Me estaba enamorando de él.

No era un juego.
No era un capricho.
Era esa sensación estúpida e inevitable de necesitar a alguien que tal vez nunca debería haber tocado.

Pero ya no podía dar marcha atrás.

Hades era caos.
Pero era un caos que me entendía.
Que no me pedía explicaciones.
Que no me juzgaba por el pasado, ni me exigía sonreír si no tenía ganas.
Solo me miraba como si todo lo roto en mí fuera arte.

Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, no me importó desobedecer a Lionay.

Si él no me iba a decir la verdad,
entonces que se prepare para lo que se viene.

Porque yo ya elegí.
Y lo elegí a él.

A Hades.

Aunque me lleve al infierno.

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