Parte 7: Un dia en el Infierno

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El día comenzó como una interminable tortura que no parecía tener fin. Mis secuestradores no mostraban piedad. Desde el momento en que me separaron de Marissa e Ivette, la oscuridad y el dolor se convirtieron en mi única realidad.

El tiempo perdió todo sentido. No sabía si era de día o de noche, solo sentía los golpes que llegaban uno tras otro. Mis captores no hablaban mucho, solo preguntaban cosas que no podía responder. Mi mente estaba en blanco, incapaz de pensar en nada más que en el sufrimiento y en la desesperación de no saber qué les estaban haciendo a mi Hermana, a Marissa  y a los mellizos.

Cada golpe, cada insulto, me debilitaba más. La falta de comida y agua me dejaba mareada, pero no podía permitirme el lujo de desmayarme; tenía que resistir, aunque solo fuera por la esperanza de que alguien viniera a rescatarme. Sin embargo, esa esperanza se iba desvaneciendo con cada hora que pasaba.

Finalmente, me dejaron tirada en un lugar frío y húmedo. No sabía dónde estaba, solo sentía la arena bajo mi cuerpo adolorido. Apenas podía moverme, el dolor en mi ojo vacío era insoportable, y cada respiración era un recordatorio de que seguía viva, pero apenas.

Perdí la noción del tiempo. Lo siguiente que recuerdo fue la voz de alguien llamándome, una voz conocida que me hizo aferrarme a la consciencia por un momento más. Era Dereck, un amigo de Lionay. No sé cómo me encontró, pero su presencia fue un pequeño consuelo en medio de la pesadilla.

Cuando desperté, estaba en un hospital, mi cuerpo cubierto de vendajes y moretones. Me dijeron que había estado inconsciente durante varios días. El dolor físico era abrumador, pero nada comparado con lo que sentí cuando, tres días después, me dieron la noticia que destrozó lo poco que quedaba de mí. Marissa y los mellizos no habían sobrevivido. Habían sido asesinados, y la crueldad de ese acto rompió algo dentro de mí.

Ver a Lionay destrozado fue casi más de lo que podía soportar. Mi hermano, que siempre había sido fuerte, estaba completamente devastado. Ivette estaba en crisis, incapaz de procesar lo que había sucedido. Yo me sentía impotente, atrapada en un caos mental del que no podía escapar. Cada imagen de Marissa, cada risa de los mellizos, me perseguía, y el peso de la culpa y el dolor me aplastaba.

No podía quedarme en Los Santos. Todo en esa ciudad me recordaba lo que habíamos perdido, lo que yo había perdido. Solo quería alejarme, huir de ese lugar que se había convertido en un infierno para nosotros. Pero incluso mientras pensaba en escapar, sabía que no había lugar en el mundo donde pudiera esconderme del dolor que llevaba dentro... 


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Mañana Nuevo Capitulo... 

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